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Gratis · elegí una vozEl sol doraba las montañas alrededor de Combapata, un pueblo andino donde el tiempo parecía danzar al ritmo de la Pachamama. El Señor Pongo, un hombre de rostro curtido como la tierra y manos sabias como las raíces de un árbol centenario, vivía en una hacienda que respiraba paz. Su corazón latía al unísono con la naturaleza, un vals silencioso que solo Justina, una muchacha de ojos brillantes como estrellas fugaces, podía comprender.
Justina, con su espíritu tan libre como el viento que acariciaba los campos de quinua, adoraba escuchar las historias del Señor Pongo. Un día, mientras paseaban cerca del famoso puente Cali piedra de Combapata, un puente que parecía una serpiente de piedra dormida sobre el río, el Señor Pongo le contó un secreto: "Justina, este puente no solo une dos orillas, une dos mundos: el visible y el invisible. Sus piedras susurran historias a quienes saben escuchar."
Justina se acercó al puente, poniendo su oído cerca de una de las piedras. Al principio, solo escuchó el murmullo del río, pero luego, como un eco lejano, percibió una voz suave. Era la voz de un picaflor, un colibrí diminuto con plumas iridiscentes que revoloteaba cerca, buscando néctar en las flores silvestres. El picaflor, cuyo nombre era Kusi, se convirtió en su nuevo amigo. Kusi, era como un rayo de sol atrapado en el aire, llevando consigo la alegría y la vitalidad del bosque.
"El río Vilcanota es la arteria de Combapata," explicó el Señor Pongo, "y este puente, su corazón. Pero hay algo más, Justina. Cada piedra de este puente tiene una historia, una leyenda grabada por el tiempo. Se dice que este puente fue construido con piedras cantantes que viajaron solas desde las montañas." Esta era una de las curiosidades de Combapata, una hipérbole que hablaba del gran esfuerzo y la magia que rodeaba su construcción.
Un día, la hacienda del Señor Pongo se vio amenazada. Un grupo de personas, cegadas por la codicia, querían talar los árboles centenarios para vender la madera. El Señor Pongo, con la tristeza pintada en su rostro como un eclipse, intentó razonar con ellos, pero sus palabras eran como agua que resbalaba sobre una piedra.
Justina, al ver la desesperación del Señor Pongo, sintió que su corazón se rompía como un cristal. No podía permitir que destruyeran la armonía de la hacienda, el hogar de tantos animales y plantas. Decidió pedir ayuda al puente de piedra. Corrió hacia él, con Kusi revoloteando a su lado, como una estrella guía.
"Puente de piedra, por favor, ayúdanos," suplicó Justina. "Los árboles de la hacienda están en peligro, y con ellos, la vida de muchos seres." El puente, como si la hubiera escuchado, emitió un sonido profundo, un resonar que se extendió por todo el valle. El sonido era como un rugido de la tierra, una advertencia que llegaba hasta el cielo.
Kusi, el picaflor, voló hacia el pueblo, llevando consigo el mensaje del puente. Habló con el viento, quien lo llevó a los oídos de los niños de Combapata. Los niños, con sus corazones puros y su amor por la naturaleza, entendieron el peligro. Se unieron a Justina y al Señor Pongo, formando una cadena humana alrededor de los árboles, protegiéndolos con sus cuerpos.
Cuando los hombres llegaron con sus hachas, se encontraron con la resistencia pacífica de los niños. Sus miradas, tan fuertes como las raíces de los árboles, les hicieron dudar. Recordaron las historias de sus abuelos, la importancia de respetar la Pachamama, la Madre Tierra. La conciencia despertó en ellos, como una flor que florece después de la lluvia.
Finalmente, los hombres, avergonzados, bajaron sus hachas y se alejaron. La hacienda se salvó. El Señor Pongo abrazó a Justina, con lágrimas de alegría corriendo por sus mejillas. Kusi, el picaflor, revoloteaba alrededor de ellos, celebrando la victoria.
El Señor Pongo le dijo a Justina: "Justina, la naturaleza es como un espejo: si la tratamos con amor, nos devuelve amor. El buen vivir, el sumak kawsay, es vivir en armonía con ella, respetando sus ciclos y sus dones." La voz del Señor Pongo era suave como la brisa de la tarde.
Desde ese día, la hacienda floreció aún más. Los árboles crecieron fuertes y sanos, el río Vilcanota cantó con más alegría, y el puente Cali piedra de Combapata siguió susurrando sus historias a quienes sabían escuchar. Justina, el Señor Pongo y Kusi, el picaflor, vivieron en paz, protegiendo la naturaleza y transmitiendo su sabiduría a las generaciones futuras. La hacienda era un paraíso, un edén andino donde la vida y la naturaleza se fundían en un abrazo eterno.
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