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Gratis · elegí una vozEl sol se estiró, bostezó un poco y, con un brillo dorado, asomó por encima de las montañas. "¡Hola buen día!", gritó con una voz cálida que despertó a los pajaritos. En el pequeño pueblo de Colores Vivos, todos conocían al Sol Sonriente. Cada mañana, su saludo era el inicio de un día lleno de alegría y posibilidades.
Pero hoy, algo era diferente. El saludo del Sol Sonriente parecía un poco... apagado. En la plaza del pueblo, una niña llamada Sofía notó la diferencia. Sofía era conocida por su cabello color zanahoria, sus ojos grandes y curiosos, y su capacidad para notar hasta el más mínimo detalle. "El sol no suena tan feliz hoy," pensó, mordisqueando su tostada.
Decidida a averiguar qué pasaba, Sofía salió corriendo de su casa. En el camino, se encontró con Don Antonio, el panadero, amasando la masa con una cara preocupada. "Hola, Don Antonio," saludó Sofía. "¿Por qué parece tan triste?"
Don Antonio suspiró. "Ay, Sofía, es que nadie me ha dicho Hola buen día hoy. Me siento invisible."
Sofía entendió. El saludo del Sol Sonriente era importante, pero también lo eran los saludos entre las personas. "¡Yo le digo Hola buen día, Don Antonio!", exclamó Sofía con una sonrisa radiante. Don Antonio sonrió también, y su cara se iluminó. "Gracias, Sofía. Eso me alegra mucho el día."
Sofía siguió su camino, decidida a contagiar su saludo a todos. Se encontró con Doña Elena, la florista, regando sus rosas. "Hola buen día, Doña Elena! Qué hermosas están sus flores!"
Doña Elena, que también parecía un poco melancólica, sonrió al escuchar el saludo de Sofía. "Hola, Sofía, gracias querida. Tus palabras son como el sol para mis flores."
Sofía continuó su recorrido, saludando a cada persona que se encontraba. "Hola buen día, Señor Ramón! Hola buen día, Señora Carmen! Hola buen día, Pedrito!"
Pero entonces, Sofía se dio cuenta de algo. Ella era la única que saludaba a los demás. Nadie más parecía dispuesto a decir "Hola buen día". La tristeza comenzó a apoderarse de ella.
De repente, escuchó un sollozo. Siguiendo el sonido, encontró al Sol Sonriente escondido detrás de una nube. "¿Qué te pasa, Sol Sonriente?", preguntó Sofía con preocupación.
El Sol Sonriente suspiró. "Estoy triste, Sofía. Ya nadie se saluda. Mi Hola buen día ya no tiene sentido si nadie lo comparte."
Sofía se sintió mal por el Sol Sonriente. Pero entonces, tuvo una idea. "¡Ya sé!", exclamó. "Vamos a organizar un concurso de Hola buen día! El que diga el Hola buen día más original y alegre, ganará un premio!"
El Sol Sonriente sonrió un poco, recuperando algo de su brillo. "¡Es una idea fantástica, Sofía! Pero, ¿quién será el juez?"
"¡Tú, Sol Sonriente! Tú eres el experto en Hola buen día!", respondió Sofía.
Sofía y el Sol Sonriente anunciaron el concurso por todo el pueblo. La gente, al principio, se mostró un poco tímida. Pero la idea de un premio y la energía contagiosa de Sofía, los animó a participar.
Al día siguiente, la plaza del pueblo estaba llena de gente. Cada uno, a su manera, intentaba decir el "Hola buen día" más original y alegre.
Don Antonio, el panadero, dijo: "¡Hola buen día! Que su día sea tan dulce como mis panecillos!"
Doña Elena, la florista, dijo: "¡Hola buen día! Que la alegría florezca en sus corazones!"
Pedrito, el niño más pequeño del pueblo, gritó: "¡Hola buen día! Que su día esté lleno de juegos y risas!"
Finalmente, llegó el turno de Sofía. Ella respiró hondo y dijo: "¡Hola buen día a todos! Pero más importante que decirlo, es sentirlo en el corazón y compartirlo con los demás!"
El Sol Sonriente, con un brillo intenso, declaró: "¡Sofía es la ganadora! Su Hola buen día es el más sincero y el que mejor representa el espíritu de la amistad y la alegría!"
Todos aplaudieron y vitorearon a Sofía. A partir de ese día, el pueblo de Colores Vivos volvió a ser un lugar lleno de saludos y sonrisas. El Sol Sonriente, feliz de nuevo, iluminaba cada mañana con su "¡Hola buen día!", sabiendo que su saludo era compartido por todos. Y Sofía, con su corazón lleno de alegría, aprendió que un simple saludo puede cambiar el día de alguien, y que la felicidad se encuentra en las pequeñas cosas, como un "Hola buen día" sincero.
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