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Gratis · elegí una vozTomás, un niño de ocho años con pecas como constelaciones en su rostro, amaba el béisbol más que a nada en el mundo. Bueno, casi más que a Trueno, su perro labrador color miel. Trueno era su mejor amigo, su confidente y el receptor oficial en sus sesiones de práctica en el jardín trasero. Cada tarde, después de la escuela, Tomás corría a casa, dejaba caer su mochila y gritaba: “¡Trueno, a jugar béisbol!”
Trueno, con la cola moviéndose como un metrónomo descontrolado, ladraba alegremente y lo seguía hasta el jardín. Allí, entre los rosales de la abuela y el viejo manzano, se desplegaba el campo de béisbol imaginario de Tomás.
“Trueno, hoy voy a ser el gran bateador, Miguel Cabrera,” decía Tomás, imitando la postura del famoso beisbolista. “¡Voy a conectar un jonrón que volará sobre la cerca y llegará hasta la luna!”
Trueno, aunque probablemente no entendía una palabra, lo miraba con adoración, moviendo la cola y ladeando la cabeza como si analizara cuidadosamente la situación.
Tomás tomaba su bate de plástico, un poco abollado por el uso, y se preparaba. Imaginaba el lanzamiento, el sonido del bate al golpear la pelota, la multitud gritando su nombre. Cerraba los ojos y se concentraba.
“¡Strike uno!” gritaba Tomás, actuando como el árbitro. “¡Strike dos! ¡Y… strike tres! ¡No, espera! ¡Me dieron una base por bolas!”
Trueno ladraba en señal de aprobación, o tal vez de confusión. A Tomás no le importaba. En su mundo de fantasía, él era la estrella del equipo.
Un día, Tomás estaba especialmente emocionado. “¡Trueno, hoy es el día! ¡Voy a audicionar para el equipo de béisbol de la liga infantil!”
Trueno, como siempre, lo escuchaba atentamente. Tomás le contó sobre el entrenador, el señor Pérez, un hombre alto y corpulento con una sonrisa amable. Le contó sobre los otros niños, algunos más grandes y fuertes que él, pero ninguno con tanta pasión por el béisbol.
“Voy a demostrarles que puedo jugar,” decía Tomás, con los ojos brillantes. “Voy a correr más rápido que el viento, batear como un campeón y lanzar como un cohete.”
Trueno ladró con entusiasmo, animándolo. Esa tarde, en el jardín, Tomás practicó más duro que nunca. Lanzó la pelota una y otra vez, tratando de perfeccionar su puntería. Bateó hasta que le dolieron los brazos. Corrió alrededor del jardín hasta que se quedó sin aliento.
“¿Crees que lo lograré, Trueno?” preguntó Tomás, sentándose en el césped junto a su perro. Trueno le lamió la cara, como diciendo: “¡Por supuesto que sí! ¡Eres el mejor!”
El día de la audición, Tomás estaba nervioso. Sentía mariposas en el estómago y las manos le sudaban. Trueno lo acompañó hasta la entrada del campo de béisbol, moviendo la cola y dándole ánimos con sus ladridos silenciosos.
“¡Gracias, Trueno! ¡Me das suerte!” le dijo Tomás, acariciando su suave pelaje. Le dio un último abrazo y entró al campo.
La audición fue dura. Tomás tuvo que correr, lanzar, batear y atrapar. Lo hizo lo mejor que pudo, pero no estaba seguro de haber impresionado al entrenador Pérez.
Al final de la audición, el entrenador Pérez reunió a todos los niños. “Han hecho un gran trabajo hoy,” dijo. “La decisión ha sido difícil, pero hemos seleccionado a los jugadores que formarán el equipo.”
Tomás contuvo la respiración. Esperó con el corazón latiendo con fuerza. El entrenador Pérez comenzó a leer la lista de nombres. Uno por uno, los nombres eran llamados. Pero el nombre de Tomás no estaba entre ellos.
Tomás se sintió desanimado. La decepción lo invadió. Pensó en Trueno, que lo esperaba en la entrada, y sintió que lo había defraudado.
Cuando salió del campo, Trueno corrió hacia él, moviendo la cola y lamiéndole las manos. Tomás se agachó y lo abrazó con fuerza. “No lo logré, Trueno,” dijo, con la voz temblorosa. “No me eligieron.”
Trueno lo miró con sus ojos marrones llenos de comprensión. Luego, comenzó a ladrar suavemente, como si le estuviera diciendo: “No te preocupes. Seguiremos jugando en el jardín.”
Tomás sonrió. Sabía que Trueno tenía razón. Aunque no estuviera en el equipo, siempre tendría el béisbol. Siempre tendría a Trueno. Y juntos, seguirían soñando con jonrones y bases robadas en su campo de béisbol imaginario. Esa tarde, regresaron al jardín. Tomás tomó su bate, Trueno se preparó como receptor y el juego continuó. El sueño de béisbol de Tomás, aunque diferente, seguía vivo, alimentado por la amistad incondicional de su fiel amigo Trueno. Y quizás, solo quizás, el próximo año sería diferente. Por ahora, el jardín era suficiente, y la alegría de jugar con Trueno, más valiosa que cualquier trofeo.
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