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Gratis · elegí una vozTito era un sapo verde y regordete que vivía en una charca llena de nenúfares. Pero Tito no era feliz. No, señor. Tito tenía un tesoro, ¡el tesoro más brillante y delicioso del mundo entero! Era un montoncito de fresas silvestres, las más jugosas y rojas que jamás se habían visto. Tito las había encontrado en el bosque y las había guardado en una hoja de plátano, celosamente vigiladas debajo de su nenúfar favorito.
“¡Son mías! ¡Todas mías!” croaba Tito, cada vez que una mariposa curiosa se acercaba demasiado. No quería compartir ni una sola fresa con nadie. Pensaba que si las compartía, ya no tendría el tesoro más brillante y delicioso del mundo.
Un día, llegó a la charca una familia de patitos. Eran cinco patitos pequeños, amarillos y esponjosos, y su mamá pata, una señora elegante con un sombrero de flores. Los patitos, correteando por la orilla, vieron a Tito sentado sobre su nenúfar.
“¡Hola, señor sapo!” piaron los patitos al unísono. Tito gruñó. No le gustaban las visitas, especialmente las visitas ruidosas.
“¿Qué quieren?” preguntó Tito, sin siquiera mirarlos.
“Tenemos mucha hambre,” dijo el patito más pequeño, con la voz temblorosa. “Mamá nos ha dicho que busquemos algo rico para comer.”
Tito se encogió de hombros. “Pues busquen en otro sitio. Yo no tengo nada para ustedes.” Y se acomodó sobre su nenúfar, asegurándose de que los patitos no vieran la hoja de plátano escondida debajo.
La mamá pata se acercó, con una mirada amable. “Buenos días, señor sapo. Mis patitos están aprendiendo a buscar su comida. ¿No tendría usted algo que pudiéramos compartir con ellos? Un pequeño gusano, tal vez, o unas bayas maduras?”
Tito resopló. “¡Compartir! ¡Bah! No tengo nada que compartir. Lo que tengo es mío, y no lo voy a dar.”
Los patitos, decepcionados, bajaron la cabeza. La mamá pata suspiró y los llevó a buscar comida en otro lugar. Tito los observó alejarse, sintiéndose un poco… no feliz, pero sí seguro. Había protegido su tesoro.
Pero a medida que pasaba el día, Tito comenzó a sentirse diferente. Las fresas, aunque seguían siendo rojas y jugosas, ya no parecían tan brillantes. El nenúfar, aunque seguía siendo su favorito, ya no era tan cómodo. Sentía un vacío en su corazón de sapo.
De repente, oyó un llanto. Era el patito más pequeño, perdido y solo, llorando a la orilla de la charca. Tito, a pesar de su egoísmo, sintió pena por el patito.
“¿Qué te pasa?” preguntó Tito, saltando del nenúfar.
El patito, sollozando, dijo: “Me he perdido de mi mamá y mis hermanos. ¡Tengo mucha hambre y mucho miedo!”
Tito dudó. Miró la hoja de plátano con sus fresas brillantes. Luego, miró al patito, temblando de frío y miedo. Algo en su interior cambió.
“Espera aquí,” dijo Tito, y saltó de nuevo al nenúfar. Sacó la hoja de plátano y la abrió cuidadosamente. “Toma,” le dijo al patito, ofreciéndole una fresa. “Come esto. Te sentirás mejor.”
El patito, con los ojos muy abiertos, aceptó la fresa. La mordisqueó lentamente, con una expresión de puro deleite. “¡Es deliciosa!” exclamó. “¡Gracias, señor sapo!”
Tito sintió algo extraño, algo cálido y agradable, que nunca había sentido antes. Era la alegría de compartir. Le dio al patito otra fresa, y luego otra más. Mientras el patito comía, Tito le contó historias de la charca, de los peces que saltaban y de las libélulas que bailaban en el aire.
Después de un rato, escucharon un piar familiar. Era la mamá pata, buscando a su patito perdido. Al ver a su hijo sano y salvo, y comiendo felizmente con el sapo Tito, la mamá pata sonrió.
“Gracias, señor sapo,” dijo la mamá pata. “Ha sido usted muy amable con mi pequeño.”
Tito se sintió orgulloso. Les ofreció a la mamá pata y a los otros patitos las fresas restantes. Todos comieron juntos, riendo y charlando, a la orilla de la charca. Las fresas sabían aún más dulces compartidas con amigos.
Cuando el sol comenzó a ponerse, los patitos se despidieron de Tito. Tito, por primera vez en mucho tiempo, se sintió realmente feliz. Había aprendido una valiosa lección: que compartir no significa perder, sino ganar. Había ganado amigos, y había descubierto la alegría de la generosidad. Ya no tenía el tesoro más brillante y delicioso del mundo, pero tenía algo mucho mejor: un corazón lleno de alegría y amistad.
A partir de ese día, Tito siempre compartió lo que tenía con los demás. La charca se convirtió en un lugar más alegre y amigable, y Tito, el sapo egoísta, se transformó en Tito, el sapo generoso, el más feliz de todos.
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