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Había una vez, en un rincón muy especial del mundo donde la tierra es de un color rojo brillante, un niño llamado Mateo. Mateo vivía en la provincia de Misiones, un lugar donde los árboles son tan altos que parecen tocar las nubes y donde los pájaros cantan melodías que parecen secretos. Su casa estaba rodeada de una selva espesa y verde, llena de mariposas de colores y sonidos misteriosos.
Una mañana, Mateo se despertó sintiéndose un poco flojito. No tenía ganas de correr tras las mariposas panambí ni de jugar a la pelota. Su pancita hacía ruidos extraños y sentía un calorcito molesto en la frente. Su abuela Rosa, que siempre llevaba el cabello blanco trenzado y olía a flores frescas, se acercó a su cama con una sonrisa llena de paz.
—No te preocupes, mi pequeño aventurero —dijo la abuela Rosa—. La selva es como una gran farmacia natural y hoy vamos a buscar un tesoro para que te sientas mejor. ¿Quieres acompañarme a recolectar medicinas mágicas?
Mateo, con mucha curiosidad, se puso sus botitas y tomó la mano de su abuela. Salieron al patio, donde la tierra colorada se sentía suave bajo sus pies. El sol apenas asomaba entre las hojas de los helechos gigantes.
—Mira aquí, Mateo —señaló la abuela hacia unas pequeñas flores amarillas que crecían bajitas, como si quisieran abrazar el suelo—. Esta es la Marcelita. Es una planta muy valiente que florece en Semana Santa. Huele su aroma, es dulce como la miel.

Mateo se agachó y aspiró el perfume. Era suave y relajante. La abuela Rosa le explicó que la Marcelita es la mejor amiga de la pancita cuando está cansada. Juntos, cortaron unas ramitas con mucho cuidado, pidiéndole permiso a la planta antes de hacerlo.
Siguieron caminando un poquito más hacia el monte, donde la sombra era más fresca. De repente, la abuela se detuvo frente a una planta que tenía tallos planos y verdes, sin hojas comunes.
—Esta es la Carqueja —dijo la abuela Rosa—. A veces la gente no la quiere porque es un poquito amarga, pero es una planta muy poderosa. Limpia nuestro cuerpo por dentro y nos da mucha fuerza. Es como un superhéroe que saca todo lo malo de la barriga.
Mateo tocó la Carqueja. Era áspera y firme. Aprendió que, al igual que en los cuentos, a veces las cosas que parecen más duras son las que más nos ayudan. La abuela guardó un trocito en su delantal de flores.
Mientras caminaban de regreso, pasaron cerca de una enredadera que subía por el tronco de un árbol de lapacho. Sus hojas eran grandes y tenían una forma de corazón muy bonita.

—¡Y aquí tenemos el Guaco! —exclamó la abuela con alegría—. Esta planta es la que cura los resfríos y la tos. Cuando el pecho se siente apretadito, el Guaco nos ayuda a respirar mejor, como si nos regalara un soplo de aire puro de la selva.
Mateo estaba asombrado. No sabía que las plantas que veía todos los días tenían tantos secretos. Para él, eran solo hojas verdes, pero ahora entendía que cada una tenía un don especial. La selva no era solo un lugar para jugar, era un lugar que cuidaba de ellos.
Al llegar a la cocina de la casa, la abuela Rosa puso a calentar agua en una pava de hierro. El vapor empezó a bailar en el aire. Con mucha paciencia, colocó las ramitas de Marcelita y un poquito de Carqueja en una taza de cerámica. El aroma inundó toda la habitación, volviéndola cálida y acogedora.
—Toma este tecito despacio, Mateo —le dijo entregándole la taza—. Siente cómo el calorcito de la tierra y la fuerza de las plantas entran en tu cuerpo.
Mateo bebió el té. Al principio sintió el sabor amargo de la Carqueja, pero luego el dulzor de la Marcelita lo envolvió. Poco a poco, el dolor de su pancita desapareció y el calor de su frente se calmó. Se sintió ligero como una pluma de tucán.
Esa tarde, Mateo se sentó en la galería a mirar el monte misionero. Ahora lo veía con ojos diferentes. Cada árbol, cada arbusto y cada pequeña hierba que crecía en la tierra colorada era parte de una gran familia que se cuidaba mutuamente. Comprendió que si nosotros cuidamos la selva, la selva siempre nos cuidará a nosotros.
Desde ese día, Mateo se convirtió en el ayudante oficial de la abuela Rosa. Aprendió los nombres de todas las plantas medicinales y siempre le contaba a sus amigos que en Misiones, el tesoro más grande no es de oro ni de plata, sino verde y crece en el jardín de la vida.
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