Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozHabía una vez, en la bulliciosa ciudad de Bogotá, dos jóvenes universitarios llamados Mateo y Santiago. Mateo, con sus gafas redondas y una sonrisa tímida, estudiaba ingeniería en la Universidad Nacional. Santiago, con su cabello alborotado y una risa contagiosa, estudiaba música en la Universidad Javeriana. Sus vidas, aunque transcurrían en la misma ciudad, eran como dos melodías diferentes, hasta que… ¡el TransMilenio los unió!
Era un lunes por la mañana, y el TransMilenio estaba, como siempre, repleto. Mateo, aferrado a una barra, intentaba concentrarse en su libro de cálculo, pero el ruido y el vaivén eran implacables. De repente, sintió que alguien lo empujaba accidentalmente. Al levantar la vista, se encontró con los ojos brillantes de Santiago.
"¡Ay, perdón! ¡Qué pena!" exclamó Santiago, sonrojándose un poco. Llevaba una funda de guitarra colgada al hombro, que parecía ser la culpable del empujón.
"No te preocupes, pasa todo el tiempo," respondió Mateo, sonriendo tímidamente. "Yo también he empujado a gente sin querer."
Santiago sonrió aliviado. "Soy Santiago, por cierto. Voy a la Javeriana, estudio música."
"Mateo. Estudio ingeniería en la Nacional," respondió Mateo, sorprendido de lo fácil que era hablar con Santiago. Generalmente, era bastante reservado.
El TransMilenio siguió su camino, sacudiéndose y frenando. Pero Mateo y Santiago, ajenos al caos circundante, comenzaron a charlar. Hablaron de sus estudios, de sus gustos musicales (descubriendo que ambos amaban el rock en español) y hasta de sus comidas favoritas (¡a ambos les encantaba el ajiaco!). El trayecto, que normalmente se le hacía eterno a Mateo, pasó volando.
Cuando llegó la parada de Santiago, se despidió con una sonrisa. "Fue un placer conocerte, Mateo. ¡Ojalá nos crucemos de nuevo!"
"Igualmente, Santiago," respondió Mateo, sintiendo una extraña sensación de vacío cuando Santiago bajó del TransMilenio. Se dio cuenta de que no le había pedido su número de teléfono. ¡Qué torpe!
Durante los siguientes días, Mateo no podía dejar de pensar en Santiago. Miraba a cada persona que subía al TransMilenio, esperando ver su cabello alborotado y su sonrisa contagiosa. Incluso empezó a llegar más temprano a la estación, con la esperanza de aumentar sus posibilidades de encontrarlo. Pero nada.
Mientras tanto, Santiago tampoco podía olvidar a Mateo. Recordaba sus gafas redondas, su sonrisa tímida y su pasión por el cálculo (algo que Santiago, para ser honesto, no entendía muy bien). Se sentía tonto por no haberle pedido su número. Pensó en buscarlo en redes sociales, pero solo sabía su nombre y la universidad donde estudiaba. ¡Bogotá era una ciudad enorme!
Un viernes por la tarde, Mateo, desanimado, volvía a casa en el TransMilenio. Había tenido un día particularmente difícil en la universidad y se sentía solo. De repente, escuchó una voz familiar que cantaba una canción en español con su guitarra. ¡Era Santiago!
Santiago estaba tocando para los pasajeros, ganándose unas cuantas monedas y algunas sonrisas. Al ver a Mateo, sus ojos se iluminaron. Dejó de tocar y se acercó a él.
"¡Mateo! ¡No puedo creerlo! ¡Te he estado buscando!" exclamó Santiago, radiante.
"¡Santiago! Yo también te he estado buscando," respondió Mateo, sintiendo que su corazón latía con fuerza.
Intercambiaron números de teléfono y se prometieron no perder el contacto. A partir de ese día, Mateo y Santiago empezaron a verse con regularidad. Iban a conciertos, estudiaban juntos (Santiago intentando entender el cálculo y Mateo disfrutando de la música de Santiago) y, por supuesto, viajaban juntos en el TransMilenio. Su amistad se fue convirtiendo en algo más profundo, en un sentimiento especial que hacía que cada día fuera una aventura.
Un día, mientras viajaban en el TransMilenio (¡dónde más!), Santiago le preguntó a Mateo si quería ser su novio. Mateo, con una sonrisa que iluminaba todo el vagón, dijo que sí. Y así, el TransMilenio, ese lugar a veces caótico y siempre lleno de gente, se convirtió en el escenario de una hermosa historia de amor, una historia que demostró que el amor puede encontrarse en los lugares más inesperados, incluso en un viaje en TransMi.
Y vivieron felices para siempre, viajando juntos en TransMilenio, cantando canciones y resolviendo ecuaciones, demostrando que el amor no tiene límites, ¡ni siquiera los del TransMilenio!
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