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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un reino hecho de dulces y nubes de algodón, un valiente soldadito llamado Tomás. Pero Tomás no era un soldado común y corriente. ¡Estaba hecho de chocolate! Era un chocolate amargo, eso sí, para que no se derritiera fácilmente con el sol. Tomás vivía en el Castillo de Caramelo, protegido por el Rey Azúcar y la Reina Vainilla. Su trabajo era, como el de todos los soldados, proteger el reino. Pero Tomás secretamente deseaba algo más que hacer guardia. Soñaba con aventuras, con dragones y con salvar princesas, aunque el reino fuera tranquilo y pacífico.
Un día, mientras Tomás hacía guardia cerca de la Puerta de Regaliz, escuchó un estruendo. ¡BOOM! La tierra tembló y las gominolas del jardín real saltaron por los aires. Tomás, con su pequeño sable de regaliz, se puso en posición de defensa. De entre la niebla de azúcar hilada, apareció… ¡un dragón! Pero no era un dragón feroz y escupiendo fuego. Este dragón era enorme, verde y… ¡dormía! Roncaba tan fuerte que hacía vibrar el Castillo de Caramelo.
El Rey Azúcar, asustado, se escondió detrás de la Reina Vainilla. Los otros soldados, hechos de mazapán y bizcocho, temblaban como gelatina. "¡Hay que despertarlo!", gritó el Rey Azúcar. "¡Pero es muy grande!", lloriqueó un soldado de mazapán. Tomás, aunque un poco asustado, sintió que era su oportunidad. "Yo lo haré", dijo con voz firme.
Tomás se acercó al dragón dormilón. Sus ronquidos eran ensordecedores. Pensó en hacer ruido, pero temía asustar al dragón y hacerlo enfurecer. Entonces, recordó algo que su abuela, una galleta de jengibre muy sabia, le había contado: "A los dragones les encantan las cosquillas".
Con mucho cuidado, Tomás subió por la pata del dragón, que era como una montaña verde. Llegó hasta su panza y, con la punta de su sable de regaliz, le hizo cosquillas. Al principio, nada. Pero luego, el dragón empezó a moverse. ¡Giggle! ¡Giggle! Un sonido suave y tembloroso salió de su garganta. Tomás siguió haciéndole cosquillas. El dragón se retorció y, finalmente, abrió un ojo. Era un ojo grande, brillante y… ¡triste!
"¿Quién me hace cosquillas?", preguntó el dragón con voz suave. Tomás, asombrado, se presentó: "Soy Tomás, el soldadito de chocolate del Castillo de Caramelo". El dragón bostezó. "Soy Draco", dijo. "Y no quería asustar a nadie. Estaba muy cansado y me quedé dormido aquí".
Tomás, al ver la tristeza en los ojos de Draco, sintió compasión. "¿Por qué estás triste, Draco?", preguntó. Draco suspiró. "He perdido mi hogar. Era una cueva llena de tesoros brillantes, pero un fuerte viento la destruyó y me quedé sin nada".
Tomás pensó un momento. Luego, tuvo una idea. "¡Puedo ayudarte!", dijo. "En el Castillo de Caramelo tenemos muchas golosinas brillantes y coloridas. ¡Podemos hacerte una nueva cueva!". Draco se sorprendió. "¿De verdad harían eso por mí?", preguntó. "¡Por supuesto!", respondió Tomás. "Todos en el reino te ayudarán".
Tomás bajó de la panza de Draco y corrió hacia el Castillo de Caramelo. Les contó al Rey Azúcar y a la Reina Vainilla la historia de Draco. Al principio, estaban un poco asustados, pero al ver la determinación de Tomás, aceptaron ayudar. Todos los habitantes del reino se pusieron a trabajar. Los soldados de mazapán trajeron caramelos brillantes, las hadas de algodón de azúcar tejieron guirnaldas de colores y los gnomos de jengibre construyeron paredes de galleta.
En poco tiempo, construyeron una hermosa cueva para Draco, llena de tesoros de caramelo y luces de chocolate. Draco, al ver su nueva casa, sonrió. Era la sonrisa más grande y brillante que Tomás había visto en su vida. "¡Gracias!", dijo Draco. "¡Gracias a todos! Nunca olvidaré su amabilidad".
Desde ese día, Draco se convirtió en un amigo del reino. Ayudaba a proteger el Castillo de Caramelo y jugaba con los soldaditos de mazapán. Tomás, el soldadito de chocolate, ya no solo hacía guardia. Ahora tenía un amigo dragón y había demostrado ser el más valiente de todos, no por su fuerza, sino por su bondad y compasión. Y así, el reino de dulces y nubes de algodón fue aún más feliz, gracias a un soldadito de chocolate y un dragón dormilón que aprendieron el valor de la amistad.
Tomás aprendió que la verdadera valentía no está en pelear contra monstruos, sino en ayudar a quienes lo necesitan, incluso si son grandes y escupen fuego (bueno, en realidad Draco no escupía fuego, ¡pero la idea cuenta!). Y Draco aprendió que incluso en los lugares más inesperados, se pueden encontrar amigos verdaderos y un hogar.
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