Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozAnita y Pablo eran hermanos, y como todos los hermanos, a veces se peleaban. Pero cuando se trataba de explorar, eran el mejor equipo. Un día, sus padres los llevaron a los Pantanos de Villa, un lugar lleno de aves extrañas y plantas misteriosas en las afueras de Lima.
"¡Miren!", exclamó Anita, señalando un pato con plumas de colores brillantes. Pablo, en cambio, estaba más interesado en una construcción de totora que parecía una casita abandonada.
"Dicen que este pantano está encantado", susurró su abuelo, que los acompañaba. "Cuidado con lo que tocan y con lo que escuchan".
Anita se rió. "Abuelo, no seas tonto. Los pantanos no están encantados". Pero Pablo sintió un escalofrío. Le gustaban las historias de miedo, pero también le daban un poco de susto.
Mientras sus padres y su abuelo observaban aves, Anita y Pablo se aventuraron un poco más adentro del pantano. El aire se volvió más húmedo y el silencio, más profundo. De repente, Pablo escuchó un susurro.
"Pablo…", decía la voz. "Ven… tengo un secreto para ti…"
Pablo se detuvo en seco. "¿Escuchaste eso, Anita?"
Anita frunció el ceño. "¿Escuchar qué? Solo oigo el canto de los pájaros".
Pero Pablo estaba seguro de lo que había oído. Siguió el susurro, que lo llevó a una parte del pantano que parecía aún más oscura y misteriosa. Allí, entre la totora alta, vio una figura… algo que parecía una niña, pero hecha de barro y algas. Tenía ojos brillantes como luciérnagas y una sonrisa que no llegaba a ser amigable.
"Hola, Pablo", dijo la figura de barro. "Sé que te gustan los secretos".
Pablo retrocedió un poco. "¿Quién… quién eres tú?"
"Soy la guardiana del pantano", respondió la figura. "Y tengo un secreto muy importante para ti. Un secreto sobre el tesoro escondido del pirata Barbaverde…"
Los ojos de Pablo se abrieron de par en par. ¡Un tesoro! Siempre había soñado con encontrar un tesoro. Pero algo en la voz de la guardiana de barro le daba mala espina.
"¿Qué tengo que hacer?", preguntó, con cautela.
"Solo tienes que prometerme que nunca le contarás a nadie sobre este lugar", dijo la guardiana. "Nunca, jamás".
Anita, que había estado buscando a Pablo, finalmente lo encontró. Vio a la figura de barro y sintió un miedo repentino. "¡Pablo, aléjate de eso!", gritó.
La guardiana de barro se enfureció. Sus ojos brillaron con más intensidad y la totora a su alrededor comenzó a temblar. "¡No debes interrumpirme!", siseó.
Anita, sin pensarlo dos veces, tomó un puñado de barro del suelo y lo arrojó a la guardiana. El barro golpeó a la figura en la cara, y esta chilló de dolor y se desvaneció en una nube de polvo y algas.
Pablo y Anita corrieron de vuelta con sus padres y su abuelo. No le contaron a nadie sobre la guardiana de barro ni sobre el supuesto tesoro. Pero Pablo sabía que había escapado por poco de algo peligroso.
Esa noche, Pablo no podía dormir. Pensaba en la guardiana de barro y en el secreto que quería compartir. Se preguntaba si realmente existía un tesoro escondido en el pantano.
Finalmente, se levantó de la cama y fue a hablar con su abuelo. Le contó toda la historia, desde el susurro hasta la desaparición de la guardiana de barro.
El abuelo escuchó atentamente, con el rostro serio. "Pablo", dijo finalmente, "los pantanos de Villa son un lugar mágico, pero también pueden ser peligrosos. A veces, las leyendas son solo eso: leyendas. Pero otras veces, hay algo de verdad en ellas. Lo importante es respetar la naturaleza y no dejarse llevar por la codicia”.
"¿Entonces crees que la guardiana de barro era real?", preguntó Pablo.
El abuelo sonrió. "Creo que es importante que te quedes con la duda. Pero también creo que hiciste lo correcto al no prometerle nada a esa figura. A veces, los secretos son mejor guardados".
Pablo se sintió aliviado. Había hecho lo correcto. Regresó a su cama y durmió profundamente. A la mañana siguiente, cuando regresaron a los Pantanos de Villa para despedirse, Pablo miró con otros ojos. Ya no veía un lugar solo lleno de aves y plantas. Ahora veía un lugar lleno de misterio, de secretos susurrantes y de la magia antigua que se escondía entre la totora.
Anita y Pablo aprendieron que la exploración es emocionante, pero que la precaución y la sabiduría son aún más importantes. Y aunque nunca encontraron el tesoro del pirata Barbaverde, descubrieron algo mucho más valioso: el respeto por la naturaleza y la importancia de confiar en su instinto… y en su hermana.
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