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Gratis · elegí una vozTomás era un niño curioso, con un gran mechón de pelo rebelde y unos zapatos que siempre parecían estar a punto de explorar el mundo por su cuenta. Vivía en un mundo… diferente. Un mundo donde los zombis, torpes y hambrientos de… bueno, de cosas que no queremos mencionar, vagaban por las calles. Pero Tomás no era un niño miedoso. Era un niño ingenioso.
Un día, mientras se escondía detrás de un montón de latas oxidadas (su escondite favorito, aunque olía un poco a calcetines viejos), escuchó un rumor. Un rumor sobre un tren. Un tren fantasma, decían, que partía cada noche desde la antigua estación. Un tren que iba a… ¡un lugar seguro! Un lugar sin zombis.
Tomás, con el corazón latiéndole como un tambor de samba, decidió que tenía que encontrar ese tren. Salió de su escondite, esquivando a un zombi que tropezó con un cubo de basura (¡pobre zombi!). Corrió hacia la estación, una estructura enorme y sombría que parecía sacada de una película de terror.
La estación estaba a oscuras, llena de telarañas y ecos. Tomás, armado con su linterna de bolsillo (que, a decir verdad, parpadeaba más de lo que iluminaba), comenzó a buscar el tren fantasma. Encontró carteles viejos, asientos rotos y… ¡un mapa! Un mapa polvoriento que mostraba la ruta del tren.
Siguiendo el mapa, llegó a un andén oculto. Allí, resplandeciente bajo la luz de la luna, estaba el tren. No era un tren fantasma en el sentido tradicional. Era un tren antiguo, sí, pero lleno de colores brillantes y con una locomotora que parecía tener una cara sonriente.
En la puerta del tren, lo esperaba la conductora. Una señora mayor con un gorro rojo ladeado y unos ojos brillantes. "¿Eres Tomás?", preguntó con una voz suave como el terciopelo. "Sube, niño. Tenemos un largo viaje por delante".
Tomás subió al tren. ¡Era increíble! Había vagones llenos de juguetes, libros y… ¡máquinas de palomitas de maíz! Otros niños estaban allí, jugando y riendo. Todos habían escapado de los zombis, como él.
Pero la aventura no había terminado. Los zombis, atraídos por el ruido del tren, comenzaron a perseguirlo. ¡El tren fantasma necesitaba escapar! La conductora accionó una palanca y el tren comenzó a moverse, cada vez más rápido.
Los zombis corrían detrás, torpes y lentos. Algunos incluso intentaron subirse al tren, pero la conductora era más lista que ellos. Usó un rociador gigante de… ¡purpurina! La purpurina cegó a los zombis, que comenzaron a estornudar y a tropezar entre ellos.
"¡Más purpurina!", gritó Tomás, riendo. Los niños del tren comenzaron a lanzar globos llenos de agua a los zombis, que se resbalaban y caían al suelo. ¡Era una batalla de risa contra zombis!
De repente, un grupo de zombis bloqueó las vías. ¡El tren no podía avanzar! Tomás tuvo una idea. Recordó que en el vagón de juguetes había una caja llena de silbatos. "¡Silbatos!", gritó. "¡Hagamos mucho ruido!".
Todos los niños comenzaron a soplar los silbatos. El ruido era ensordecedor. Los zombis, confundidos y aturdidos, se taparon los oídos y se apartaron de las vías. El tren pudo seguir su camino.
Después de una noche llena de aventuras, el tren llegó a su destino. Un valle verde y soleado, rodeado de montañas. No había ni un solo zombi a la vista. Los niños bajaron del tren, corriendo hacia el valle, libres y felices.
Tomás se despidió de la conductora, agradeciéndole por llevarlo a un lugar seguro. "Recuerda, Tomás", le dijo la conductora. "No importa lo oscuro que parezca el mundo, siempre hay esperanza. Y a veces, la esperanza viene en un tren lleno de purpurina y silbatos".
Tomás sonrió. Sabía que nunca olvidaría su aventura en el Tren Fantasma. Y sabía que, incluso en un mundo lleno de zombis, siempre había lugar para la diversión y la amistad. Y tal vez, solo tal vez, un poco de purpurina.
Desde entonces, Tomás ayudó a otros niños a encontrar el Tren Fantasma. Se convirtió en un héroe, no por luchar contra los zombis con espadas y escudos, sino por mostrarles que la risa y la amistad eran las mejores armas contra la oscuridad.
Y así, el Tren Fantasma siguió viajando, llevando esperanza y alegría a todos los niños que lo necesitaban. Un tren lleno de colores, purpurina y la promesa de un futuro mejor. Incluso en un apocalipsis zombi.
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