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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un salón de clases lleno de colores y dibujos de animales sonrientes, dos niñas llamadas Sofía y Lucía. Sofía tenía el cabello rizado como un nido de pajaritos y unos ojos brillantes que parecían dos canicas de cristal. Lucía, por su parte, lucía dos largas trenzas castañas y una sonrisa que podía iluminar toda la habitación.
Sofía y Lucía eran las mejores amigas del mundo mundial. Compartían secretos, chistes, y hasta el último trozo de su sándwich de crema de cacahuate (aunque a veces, ¡solo a veces!, se peleaban por el último bocado). Pero Sofía y Lucía tenían una pequeña… digamos… debilidad. Les encantaba platicar. ¡Les encantaba chismear! No podían evitarlo. Cada vez que se sentaban juntas, el salón se llenaba de susurros, risitas y comentarios sobre todo y nada.
Un día, mientras la Maestra Elena explicaba con entusiasmo la importancia de las plantas para el planeta, Sofía y Lucía, sentadas en la última fila, estaban enfrascadas en una conversación muy importante (al menos, eso pensaban ellas).
"¿Viste el nuevo corte de cabello de Ana?" susurró Sofía, cubriéndose la boca con la mano.
"¡Sí! Parece un helado de fresa derretido," respondió Lucía, aguantándose la risa.
"¡Y los zapatos de Mateo! Parecen de astronauta," continuó Sofía, con los ojos llenos de picardía.
"¡Sí! ¡Podría irse a la luna con ellos!" exclamó Lucía, y ambas soltaron una pequeña carcajada.
Pero lo que Sofía y Lucía no sabían era que la Maestra Elena, a pesar de estar explicando la fotosíntesis con mucha pasión, tenía un oído muy agudo. Y había escuchado cada una de sus palabras (¡y risitas!). La Maestra Elena era una mujer muy sabia y paciente. Sabía que Sofía y Lucía eran niñas buenas y muy inteligentes. Pero también sabía que debían aprender a concentrarse en la clase.
La Maestra Elena carraspeó suavemente. "Sofía, Lucía," dijo con una voz dulce pero firme, "¿están haciendo la tarea?"
Sofía y Lucía se sobresaltaron. Sus rostros se pusieron rojos como tomates maduros. Bajaron la mirada avergonzadas. Sabían que las habían atrapado.
"Ehm… no, Maestra Elena," murmuró Sofía, con la voz apenas audible.
"Estábamos… eh… comentando sobre la importancia de las plantas… ¡para inspirarnos!" añadió Lucía, intentando salir del apuro.
La Maestra Elena sonrió con dulzura. "Ya veo," dijo. "Bueno, entonces, ¿por qué no me explican qué han aprendido sobre la fotosíntesis?"
Sofía y Lucía intercambiaron miradas nerviosas. No tenían ni idea de qué era la fotosíntesis. Estaban demasiado ocupadas chismeando como para prestar atención.
"Ehm… bueno… es… cuando… las plantas… eh…" tartamudeó Sofía, sin poder encontrar las palabras.
"… hacen… magia… con el sol," añadió Lucía, intentando ayudar a su amiga.
La Maestra Elena suspiró suavemente. "Veo que necesitan un poco más de ayuda," dijo. "Después de la clase, quiero que se queden un ratito para que podamos repasar la lección."
Sofía y Lucía asintieron con resignación. Sabían que se lo merecían.
Después de la clase, la Maestra Elena les explicó la fotosíntesis con paciencia y cariño. Les contó historias sobre las plantas y cómo eran capaces de convertir la luz del sol en alimento. Les mostró dibujos y diagramas. Y, lo más importante, les enseñó a escuchar con atención y a concentrarse en la tarea.
Sofía y Lucía aprendieron una valiosa lección ese día. Aprendieron que hablar con sus amigas es divertido, pero que también es importante prestar atención en clase y hacer la tarea. Aprendieron que la Maestra Elena era una persona muy especial que se preocupaba por ellas y quería lo mejor para ellas.
Desde ese día, Sofía y Lucía siguieron siendo las mejores amigas del mundo mundial. Pero también se esforzaron por ser buenas estudiantes. Aprendieron a controlar sus impulsos de chismear y a concentrarse en la clase. Y, de vez en cuando, cuando la Maestra Elena no estaba mirando, se susurraban un pequeño secreto o un chiste rápido. Pero siempre, siempre, hacían la tarea. Y, de vez en cuando, la Maestra Elena las veía, y les dedicaba una sonrisa cómplice. Porque sabía que, a pesar de todo, Sofía y Lucía eran unas niñas maravillosas con un corazón de oro. Y que, como las mariposas, tenían mucho que compartir, pero también mucho que aprender.
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