Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozMateo arrastró los pies hasta la puerta de su casa. El timbre de la escuela aún resonaba en sus oídos. ¡Qué día tan largo! Matemáticas, lectura, y para colmo, ¡educación física con el sol pegando fuerte! Su estómago rugía como un león hambriento. Al entrar, el delicioso olor a estofado de pollo de su abuela lo recibió con un abrazo invisible.
"¡Abuela! ¡Tengo muchísima hambre!" exclamó Mateo, dejando caer su mochila en el suelo.
"¡Hola, mi niño! Lávate las manos y ven a comer. El estofado está listo", respondió la abuela Elena con una sonrisa.
Mateo devoró dos platos grandes de estofado. La abuela Elena siempre decía que la comida era la mejor medicina para un día cansado. Y tenía razón. Después de comer, Mateo sintió que sus párpados pesaban toneladas.
"Abuela, me voy a echar una siestecita", murmuró, casi dormido.
"¡Claro que sí, mi cielo! Descansa bien", respondió la abuela, recogiendo los platos.
Mateo se desplomó en su cama. En segundos, estaba profundamente dormido. Y entonces, el sueño comenzó.
Al principio, todo era borroso. Poco a poco, las imágenes se fueron aclarando. Mateo se encontró en un bosque, pero no era un bosque normal. Los árboles eran gigantescos, con hojas de colores brillantes que cambiaban constantemente. El suelo estaba cubierto de flores que cantaban melodías suaves. Un río de chocolate burbujeaba alegremente, y mariposas con alas de cristal revoloteaban a su alrededor.
De repente, escuchó una voz. "¡Mateo! ¡Mateo! ¡Por aquí!"
Mateo se dio la vuelta y vio a un conejo blanco, pero este conejo no era como los demás. Llevaba un chaleco a cuadros, un reloj de bolsillo y hablaba con un acento muy refinado.
"¿Quién... quién eres tú?" preguntó Mateo, sorprendido.
"¡Soy el Conejo Cronometrador, por supuesto! Y necesito tu ayuda. La Reina de las Zanahorias ha perdido su corona y solo tú puedes encontrarla", respondió el Conejo, ajustándose las gafas.
"¿La Reina de las Zanahorias? ¿Una corona? Esto debe ser un sueño", pensó Mateo.
Pero el Conejo Cronometrador insistió. "¡No hay tiempo que perder! La corona es mágica y si no la encontramos pronto, el bosque perderá su color y su alegría!"
Mateo, aunque confundido, sintió un impulso de ayudar. Siguió al Conejo Cronometrador a través del bosque. Pasaron por cascadas de caramelo, puentes hechos de regaliz y praderas de algodón de azúcar. En cada lugar, preguntaban a los habitantes del bosque si habían visto la corona. Las ardillas sabias, los pájaros cantores y hasta los osos bailarines negaban con la cabeza.
Finalmente, llegaron a una cueva oscura y misteriosa. El Conejo Cronometrador tragó saliva. "Se dice que aquí vive el Dragón Glotón. ¡Es muy goloso y le encantan las joyas brillantes!"
Mateo sintió un escalofrío. Entraron con cautela en la cueva. El aire estaba cargado de un olor a azufre y a galletas quemadas. En el fondo, vieron una enorme figura dormida. Era el Dragón Glotón, y roncaba tan fuerte que las paredes temblaban.
Cerca de él, sobre una pila de rocas, Mateo vio algo que brillaba. ¡Era la corona de la Reina de las Zanahorias! Estaba hecha de zanahorias doradas y adornada con diamantes de azúcar.
"¡La encontré!" susurró Mateo.
Pero justo cuando intentaba tomar la corona, tropezó con una roca. El ruido despertó al Dragón Glotón. El dragón abrió un ojo, luego el otro. Miró a Mateo y al Conejo Cronometrador con furia.
"¡Intrusos! ¿Qué hacen en mi cueva?" rugió el Dragón Glotón.
Mateo, temblando de miedo, intentó explicar la situación. "Señor Dragón, solo queríamos recuperar la corona de la Reina de las Zanahorias. No queremos causarle ningún problema."
El Dragón Glotón frunció el ceño. "¿La corona de zanahorias? ¡Es mía ahora! Es perfecta para decorar mi pastel de chocolate!"
El Conejo Cronometrador tuvo una idea. "Pero, Señor Dragón, esa corona es mágica. Si se la come, su pastel de chocolate sabrá a... ¡zanahorias!"
El Dragón Glotón hizo una mueca. "¡Ew! ¡Odio las zanahorias!" Devolvió la corona a Mateo. "Tomen, llévensela. Pero no vuelvan a molestarme mientras duermo!"
Mateo y el Conejo Cronometrador salieron corriendo de la cueva, con la corona en sus manos. Regresaron al bosque y devolvieron la corona a la Reina de las Zanahorias. El bosque recuperó su color y su alegría, y todos celebraron con un gran banquete de pastel de zanahoria (que el Dragón Glotón se negó a probar).
De repente, Mateo sintió que lo sacudían suavemente. Abrió los ojos y vio a su abuela Elena sonriéndole.
"¡Mateo, despierta, mi niño! Ya está lista la merienda", dijo la abuela.
Mateo se sentó en la cama, aún aturdido por el sueño. "Abuela, tuve un sueño muy raro... Había un conejo que hablaba, un dragón goloso y una reina de zanahorias..."
La abuela Elena se rió. "¡Qué imaginación tienes, mi niño! Seguro que fue el estofado de pollo el que te dio esas ideas."
Mateo sonrió. Tal vez sí. Pero por si acaso, esa noche, le pidió a su abuela que le preparara un pastel de chocolate. Solo por si acaso, ¿saben?
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