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Gratis · elegí una vozSasha era una niña de ojos grandes y curiosos, que vivía en una ciudad llena de edificios altos y ruidos que nunca dormían. Pero Sasha, no se sentía bien. No era algo que se pudiera ver: no tenía fiebre ni tos, pero por dentro sentía un nudo. Y no entendía por qué.
Un sábado, su mamá le dijo: —Vamos de excursión. Quiero llevarte a un lugar especial.
Después de un rato en coche, llegaron a un bosque enorme, lleno de árboles grandes y verdes, con un río brillante. Sasha bajó del coche con desgano, pero algo en el aire le hizo levantar la mirada. El sol se filtraba entre las hojas, creando manchas de luz danzantes en el suelo. El aire olía a tierra húmeda y a pinos.
—Hoy serás una exploradora, Toma esta lupa y este cuaderno —dijo su mamá con una sonrisa. Le entregó una lupa de mango de madera y un cuaderno con hojas en blanco.
Sasha, aún un poco apática, comenzó a caminar detrás de su mamá. El camino estaba lleno de piedras y raíces, pero el sonido de los pájaros y el murmullo del río la distraían un poco. Se detuvo a observar una hormiga cargando una hoja mucho más grande que ella. La hormiga parecía decidida, a pesar de su pequeño tamaño.
Mientras seguía caminando, su mamá se agachó cerca de unos arbustos y le dijo: —¿Sabías que muchas plantas tienen su propio aroma? Mira esto de aquí. Se llama romero.
Sasha se acercó a la nariz y olió con curiosidad. El aroma era fuerte y fresco, como el del limón y el pino mezclados. Cerró los ojos y respiró profundamente. Era un olor que no había sentido nunca antes en la ciudad.
Entonces, su madre sacó una cajita de madera. —Aquí tengo otras especias que vienen de plantas como esta. Prueba a olerlas.
Sasha cerró los ojos y respiró profundamente. —Este huele a canela… me recuerda a cuando horneamos galletas —dijo.
—¿Y este otro? —preguntó su mamá, dándole otro frasquito.
—¡Vainilla! Huele a pastel recién hecho. Me dan ganas de comermelo.
Su mamá sonrió. —Los olores tienen el poder de transportarnos a otros lugares y recordarnos momentos especiales —dijo—. Son como pequeños mensajes del pasado.
Siguieron caminando, adentrándose más en el bosque. Sasha comenzó a notar cosas que antes no había visto: una seta roja con puntos blancos escondida entre las hojas, una ardilla saltando de rama en rama, un caracol dejando un rastro brillante en una piedra. El bosque parecía estar lleno de vida secreta.
El bosque empezó a sentirse como un amigo. Sasha se dio cuenta de que podía escuchar, oler y tocar cosas que le hablaban sin palabras. El susurro del viento entre los árboles, el tacto suave de la corteza de un pino, el canto alegre de un ruiseñor… todo le transmitía una sensación de paz y calma.
Finalmente, su mamá sacó una pequeña cesta con algo muy especial. Había estado recolectando frutos de los árboles: moras silvestres, frambuesas y algunas bayas rojas brillantes.
—Pruébalas —dijo su mamá, ofreciéndole una mora.
Sasha la tomó y la metió en su boca. El sabor era dulce y ácido a la vez, una explosión de sabor que le hizo cerrar los ojos de placer.
—¡Qué rico! —exclamó.
Comieron las bayas juntas, sentadas en un tronco caído, disfrutando del silencio y la belleza del bosque. Sasha sintió que el nudo en su interior comenzaba a deshacerse, como si la naturaleza estuviera absorbiendo su tristeza.
Esa noche, ya en su casa, Sasha se sintió distinta. Ya no tenía ese nudo dentro. Su cuerpo estaba tranquilo y su corazón, más ligero. Se sentó en su cama y abrió el cuaderno que le había dado su mamá. Dibujó la seta roja con puntos blancos, la ardilla saltando entre las ramas y la mora silvestre que tanto le había gustado. Luego, escribió sobre lo que había sentido en el bosque: la paz, la calma, la alegría.
—Sabes qué aprendí hoy mamá? Que la naturaleza me ayuda a sentirme mejor. Pude explorar lo que sentía, ponerle nombre, y entenderlo un poco más.
—La naturaleza es un lugar mágico Sasha, para escuchar lo que llevamos dentro —le dijo—. ¿Y sabes qué? Vamos a ir más seguido. Para que sigas explorando… por fuera y por dentro.
Sasha sonrió. Sabía que el bosque tenía muchos secretos que aún no había descubierto, y estaba ansiosa por volver a explorarlo. Pero lo más importante es que había descubierto un secreto aún más importante: el poder de la naturaleza para sanar el corazón.
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