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Gratis · elegí una vozEn el corazón del Valle de México, donde el lago de Texcoco brillaba bajo el sol, se alzaba majestuosa México-Tenochtitlan. Sus templos, pirámides y mercados bullían de vida. El pequeño Itzel, con sus ojos brillantes como obsidiana, adoraba corretear entre los puestos del mercado, donde los colores de las plumas, las flores y las frutas pintaban un cuadro alegre. Su abuela, Coyolxauhqui, una anciana sabia y respetada, le contaba historias de Quetzalcóatl y Huitzilopochtli, los dioses que velaban por su pueblo.
Itzel amaba pescar con su padre en las chinampas, esos jardines flotantes que proveían de alimento a la ciudad. Le encantaba escuchar las canciones de los remeros mientras navegaban por los canales. Tenochtitlan era un lugar mágico, lleno de vida y prosperidad. Cada día era una aventura, un descubrimiento.
Un día, Itzel notó que algo estaba cambiando. Algunos adultos tosían mucho, con una tos seca y dolorosa. Otros tenían manchas rojas en la piel, que les daban mucha comezón. La abuela Coyolxauhqui se veía preocupada, y los curanderos, los ticitl, estaban trabajando día y noche, preparando remedios con hierbas y rezando a los dioses.
"¿Qué está pasando, abuela?", preguntó Itzel, sintiendo un nudo en el estómago.
La abuela suspiró. "Es una enfermedad, Itzel. Una enfermedad que nunca hemos visto antes. Vino con los hombres del otro lado del mar."
Itzel no entendía. ¿Hombres del otro lado del mar? ¿Cómo podían traer una enfermedad tan terrible? La abuela le explicó que estos hombres, los españoles, habían llegado en barcos grandes y que, sin querer, traían consigo gérmenes a los que su pueblo no era inmune.
"Son como pequeños guerreros invisibles, Itzel. Atacan nuestros cuerpos desde adentro", explicó la abuela con tristeza. "Los llamamos *cocoliztli*."
La *cocoliztli* se extendió rápidamente por Tenochtitlan. La gente enfermaba y moría. El mercado se silenció. Los canales se vaciaron. El canto de los remeros ya no se escuchaba. El sol parecía haber perdido su brillo.
Itzel vio cómo la enfermedad se llevaba a su mejor amigo, Tláloc, un niño travieso que siempre lo hacía reír. Vio cómo la tos debilitaba a su padre, un hombre fuerte y valiente. Vio cómo la abuela Coyolxauhqui, a pesar de su sabiduría y sus rezos, se veía cada día más cansada.
Un día, la abuela llamó a Itzel a su lado. Estaba muy débil, pero sus ojos aún brillaban con amor. "Itzel, mi nieto", dijo con voz suave, "debes ser fuerte. Debes recordar las historias que te he contado. Debes recordar la grandeza de Tenochtitlan. Y debes asegurarte de que nuestro pueblo nunca olvide quiénes somos."
La abuela le contó sobre las propiedades curativas de ciertas plantas, secretos que los ticitl le habían confiado a lo largo de los años. Le enseñó a identificar las estrellas y a leer los signos del cielo. Le transmitió la sabiduría ancestral de su pueblo.
"Debes usar este conocimiento para ayudar a los demás, Itzel. Para sanar a los enfermos y para proteger a nuestro pueblo", le susurró la abuela antes de cerrar los ojos para siempre.
La muerte de la abuela dejó un vacío enorme en el corazón de Itzel. Se sentía solo y asustado. Pero recordó sus palabras y supo que debía ser fuerte. Comenzó a ayudar a los ticitl a recolectar hierbas medicinales. Aprendió a preparar infusiones y ungüentos. Compartió las historias de la abuela con los niños que habían perdido a sus padres.
Poco a poco, con el paso del tiempo, la *cocoliztli* comenzó a disminuir. Muchos habían muerto, pero algunos habían sobrevivido. Y entre los sobrevivientes, Itzel se convirtió en un símbolo de esperanza. Un recordatorio de que, incluso en los momentos más oscuros, la sabiduría y el amor pueden iluminar el camino.
Aunque Tenochtitlan nunca volvió a ser la misma, el espíritu de su gente permaneció intacto. Y en el corazón de Itzel, las palabras de la abuela Coyolxauhqui resonaban como un susurro invisible: "Recuerda quién eres. Recuerda la grandeza de Tenochtitlan. Nunca olvides."
Y así, Itzel, el pequeño niño que amaba corretear por el mercado, se convirtió en un guardián de la memoria de su pueblo, un faro de esperanza en un mundo que había cambiado para siempre. Él sabía que la tristeza de Tenochtitlan era una herida profunda, pero también sabía que la fuerza y la sabiduría de sus ancestros eran un tesoro invaluable que debían proteger y transmitir a las generaciones futuras.
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