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Gratis · elegí una vozSofía y Mateo eran dos hermanos que vivían pegados a sus tabletas. Pasaban horas deslizando el dedo por la pantalla, jugando videojuegos y viendo videos. Apenas salían al jardín y nunca hablaban con sus vecinos. Sus padres, preocupados, intentaban animarlos a hacer otras cosas, pero era inútil. Un día, su abuelo Emiliano, un hombre de bigote blanco y ojos brillantes, llegó de visita. Venía cargado de historias y una sonrisa que contagiaba alegría.
"¿Qué hacen mis campeones?", preguntó el abuelo Emiliano, acercándose a los niños, que ni siquiera levantaron la vista de sus pantallas.
"Jugando", respondió Sofía sin mucho entusiasmo.
El abuelo Emiliano suspiró suavemente. "En mis tiempos, jugar era algo muy diferente", dijo con un brillo nostálgico en los ojos.
Mateo, por fin, levantó la vista. "¿Diferente cómo, abuelo? ¿Tenían tabletas más lentas?"
El abuelo Emiliano soltó una carcajada. "¡Tabletas! No, Mateo, no teníamos tabletas. Jugábamos con la imaginación, con la calle, con nuestros amigos. Jugábamos a juegos que nos enseñaron nuestros abuelos, y a ellos, sus abuelos también".
Sofía, curiosa, preguntó: "¿Qué tipo de juegos?"
"¡Ah, muchos!", exclamó el abuelo. "Jugábamos a las canicas, al trompo, al resorte, al avioncito, a las escondidas, a la gallinita ciega…".
Los niños lo miraron con incredulidad. Les sonaba a cosas de otro mundo.
"¿Quieren que les enseñe?", propuso el abuelo Emiliano con una sonrisa pícara.
Sofía y Mateo se miraron entre ellos. No estaban muy convencidos, pero la curiosidad pudo más. Asintieron tímidamente.
El abuelo Emiliano aplaudió con entusiasmo. "¡Perfecto! Empezaremos con las canicas. ¿Saben cómo se juega?"
Los niños negaron con la cabeza.
El abuelo Emiliano sacó de su maleta una bolsa llena de canicas de colores. Les explicó las reglas del juego del círculo, donde cada uno apostaba una canica y trataba de sacarla del círculo con un tiro certero. Al principio, Sofía y Mateo eran torpes, pero poco a poco fueron mejorando. La emoción de acertar el tiro y ganar una canica era algo que no encontraban en sus videojuegos.
Después, el abuelo Emiliano les enseñó a jugar al trompo. Les mostró cómo enrollar el cordel alrededor del trompo y cómo lanzarlo para que girara y bailara en el suelo. Mateo era especialmente bueno y pronto logró hacer trucos sorprendentes. Sofía, aunque al principio le costó, no se rindió hasta lograr que el trompo girara sin caerse.
Al día siguiente, el abuelo Emiliano les presentó el resorte. Les explicó cómo saltar y hacer figuras con la liga. Al principio, se enredaban y tropezaban, pero con la práctica lograron saltar cada vez más alto y hacer combinaciones más complicadas. Las risas resonaban en el jardín mientras competían para ver quién era el mejor saltando el resorte.
Por la tarde, jugaron al avioncito. Dibujaron el diagrama en el suelo con una tiza y se turnaron para lanzar una piedra y saltar en un pie por los cuadros. El abuelo Emiliano les contó historias de cuando él jugaba al avioncito con sus amigos en la calle. Les habló de las risas, las caídas y la emoción de llegar al cielo, al último cuadro del avioncito.
Con cada juego, Sofía y Mateo se iban enganchando más. Descubrieron que jugar al aire libre, con sus manos y su cuerpo, era mucho más divertido que estar sentados frente a una pantalla. Además, descubrieron la alegría de compartir, de reírse juntos y de aprender de su abuelo.
Un día, mientras jugaban a las escondidas, Sofía le dijo a su abuelo: "Abuelo, estos juegos son geniales. ¿Por qué no los jugamos siempre?"
El abuelo Emiliano sonrió. "Porque a veces olvidamos lo que es importante. Nos dejamos llevar por las cosas nuevas y olvidamos las cosas que nos hacen felices de verdad".
Mateo asintió. "Tenías razón, abuelo. Jugar con las tabletas no es lo mismo. Aquí nos movemos, reímos y aprendemos cosas nuevas".
Desde ese día, Sofía y Mateo cambiaron sus tabletas por las canicas, el trompo y el resorte. Invitaron a sus vecinos a jugar y pronto el jardín se llenó de niños corriendo, saltando y riendo. El abuelo Emiliano, sentado en una silla, los observaba con una sonrisa en el rostro, sintiendo que había recuperado un tesoro perdido: la alegría de los juegos tradicionales mexicanos.
El tesoro escondido del abuelo Emiliano no eran las canicas ni el trompo, sino la sabiduría de saber que la verdadera diversión se encuentra en las cosas sencillas, en la compañía de los amigos y en la magia de la imaginación.
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