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Gratis · elegí una vozEn un pequeño pueblo de la costa de Costa Rica, donde las olas besan la arena negra y el aire huele a sal y a flores de itabo, vivía una niña llamada Luna. Luna tenía el pelo rizado como las olas del mar y unos ojos color café que brillaban con curiosidad. Luna adoraba escuchar las historias de su Abuela Tía, una mujer sabia y llena de arrugas que contaban historias del pasado, historias de la diversidad étnica de Costa Rica.
La Abuela Tía siempre decía: "Costa Rica es como un gran jardín donde florecen muchas flores diferentes. Cada flor es una cultura, una lengua, una tradición. Y todas juntas hacen que nuestro jardín sea el más hermoso del mundo." Luna no entendía del todo qué significaba eso, pero le gustaba la idea de ser una flor en un jardín gigante.
Un día, la Abuela Tía le dijo a Luna: "Tengo un tesoro escondido, Luna. Un tesoro que te revelaré cuando estés lista para entenderlo." Luna se emocionó mucho. ¿Un tesoro? ¿De oro? ¿De diamantes? La Abuela Tía solo sonrió misteriosamente y le guiñó un ojo.
Durante las siguientes semanas, Luna siguió a la Abuela Tía por todo el pueblo. La acompañó a la iglesia, donde escuchó las canciones en español y las oraciones. La acompañó al mercado, donde vio a personas de diferentes orígenes vendiendo frutas exóticas, artesanías coloridas y especias aromáticas. Escuchó a la gente hablar en diferentes idiomas, desde el inglés criollo limonense hasta las lenguas indígenas.
Un día, mientras caminaban por la playa, Luna vio a un grupo de niños jugando. Algunos eran afrodescendientes con trenzas adornadas con cuentas de colores. Otros eran indígenas con la piel morena y el pelo liso. Otros eran mestizos, como ella, con una mezcla de rasgos de diferentes orígenes. Todos jugaban juntos, riendo y gritando en una mezcla de español y otros idiomas.
"Abuela Tía," preguntó Luna, "¿por qué todos somos tan diferentes?"
La Abuela Tía se sentó en un tronco de árbol y le hizo una señal a Luna para que se sentara a su lado. "Luna," dijo, "somos diferentes porque venimos de diferentes lugares, de diferentes culturas. Algunos de nuestros antepasados vinieron de África, otros de Europa, otros son de aquí mismo, de Costa Rica. Pero todos somos parte de la misma familia, la familia costarricense."
"¿Y eso es la interculturalidad?", preguntó Luna.
"Exactamente," respondió la Abuela Tía. "La interculturalidad es cuando personas de diferentes culturas se respetan y aprenden unas de otras. Es cuando compartimos nuestras tradiciones, nuestras lenguas, nuestras costumbres. Es cuando celebramos nuestras diferencias y nos unimos en nuestra humanidad."
"¿Y el plurilingüismo?", insistió Luna.
"El plurilingüismo es la riqueza de tener muchas lenguas habladas en nuestro país," explicó la Abuela Tía. "Cada lengua es una ventana al mundo, una forma diferente de ver las cosas. Aprender diferentes lenguas nos ayuda a entender a otras personas y a apreciar sus culturas."
De repente, Luna entendió. El tesoro de la Abuela Tía no era oro ni diamantes. Era la riqueza de la diversidad étnica de Costa Rica, la belleza de la interculturalidad y el valor del plurilingüismo.
La Abuela Tía la llevó a su casa y abrió un viejo cofre de madera. Dentro no había joyas, sino fotos antiguas, instrumentos musicales de diferentes culturas, libros escritos en diferentes idiomas y objetos artesanales de todo el país.
"Este es mi tesoro, Luna," dijo la Abuela Tía. "Es la historia de nuestra gente, la historia de nuestra diversidad. Y ahora, este tesoro es tuyo."
Luna sonrió. Ahora entendía la importancia de la interculturalidad y el plurilingüismo. Prometió a su Abuela Tía que siempre celebraría la diversidad de Costa Rica y que compartiría su tesoro con todos los que conociera.
Desde ese día, Luna se convirtió en una embajadora de la interculturalidad en su pueblo. Aprendió a hablar inglés criollo limonense con sus amigos afrodescendientes y aprendió algunas palabras en bribri con sus amigos indígenas. Compartió sus propias tradiciones con los demás y aprendió a apreciar las tradiciones de los demás.
Y así, Luna, la niña de la costa de Costa Rica, descubrió que el verdadero tesoro no está en las cosas materiales, sino en la riqueza de la diversidad y la belleza de la interculturalidad.
El tesoro de la Abuela Tía no era un cofre lleno de oro, sino un cofre lleno de historias, culturas y lenguas. Y ese tesoro, la diversidad étnica de Costa Rica, es el verdadero tesoro de todos los costarricenses.
Cada noche, Luna dormía soñando con el jardín de flores de la Abuela Tía, un jardín donde cada flor, cada cultura, cada lengua, brillaba con su propia luz, creando un mosaico de colores y sonidos que hacían de Costa Rica un lugar único y especial.
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