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Mateo era un niño de cinco años con el pelo negro y lacio como la noche, unos ojos azules tan brillantes como el cielo de verano y una sonrisa que podía iluminar toda una habitación. Vestido con su camisa azul claro favorita y pantalones negros, siempre parecía listo para la aventura. Pero Mateo tenía un pequeño, o quizás no tan pequeño, problema: no sabía compartir.
Si alguien le pedía prestado uno de sus coches de juguete, Mateo fruncía el ceño. Si alguien quería probar su deliciosa galleta de chocolate, Mateo la escondía detrás de su espalda. Si alguien siquiera miraba con demasiada atención su castillo de bloques, Mateo lo defendía con uñas y dientes (¡figurativamente, por supuesto!).
Un día soleado, la maestra, la Señorita Elena, anunció que harían un picnic en el parque. Mateo estaba emocionado. Empacó en su mochila su camión de bomberos rojo, sus bloques de construcción más preciados y, lo más importante, una enorme bolsa de gomitas azules, ¡sus favoritas!
En el parque, todos los niños extendieron sus mantas y sacaron sus almuerzos. Sofía, con sus coletas rubias, tenía un sándwich de queso y una manzana roja brillante. Carlos, con su gorra de béisbol, tenía galletas de avena y una botella de jugo de naranja. Y Mateo, bueno, Mateo tenía su tesoro azul.
Al principio, Mateo se sentó solo, disfrutando de sus gomitas azules. Pero pronto, Sofía se acercó. "Mateo, ¿qué son esas cosas azules? Se ven deliciosas", preguntó con una sonrisa.
El corazón de Mateo dio un vuelco. Su instinto fue decir "¡No! ¡Son mías!" Pero la Señorita Elena siempre les decía que debían ser amables y compartir. Mateo dudó. Frunció el ceño y apretó la bolsa de gomitas.
Carlos se unió a ellos. "¿Puedo ver? ¡Me encantan las gomitas!" dijo, extendiendo una mano.
La cara de Mateo se puso roja. "¡No! ¡Son mías! ¡Las compré con mi dinero!" gritó, abrazando la bolsa con fuerza. Sofía y Carlos retrocedieron, sorprendidos por su reacción.
La Señorita Elena, que había estado observando, se acercó suavemente. "Mateo", dijo con una voz tranquila, "¿qué está pasando?"
Mateo, con los ojos llenos de lágrimas, explicó: "¡No quiero compartir mis gomitas! Son mis favoritas y los demás siempre las rompen o se las comen todas!"
La Señorita Elena se sentó junto a él en la manta. "Mateo, entiendo que te gusten mucho tus gomitas. Pero compartir no significa perder. Significa hacer felices a los demás. Y a veces, cuando compartes, obtienes algo a cambio, como nuevas amistades o la alegría de ver a alguien sonreír."
Le contó una historia sobre una ardilla que guardaba todas las nueces para sí misma, pero luego se sintió muy sola en invierno. Cuando finalmente compartió algunas nueces con otros animales, hicieron un gran festín juntos y se mantuvieron calientes y acompañados.
Mateo escuchó atentamente. Miró la bolsa de gomitas azules y luego a Sofía y Carlos, que lo miraban con curiosidad. Lentamente, Mateo abrió la bolsa.
"Está bien", dijo en voz baja. "Pueden probar una." Sacó tres gomitas azules y les dio una a cada uno.
Los ojos de Sofía se iluminaron. "¡Mmm! ¡Son deliciosas! ¡Gracias, Mateo!" Carlos asintió con la cabeza, masticando con entusiasmo. "¡Estas son las mejores gomitas que he probado!"
Mateo sintió una extraña sensación en su pecho. No era enojo, sino algo mucho más cálido y agradable. Era... ¿felicidad?
Sofía ofreció a Mateo un bocado de su sándwich de queso. Carlos le dio una de sus galletas de avena. Mateo probó el sándwich y la galleta. ¡Estaban deliciosos! Nunca antes los había probado porque siempre estaba demasiado ocupado protegiendo sus propias cosas.
Ese día, Mateo aprendió una valiosa lección. Descubrió que compartir no significaba renunciar a algo valioso, sino ganar algo aún más valioso: la amistad y la alegría de hacer felices a los demás. Y, por supuesto, también descubrió que los sándwiches de queso y las galletas de avena eran mucho mejores cuando se compartían con amigos. Desde ese día, Mateo ya no se enojaba cuando le pedían algo. Ahora, sonreía y decía: "¡Claro, comparte!"
Y aunque las gomitas azules seguían siendo sus favoritas, ahora sabía que el verdadero tesoro no estaba en la bolsa, sino en los corazones de sus amigos.
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