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Gratis · elegí una vozEn un rincón olvidado de Mondstadt, donde el viento apenas susurra secretos y las flores silvestres crecen sin nombre, nació al borde de una suave ráfaga una mariposa muy especial. No era una mariposa común y corriente; sus alas estaban hechas de viento puro, tan translúcidas como el cielo después de una tormenta. Cada aleteo era como una nota celestial, una melodía suave que solo los corazones más puros podían oír. Los aldeanos contaban historias sobre ella, llamándola la Mariposa de Anemo.
Los bardos de Mondstadt, esos juglares que vagaban con sus laúdes y cantaban baladas al viento, decían que quien lograra seguir a la Mariposa de Anemo hasta su último vuelo, recibiría una bendición del mismísimo Barbatos, el Arconte Anemo. Una bendición de libertad, de alegría, o tal vez algo aún más mágico.
Una noche estrellada, mientras la luna plateada iluminaba los campos de trigo, Sucrose, la tímida y curiosa alquimista del laboratorio de Mondstadt, vio la Mariposa de Anemo revolotear cerca de su ventana. Sucrose era una joven apasionada por las plantas y el viento, siempre buscando nuevas formas de combinarlos para crear elixires maravillosos. Sus ojos se abrieron de par en par al ver la mariposa, sus alas brillantes como un sueño.
Olvidando sus experimentos a medio terminar, sus frascos burbujeantes y sus notas desordenadas, Sucrose salió corriendo de su laboratorio. Una mezcla de curiosidad científica y un anhelo profundo en su corazón la impulsaron a seguir la mariposa. Nunca antes había sentido una conexión tan fuerte con la naturaleza. La Mariposa de Anemo volaba ligera y grácil, como si danzara con el viento. Se detenía solo cuando Sucrose dudaba, cuando sus pies comenzaban a cansarse o cuando la oscuridad amenazaba con engullirla. Era como si la mariposa supiera exactamente lo que Sucrose necesitaba, guiándola suavemente en su camino.
El viaje fue largo y sinuoso. Atravesaron campos llenos de flores silvestres que brillaban bajo la luz de la luna, cruzaron pequeños arroyos cantarines y escalaron colinas suaves. Sucrose sentía el viento acariciando su rostro y escuchaba el suave canto de las alas de la mariposa, una melodía que llenaba su corazón de esperanza. A medida que avanzaban, Sucrose comenzaba a entender que no solo estaba siguiendo a la mariposa, sino también a su propio corazón.
Finalmente, después de un largo recorrido bajo las estrellas, llegaron al Risco de la Estrella Fugaz, el mismo risco donde Venti, el bardo errante, solía sentarse a tocar su lira y a componer canciones para el viento. Era un lugar mágico, lleno de energía elemental y belleza natural. La Mariposa de Anemo voló hasta el borde del acantilado y se posó suavemente sobre una piedra lisa y desgastada por el viento.
Sucrose contuvo la respiración, esperando ver la bendición de Barbatos. Pero en lugar de una lluvia de oro o una voz celestial, la Mariposa de Anemo, con un suave destello de luz anemo, simplemente… desapareció. Se desvaneció en el aire, dejando tras de sí solo un pequeño regalo.
En el lugar donde la mariposa había estado posada, ahora yacía una pequeña semilla, tan diminuta que casi pasaba desapercibida. Era una semilla de un color verde pálido, brillante y llena de potencial. Sucrose la recogió con cuidado, sintiendo una conexión inexplicable con ella. Su corazón le decía que esa semilla era especial, que contenía la esencia de la Mariposa de Anemo.
Sin dudarlo, Sucrose decidió plantar la semilla allí mismo, en el borde del acantilado, donde el viento soplaba con más fuerza y las estrellas brillaban con más intensidad. Cavó un pequeño agujero en la tierra, colocó la semilla con delicadeza y la cubrió con tierra suave. Luego, cerró los ojos y le susurró una pequeña plegaria al viento, pidiendo que cuidara de la semilla y la ayudara a crecer.
A la mañana siguiente, cuando el sol naciente pintó el cielo de colores dorados y rosados, Sucrose regresó al Risco de la Estrella Fugaz. Lo que vio la dejó sin aliento. En el lugar donde había plantado la semilla, había crecido una flor nunca antes vista. Era una flor translúcida, de un color azul celeste, con pétalos delicados que parecían flotar en el aire. La flor emitía un canto bajo y melodioso, una vibración suave que solo los corazones puros podían oír.
La flor de Anemo, como la llamaron después, se convirtió en un símbolo de esperanza y alegría para todo Mondstadt. Desde entonces, los vientos en Mondstadt soplan con una alegría distinta, llevando consigo la melodía de la flor y la esencia de la Mariposa de Anemo. Y cuando alguien pregunta por qué los vientos son tan alegres, Venti, el bardo errante, solo sonríe con picardía y dice:
—Porque alguien creyó en la música del viento… y en la magia que reside en los corazones puros.
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