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Gratis · elegí una vozEl silencio era denso, pegajoso como la sangre seca en mis manos. Tres días. Tres días desde que le vimos colgado, tres días desde que el sol se negó a brillar. Tres días que se sintieron como una eternidad de piedras frías y recuerdos punzantes. Yo, Pedro, el que juró dar su vida por Él, le había fallado. Lo negué. Tres veces. Ahora, esperaba, aferrado a una esperanza que se desmoronaba como el polvo del camino.
María Magdalena había venido temprano, gritando. Su voz, antes melodía de fe, era ahora un graznido de horror. "¡La tumba! ¡Está vacía!" Corrí, con Juan a mi lado, el joven Juan, siempre tan cerca de Él. La piedra, rodada. El sepulcro, abierto, un agujero negro que escupía un aire helado, pútrido. Las vendas, esparcidas como un sudario abandonado.
Dentro, el vacío. Un vacío que resonaba con un eco sordo, un eco que se clavaba en lo más profundo de mi alma. "Él ha resucitado," susurró Juan, con los ojos brillantes de una fe inquebrantable. Pero yo... yo sentía un presentimiento oscuro, un peso en el pecho que me ahogaba.
Esperamos. Esperamos todo el día, bajo un cielo plomizo que parecía a punto de derrumbarse. Los demás apóstoles, temerosos, reunidos en la casa, murmurando oraciones, alimentando la llama de la esperanza. Yo, en cambio, me senté a la entrada del sepulcro, observando las sombras alargarse, sintiendo el frío calar en mis huesos.
Al caer la noche, un movimiento. Un sonido gutural, un gemido rasposo que provenía de las profundidades de la tumba. Me puse de pie, temblando, con el corazón latiendo con fuerza en mis oídos. Juan se agarró a mi brazo, con los ojos muy abiertos, llenos de expectación.
Él salió. No era el Maestro que conocíamos. No era el hombre de bondad y compasión que nos había guiado. Era una sombra tambaleante, una caricatura grotesca de lo que había sido. Su piel, pálida como la cera, se desprendía en jirones. Sus ojos, desorbitados y vacíos, no reflejaban nada, ni amor, ni paz, ni siquiera odio. Solo un abismo infinito.
Su boca, entreabierta, dejaba escapar un aliento fétido, un olor a muerte y descomposición. Su túnica, antes blanca y pura, estaba manchada de tierra y sangre seca. Se movía con torpeza, como un muñeco roto, sus extremidades rígidas y desencajadas.
Retrocedí, horrorizado. Juan gritó, un grito desgarrador que resonó en el silencio de la noche. Los demás apóstoles salieron corriendo de la casa, con el miedo pintado en sus rostros.
Él no nos reconoció. Pasó junto a nosotros sin siquiera mirarnos, con la mirada fija en un punto invisible en el horizonte. Sus labios murmuraban palabras incomprensibles, un galimatías de sonidos guturales y sílabas sin sentido.
Lo seguí, a la distancia, con el corazón destrozado. Vi como los animales huían a su paso, como los árboles se inclinaban ante su presencia, como la tierra misma temblaba bajo sus pies. No era la resurrección que habíamos esperado. Era algo... algo terrible. Algo antinatural.
Me senté en una roca, llorando. Llorando por el Maestro que habíamos perdido, llorando por la esperanza que se había desvanecido, llorando por el futuro que se vislumbraba oscuro y desolador. La salvación no llegaría. No para nosotros. No para nadie.
Entonces, las trompetas. Sonaron desde el cielo, estridentes y funestas, anunciando el final. El cielo se abrió, revelando una oscuridad abismal. Las estrellas se apagaron, una por una, sumiendo al mundo en un caos absoluto.
Él se detuvo. Se giró hacia el cielo, con los brazos extendidos, como si estuviera recibiendo una orden. Un rayo de luz negra descendió del cielo, envolviéndolo en una espiral de sombras. Luego, el silencio. Un silencio aún más denso, aún más pegajoso que antes. Un silencio eterno.
Yo, Pedro, el que negó a su Maestro, me quedé solo, en la oscuridad, esperando el final. El fin de todo.
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