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Gratis · elegí una vozEdwin era un niño muy alegre, con una sonrisa tan brillante como el sol. Le encantaba jugar en el parque con sus amigos, especialmente a las escondidas. Pero Edwin también tenía un tesoro muy especial: su teléfono. Lo usaba para tomar fotos de las ardillas en el parque, grabar vídeos de sus amigos haciendo piruetas en los columpios, y a veces, solo a veces, para jugar un pequeño juego antes de dormir. Un día, como cualquier otro, Edwin fue al parque. El sol brillaba, los pájaros cantaban, y el aire olía a flores frescas. Corrió hacia sus amigos, Lucas y Sofía, que ya estaban jugando cerca del tobogán gigante. "¡Hola!" gritó Edwin, guardando su teléfono en el bolsillo de su pantalón. Jugaron a las escondidas durante horas. Edwin era un experto en encontrar los mejores escondites. Se ocultaba detrás de árboles enormes, debajo de bancos, e incluso una vez, ¡dentro de un gran tubo de cemento que estaba cerca de la construcción! La risa llenaba el aire mientras corrían y se buscaban mutuamente. Cuando el sol comenzó a ponerse, y las sombras se alargaron, los amigos decidieron que era hora de irse a casa. Edwin se despidió de Lucas y Sofía con un fuerte abrazo y caminó hacia la salida del parque. Justo antes de salir, recordó que quería tomar una última foto del cielo anaranjado. Metió la mano en el bolsillo... ¡pero su teléfono no estaba! El corazón de Edwin dio un vuelco. ¡Su teléfono había desaparecido! Lo buscó en todos sus bolsillos, revisó su mochila, e incluso se sacudió los pantalones por si acaso. Nada. El teléfono no estaba por ninguna parte. La alegría que sentía hace solo unos minutos se transformó en una profunda tristeza. Regresó corriendo al tobogán, al árbol gigante, al banco, e incluso al tubo de cemento. Buscó y buscó, pero el teléfono seguía sin aparecer. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos. "¡Mi teléfono! ¡Lo he perdido!" exclamó Edwin, con la voz temblorosa. Una señora que paseaba a su perro se acercó a Edwin. "¿Qué te pasa, jovencito?" preguntó con amabilidad. Edwin le explicó entre sollozos que había perdido su teléfono en el parque. La señora le sonrió. "No te preocupes, cariño. A veces las cosas se pierden y luego se encuentran. Vamos a buscarlo juntos." La señora y Edwin recorrieron el parque de nuevo, mirando debajo de los arbustos y detrás de los árboles. La señora incluso usó la linterna de su propio teléfono para iluminar los rincones oscuros. Pero no encontraron nada. Edwin estaba cada vez más desanimado. Pensó en todas las fotos y vídeos que había en su teléfono, y en el juego que tanto le gustaba. Se imaginó que nunca más lo volvería a ver. De repente, escucharon un pequeño ladrido. El perro de la señora, un pequeño chihuahua llamado Chispita, había encontrado algo. Estaba ladrando y moviendo la cola frenéticamente cerca de un montón de hojas secas. Edwin y la señora se acercaron y apartaron las hojas. ¡Allí estaba! ¡El teléfono de Edwin! Estaba un poco sucio, pero intacto. Los ojos de Edwin se iluminaron de alegría. "¡Lo encontré! ¡Lo encontré!" gritó, abrazando a la señora y a Chispita. Les agradeció una y otra vez por ayudarle a encontrar su teléfono. La señora le dio un consejo importante. "Edwin, debes tener más cuidado con tus cosas. Guarda tu teléfono en un lugar seguro, como una funda o un bolsillo con cremallera." Edwin asintió con la cabeza. Había aprendido una valiosa lección. Esa noche, Edwin regresó a casa con su teléfono sano y salvo. Después de cenar, se sentó en su cama y miró las fotos y los vídeos que tenía guardados. Sonrió al recordar la divertida tarde que había pasado en el parque con sus amigos. Y aunque estuvo un poco preocupado por haber perdido su teléfono, también se dio cuenta de lo afortunado que era de tener amigos que se preocupaban por él y una señora amable que le había ayudado a buscarlo. Antes de dormir, jugó una pequeña partida a su juego favorito. Pero esta vez, después de jugar, guardó su teléfono en un lugar seguro, ¡en su mesita de noche, junto a su libro favorito! Y así, Edwin aprendió que aunque las cosas se pierdan, la amistad y la amabilidad siempre te ayudarán a encontrarlas, ¡o incluso algo mejor! Y siempre, siempre, hay que cuidar de nuestras cosas importantes.
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