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Gratis · elegí una vozDon Teatrino era un actor de teatro con un bigote tan grande y rizado que parecía una nube de algodón de azúcar. Amaba actuar más que comer pastel de fresa (¡y eso era mucho!). Cada día, Don Teatrino se vestía con su traje más elegante, ensayaba sus líneas con voz melodiosa y esperaba ansiosamente el momento de subir al escenario del pequeño teatro de la plaza.
Un martes por la tarde, Don Teatrino preparó una obra especial: "El Misterio del Sombrero Desaparecido". Se trataba de una aventura emocionante llena de giros inesperados, personajes divertidos y un sombrero mágico que desaparecía y reaparecía misteriosamente. Invitó a todos los niños del pueblo, prometiéndoles risas y sorpresas.
El teatro se llenó de niños ansiosos. Don Teatrino salió al escenario, con su sombrero de copa ligeramente ladeado y una sonrisa radiante. La obra comenzó. Don Teatrino actuó con pasión, saltando, gritando, gesticulando y haciendo voces graciosas. Los niños miraban con atención, pero… no reían. No aplaudían. No decían nada. Un silencio absoluto llenaba el teatro.
Al final de la obra, Don Teatrino hizo una reverencia profunda, esperando una lluvia de aplausos. Pero el silencio persistió. Los niños, simplemente, se levantaron y salieron del teatro, murmurando entre ellos. Don Teatrino se quedó solo en el escenario, con el corazón encogido.
La tristeza lo invadió como una ola gigante. Se sentía pequeño, insignificante, como una hormiga perdida en un desierto. Se quitó su sombrero de copa, lo arrojó al suelo y corrió a esconderse en el oscuro rincón del teatro, llorando silenciosamente.
La noche cayó sobre el pueblo. Don Teatrino, aún triste y resentido, escuchó risas provenientes del parque cercano. Asomó la cabeza por la ventana y vio a un grupo de niños jugando a las escondidas bajo la luz de la luna. Eran los mismos niños que habían estado en su obra.
Una idea traviesa y oscura comenzó a germinar en su mente. “¡Se van a enterar!”, pensó Don Teatrino. “Si no les gustó mi obra, ¡les daré una noche que nunca olvidarán!”. Decidió vengarse, no con malas intenciones, sino con una travesura teatral.
Don Teatrino se puso su disfraz de fantasma (un viejo mantel blanco con agujeros), tomó una linterna y salió del teatro. Se escondió detrás de un árbol grande, esperando el momento perfecto para asustar a los niños.
Los niños corrían y reían, sin darse cuenta de la presencia del fantasma vengativo. Don Teatrino esperó a que uno de ellos se acercara al árbol. Cuando el niño, llamado Pedrito, estuvo lo suficientemente cerca, Don Teatrino salió de detrás del árbol, haciendo un ruido fantasmal: “¡Boooooo!”.
Pedrito, al principio, se asustó un poco, pero al ver el ridículo disfraz de fantasma y el bigote de Don Teatrino asomando por debajo del mantel, no pudo evitar reírse a carcajadas. Los demás niños se acercaron y también se rieron al ver la escena.
Don Teatrino, sorprendido por la reacción de los niños, se quitó el disfraz de fantasma y se sintió avergonzado. Esperaba gritos y llantos, no risas.
“Don Teatrino, ¡usted es muy divertido!”, exclamó una niña llamada Sofía. “Su disfraz es genial”.
“Sí, Don Teatrino”, añadió Pedrito. “Aunque no entendimos mucho su obra, sabemos que usted se esforzó mucho. ¡Y este disfraz es mucho mejor!”.
Don Teatrino se sintió aliviado y un poco confundido. “¿No les gustó mi obra?”, preguntó con voz temblorosa.
“Es que era un poco complicada”, explicó Sofía. “Pero nos gusta mucho verlo actuar. ¡Es muy gracioso!”.
Don Teatrino comprendió. No era que su actuación fuera mala, sino que quizás la historia era demasiado difícil para los niños. Decidió que la próxima vez haría una obra más sencilla y divertida.
Sonrió a los niños y les dijo: “¿Quieren que les cuente un cuento?”.
Los niños, entusiasmados, se sentaron alrededor de Don Teatrino. Él les contó una historia llena de animales parlantes, princesas valientes y piratas tontos. Los niños rieron y disfrutaron de la historia.
Esa noche, Don Teatrino aprendió una valiosa lección: no siempre se necesita un escenario y un guion para hacer reír a la gente. A veces, basta con una buena historia y un corazón generoso. Y aunque al principio se sintió triste, descubrió que la risa de los niños era el mejor aplauso que podía recibir. Desde esa noche, Don Teatrino se unió a los juegos nocturnos en el parque, no para vengarse, sino para compartir historias y risas con sus pequeños amigos.
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