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Gratis · elegí una vozHabía una vez en el pueblo de Cajamarca, un señor llamado Jorge. Ya era un señor de edad, con el pelo blanco como la nieve y una sonrisa que iluminaba todo el valle. Un día, ¡qué alegría!, sus hijas y nietos viajaron a Cajamarca para visitarlo. El abuelo Jorge los esperaba con los brazos abiertos, ¡y un corazón rebosante de amor! Cuando llegaron, los recibió con cariño, abrazos apretados y besos ruidosos. ¡Qué felicidad tener a toda la familia reunida!
Después de los saludos, todos se sentaron a la mesa para comer juntos. La abuela había preparado un festín delicioso: papas rellenas, sopa de quinua y humitas dulces. Mientras comían, el abuelo Jorge, con los ojos brillantes de emoción, empezó a contarles a sus nietos cómo era la vida en Cajamarca. Les explicó la cultura, las tradiciones y las costumbres de su tierra natal.
"Cajamarca es un lugar mágico", comenzó el abuelo Jorge. "Tenemos danzas hermosas como la danza de Cajabamba, llena de color y alegría. ¡Y los carnavales! Son una explosión de música, disfraces y risas. También está la danza de los Chunchos, con sus penachos de plumas y sus movimientos elegantes". Los nietos escuchaban con atención, fascinados por las historias del abuelo.
Luego, el abuelo les habló de la deliciosa comida de Cajamarca. "Nuestra comida es muy rica", dijo. "Tenemos el chicharrón con mote, crujiente y sabroso. El caldo verde, calentito y lleno de hierbas aromáticas. ¡Y el cuy frito con picante de papa! Es una delicia que no pueden perderse". Los nietos se relamían pensando en probar todas esas delicias.
Cuando el abuelo terminó de contarles sobre Cajamarca, los nietos exclamaron al unísono: "¡Abuelo, hay muchas cosas bonitas aquí!". El abuelo Jorge sonrió, sintiendo una inmensa alegría en su corazón. "Sí, mis queridos nietos, Cajamarca es un tesoro escondido", respondió. Los llevó a cenar a un restaurante local, donde probaron el famoso cuy frito. ¡Les encantó! Después de la cena, regresaron a casa y se fueron a dormir, soñando con las aventuras que les esperaban en Cajamarca.
Al día siguiente, fueron a un parque cercano. Mientras caminaban, los nietos vieron a una señora hablando en quechua. "¡Abuelo, mira! Esa señora habla otro idioma", exclamó uno de los nietos. El abuelo Jorge asintió con la cabeza. "Sí, nietos, eso es el quechua. Es el idioma que hablaban nuestros antepasados antes de que llegaran los españoles. No todos lo hablan ahora, pero es una parte importante de nuestra historia".
Los nietos, llenos de curiosidad, le preguntaron al abuelo: "¿Sabes hablar quechua, abuelo?". El abuelo sonrió. "Claro que sí", respondió. "¿Quieren que les diga algunas palabras en quechua?". Los nietos asintieron con entusiasmo. "¡Sí, abuelo, por favor!". El abuelo Jorge dijo: "Anchata kusikuni, ellukí", que significa "Estoy muy feliz de verte".
Luego, se acercaron a la señora que hablaba quechua y le preguntaron si sabía otros idiomas. La señora respondió que sí, que además del quechua, también hablaba awajum. "Voy a decirles algunas palabras en awajum", dijo la señora. "Dukú, nugka, jii, yumi", que significan "agua, yo, bien, gracias". Los nietos estaban fascinados por la diversidad de idiomas y culturas en Cajamarca.
Cuando llegó la noche, regresaron a casa cansados pero felices. Se echaron a dormir, soñando con las palabras en quechua y awajum que habían aprendido. Al día siguiente, lamentablemente, los nietos ya se tenían que ir. El abuelo Jorge se puso triste, pero sabía que tenían que regresar a sus hogares.
Igual, los fue a dejar al aeropuerto. Los abrazó con fuerza y les dio un beso en la frente a cada uno. Los nietos, con los ojos llenos de lágrimas, le dijeron: "Fue muy bonito, abuelo. Aprendimos cosas que no sabíamos. ¡Muchas gracias, abuelito! Te queremos mucho". El abuelo Jorge, con la voz temblorosa, les respondió: "Yo también los quiero mucho, mis queridos nietos. No olviden nunca sus raíces y la belleza de Cajamarca".
El abuelo, sintiendo una inmensa tristeza, vio como sus hijas y sus nietos se alejaban. Regresó a su casa con el corazón lleno de recuerdos. "Fue muy bonito tenerlos aquí", se dijo a sí mismo. Se echó en su cama y se durmió, soñando con el día en que volvería a ver a su amada familia. Y así, el abuelo Jorge, guardián de las tradiciones de Cajamarca, esperó pacientemente el regreso de sus nietos, sabiendo que siempre llevarían un pedacito de su tierra en sus corazones.
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