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Gratis · elegí una vozNuna y Kai, dos hermanos inuit, vivían en una pequeña aldea de iglús a orillas del mar congelado. Nuna, con sus trenzas negras como el carbón y ojos brillantes como el hielo, tenía siete años. Kai, un poco mayor con nueve años, era fuerte y valiente, siempre dispuesto a proteger a su hermana. Les encantaba explorar los alrededores de su hogar, pero siempre bajo la atenta mirada de sus padres.
Un día, mientras jugaban cerca de la costa, observaron un grupo de focas descansando sobre un gran bloque de hielo flotante. La curiosidad los invadió. "¡Mira, Kai! ¡Cuántas focas!" exclamó Nuna, señalando con su manita cubierta por un mitón de piel de caribú. Kai, fascinado, asintió. "Vamos a acercarnos un poco más, Nuna. Pero con cuidado, ¿de acuerdo?"
Sin darse cuenta, mientras observaban a las focas, una repentina ventisca de nieve los envolvió. El viento aullaba como un lobo hambriento, y la nieve caía con tanta fuerza que apenas podían ver sus propias manos. En cuestión de segundos, la costa y su aldea desaparecieron entre la blanca cortina de nieve. Nuna y Kai se habían perdido.
"¡Kai! ¡Tengo miedo!" lloriqueó Nuna, abrazándose a su hermano. Kai, aunque también asustado, intentó mantener la calma. "No te preocupes, Nuna. Estaremos bien. Debemos mantenernos juntos y buscar un refugio." La ventisca arreciaba, haciendo que caminar fuera casi imposible. El frío mordía sus mejillas y entumecía sus dedos. Kai recordó las historias que su abuelo les contaba sobre cómo sobrevivir en la tundra. "Debemos seguir caminando contra el viento, Nuna. Así no nos alejaremos tanto de la costa."
Caminaron durante lo que pareció una eternidad, luchando contra el viento y la nieve. La esperanza comenzaba a flaquear cuando, de repente, Kai divisó algo a lo lejos. "¡Nuna! ¡Mira! Creo que veo algo... ¡Parece un montículo de nieve! Podría ser un refugio natural." Con renovadas fuerzas, se dirigieron hacia el montículo. Al acercarse, descubrieron que era una pequeña cueva excavada en la nieve, probablemente por un animal. Era pequeña y estrecha, pero al menos los protegería del viento. Se arrastraron dentro, tiritando de frío.
Dentro de la cueva, intentaron calentarse. Kai recordó que su abuelo les había enseñado a frotar sus manos y pies para estimular la circulación. Lo hicieron diligentemente, y poco a poco, sintieron que el calor volvía a sus cuerpos. Nuna, hambrienta, comenzó a llorar. Kai rebuscó en su bolsillo y encontró un pequeño trozo de carne seca que su madre le había dado antes de salir a jugar. Lo compartió con Nuna, saboreando cada pequeño bocado.
La ventisca continuó durante horas. Dentro de la cueva, el tiempo parecía detenerse. Kai contó historias a Nuna sobre osos polares y ballenas, intentando distraerla de su miedo y hambre. También le cantó canciones tradicionales inuit, su suave voz resonando en la pequeña cueva. Poco a poco, Nuna se quedó dormida, acurrucada junto a su hermano.
Kai permaneció despierto, vigilando y escuchando atentamente. El viento seguía aullando, pero parecía que la intensidad de la ventisca había disminuido un poco. Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, el viento comenzó a calmarse y la nieve dejó de caer. Kai se asomó fuera de la cueva. El cielo estaba despejándose y el sol comenzaba a brillar tímidamente. La ventisca había terminado.
Con cuidado, Kai despertó a Nuna. "¡Nuna! ¡La ventisca ha pasado! Podemos volver a casa." Nuna, aún adormilada, se frotó los ojos y sonrió al ver el sol. Juntos, salieron de la cueva. El paisaje estaba cubierto de una gruesa capa de nieve blanca, pero podían ver la costa a lo lejos. Con cautela, comenzaron a caminar en dirección a su aldea.
Después de una larga caminata, divisaron los iglús de su hogar. Sus padres, desesperados, los estaban buscando. Al verlos, corrieron a su encuentro y los abrazaron con fuerza. Las lágrimas corrían por sus rostros de alegría y alivio. Nuna y Kai estaban a salvo. Esa noche, acurrucados junto al fuego en su iglú, Nuna y Kai contaron su aventura. Aprendieron una valiosa lección sobre el poder de la naturaleza y la importancia de la valentía, la hermandad y la obediencia. Y nunca más se alejaron de la vista de sus padres durante una tormenta de nieve.
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