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Gratis · elegí una vozÉrase una vez, en un valle escondido entre montañas de caramelo y ríos de chocolate, el número Siete. No era un siete cualquiera, ¡no señor! Era un siete mágico, gordito y sonriente, que vivía en una casita construida con dados de colores. Le encantaba jugar y su mayor pasión era la tabla del siete. Era tan amigo de los siete enanitos, que a veces, cuando Blancanieves no miraba, ¡se escapaba para ayudarles a picar diamantes!
Un día, el Siete estaba practicando su tabla. “Siete por uno, siete… siete por dos, catorce… siete por tres, veintiuno…” De repente, un viento juguetón revolvió todos sus papeles. ¡Oh, no! Las respuestas de su tabla habían desaparecido, volando como hojas en otoño.
El Siete estaba muy preocupado. Sin su tabla, ¿cómo iba a ayudar a los enanitos a contar los diamantes? ¿Cómo iba a jugar con sus amigos los números?
Entonces, tuvo una idea brillante. Decidió emprender una aventura para recuperar las respuestas perdidas. Se puso sus botas de arcoíris, agarró su mochila llena de caramelos de limón (su combustible secreto) y salió de su casita.
Su primer encuentro fue con el número Uno, que estaba sentado en una seta gigante, intentando contar las mariquitas de sus lunares. “¡Hola, Uno!”, saludó el Siete. “Necesito encontrar la respuesta a siete por uno. ¿La has visto por casualidad?”
El Uno frunció el ceño. “Hmm, siete por uno… ¡Ah, ya me acuerdo! Es el número de colores del arcoíris después de la lluvia. ¡Son siete!”
El Siete dio un salto de alegría. “¡Gracias, Uno! ¡Eres un amigo genial!” Y guardó el número siete en su bolsillo.
Siguió su camino y se encontró con el número Dos, que estaba jugando a las escondidas con un par de conejitos. “¡Dos, necesito tu ayuda! ¿Sabes cuál es la respuesta a siete por dos?”
El Dos se rascó la cabeza. “Siete por dos… ¡Claro! Es el número de ruedas que tienen dos bicicletas. ¡Son catorce!”
El Siete aplaudió. “¡Eres muy listo, Dos! ¡Gracias!” Y guardó el número catorce junto al siete.
Mientras caminaba, oyó una voz que venía de un árbol lleno de manzanas. Era el número Tres, que intentaba repartir las manzanas entre sus tres amigos ardillas. “¡Tres! ¿Me puedes ayudar? Necesito saber cuánto es siete por tres.”
El Tres contó las manzanas con cuidado. “Siete por tres… ¡Es el número de días que tiene una semana multiplicado por tres! ¡Son veintiuno!”
El Siete sonrió. “¡Qué bien que sabes multiplicar, Tres! ¡Gracias!” Y guardó el veintiuno en su mochila.
Después, se topó con el número Cuatro, que estaba intentando construir una casa con bloques de madera. “¡Cuatro, necesito saber cuánto es siete por cuatro!”
El Cuatro pensó un momento. “Siete por cuatro… ¡Es el número de patas que tienen cuatro gatos! ¡Son veintiocho!”
El Siete le dio un abrazo. “¡Eres un constructor fantástico y sabes mucho de gatos, Cuatro! ¡Gracias!” Y guardó el veintiocho en su bolsillo.
Continuó su aventura y encontró al número Cinco, que estaba jugando al fútbol con sus amigos los pingüinos. “¡Cinco, ayúdame! ¿Sabes cuánto es siete por cinco?”
El Cinco chutó la pelota con fuerza. “Siete por cinco… ¡Es el número de dedos que tienes en una mano, multiplicado por siete! ¡Son treinta y cinco!”
El Siete lo felicitó. “¡Eres un gran futbolista y un gran matemático, Cinco! ¡Gracias!” Y guardó el treinta y cinco en su mochila.
Luego, llegó al jardín del número Seis, que estaba plantando flores de seis pétalos en cada maceta. “¡Seis, necesito saber cuánto es siete por seis!”
El Seis sonrió. “Siete por seis… ¡Es el número de pétalos que tendrías si tuvieras siete flores como estas! ¡Son cuarenta y dos!”
El Siete estaba muy contento. “¡Qué jardín tan bonito y qué bien sabes multiplicar, Seis! ¡Gracias!” Y guardó el cuarenta y dos en su bolsillo.
Finalmente, llegó a su propia casa. ¡Allí estaba el número Siete, esperándolo! “¡Siete, me alegro de verte! Necesito saber cuánto es siete por siete.”
El Siete se rió. “¡Siete por siete es… cuarenta y nueve! ¡Es el número de lunares que tiene mi camisa!”
El Siete mágico dio un gran suspiro de alivio. ¡Había recuperado todas las respuestas de su tabla! Corrió a contárselo a los siete enanitos, que estaban muy contentos de poder seguir contando sus diamantes. Y así, el Siete mágico y su tabla del siete vivieron felices para siempre, ayudando a todos los números del valle a aprender y jugar.
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