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Valentina amaba a su muñeca, Lola. No era una muñeca común con cabello rubio y ojos azules. Lola tenía el cabello de lana color castaño, un poco despeinado, y un ojo pintado de verde y otro de azul porque Valentina, cuando era más pequeña, había decidido que Lola necesitaba "más color". Lola era especial. Valentina la llevaba a todas partes: al parque, a la tienda de helados, e incluso a la hora del baño (aunque Lola prefería quedarse en el borde de la bañera, observando con sus ojos desiguales).
Un día soleado, Valentina estaba jugando en el jardín. Lola estaba sentada a la sombra de un gran rosal, observando a Valentina construir un castillo de arena en el arenero. Valentina estaba tan concentrada, llenando cubetas de arena y volteándolas con cuidado, que no se dio cuenta de que un pequeño gato atigrado la observaba desde detrás del seto. El gato, llamado Tigre (¡qué original!), era el nuevo huésped del vecino, Don Ernesto. Tigre era curioso y travieso, y todo lo que se movía era una invitación a jugar.
De repente, Tigre saltó al arenero, con la intención de "ayudar" a Valentina con su castillo. Valentina gritó sorprendida y, sin querer, lanzó una pala de arena que golpeó a Tigre en la nariz. Tigre, asustado y enfadado, salió corriendo del arenero, llevándose consigo, sin querer, a Lola.
Valentina, al darse cuenta de que Lola había desaparecido, rompió a llorar. "¡Lola! ¡Lola! ¡Mi Lola!" gritaba, buscando desesperadamente a su muñeca. Su mamá, al escuchar el llanto desconsolado, salió de la casa para ver qué sucedía. Valentina, entre sollozos, le explicó lo que había pasado.
"Tranquila, mi amor," dijo su mamá, abrazándola. "Vamos a buscar a Lola. Seguro que no ha ido muy lejos."
Juntas, comenzaron a buscar por todo el jardín. Revisaron debajo de los arbustos, detrás de los árboles, e incluso dentro de la casita de juegos. Pero Lola no aparecía por ningún lado. Valentina estaba cada vez más triste. Pensó que nunca más volvería a ver a su querida muñeca.
La mamá de Valentina sugirió buscar en el jardín del vecino, Don Ernesto. "Quizás Tigre la llevó allí," dijo. Valentina asintió con la cabeza, con la esperanza renovada.
Llamaron a la puerta de Don Ernesto, quien abrió con una sonrisa amable. "Buenos días, Valentina," dijo Don Ernesto. "¿Qué te trae por aquí?"
Valentina, tímidamente, le explicó que su muñeca, Lola, había desaparecido y que creía que Tigre podría haberla llevado a su jardín. Don Ernesto se sorprendió. "¡Oh, vaya! No lo sabía. Vamos a buscar," dijo, invitándolas a pasar.
Mientras buscaban en el jardín de Don Ernesto, Valentina escuchó un pequeño susurro. Era un susurro suave, casi imperceptible, pero Valentina lo escuchó. "¡Aquí! ¡Aquí estoy!" decía el susurro. Valentina siguió el sonido hasta un rincón del jardín, detrás de una gran maceta de geranios.
Y allí estaba Lola. Estaba un poco sucia, con algunas hojas pegadas al cabello, pero estaba bien. Tigre, aparentemente, la había dejado allí después de su pequeña aventura.
Valentina corrió hacia Lola y la abrazó con fuerza. "¡Lola! ¡Estás bien!" exclamó, con lágrimas de alegría corriendo por sus mejillas. Lola, por supuesto, no respondió con palabras, pero Valentina sintió que la muñeca sonreía con sus ojos desiguales.
Don Ernesto y la mamá de Valentina sonrieron al ver la escena. Don Ernesto se acercó y acarició a Tigre, quien observaba la escena con curiosidad. "Parece que Tigre quería jugar," dijo Don Ernesto, con una sonrisa.
Valentina le agradeció a Don Ernesto por su ayuda y regresó a su casa con Lola. La limpió con cuidado, quitándole las hojas y el polvo. Luego, le susurró al oído: "Gracias por esperarme, Lola. Nunca te dejaré sola otra vez."
Desde ese día, Valentina siguió jugando con Lola, pero tuvo mucho más cuidado cuando Tigre estaba cerca. Aprendió que incluso los pequeños gatos traviesos pueden tener buenas intenciones, aunque a veces sus juegos puedan causar un poco de caos. Y Lola, con su ojo verde y su ojo azul, seguía siendo la mejor amiga de Valentina, guardando todos sus secretos y compartiendo todas sus aventuras.
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