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Gratis · elegí una vozEl verano siempre olía a sal y a risas en Bahía Escondida. Para Leo y Sofía, el mar era su patio de juegos, su confidente, su universo entero. Desde que eran pequeños, construían castillos de arena que desafiaban las mareas, coleccionaban conchas iridiscentes y se sumergían en las olas como dos pequeños delfines. Eran inseparables, dos almas unidas por la arena y el agua.
"Este verano será diferente, Leo," dijo Sofía un día, sentados en las rocas, con las piernas colgando sobre el agua turquesa. El sol les doraba la piel y el viento les despeinaba el cabello.
Leo la miró con curiosidad. "¿Diferente por qué? ¿Vas a aprender a hacer surf?"
Sofía sonrió. "Algo así. Mi familia se muda a la ciudad al final del verano. Mi papá consiguió un nuevo trabajo."
El corazón de Leo se hundió como una piedra en el mar. "¿A la ciudad? ¿Tan lejos?"
Sofía asintió, con los ojos llenos de tristeza. "Sí, muy lejos. Pero prometo que volveré cada verano."
Leo no dijo nada. La idea de un verano sin Sofía era como un cielo sin estrellas, un mar sin olas, un helado sin sabor.
Los días siguientes, Leo y Sofía intentaron aprovechar al máximo cada minuto. Construyeron el castillo de arena más grande que jamás habían hecho, exploraron cuevas marinas secretas y nadaron hasta que sus dedos se arrugaron como pasas. Leo le enseñó a Sofía a pescar con una caña de bambú, y Sofía le mostró a Leo cómo encontrar las conchas más raras y hermosas.
Pero una sombra se cernía sobre su felicidad. El final del verano se acercaba inexorablemente, como una marea alta que lo cubría todo.
Un día, mientras nadaban en una cala apartada, una ola enorme los separó. Leo luchó contra la corriente, buscando a Sofía con desesperación. Finalmente, la vio a lo lejos, siendo arrastrada hacia el mar abierto.
"¡Sofía!" gritó Leo, nadando con todas sus fuerzas. Pero la distancia era demasiado grande, la corriente demasiado fuerte. Vio cómo Sofía se convertía en un punto diminuto en el horizonte, hasta que finalmente desapareció.
Leo regresó a la orilla, exhausto y desesperado. Buscó a Sofía por toda la playa, preguntando a los pescadores y a los turistas. Pero nadie la había visto. La ola se la había llevado.
Esa noche, Leo no pudo dormir. Se sentó en la playa, mirando el mar oscuro y furioso. El viento aullaba como un lamento, y las olas rompían con furia contra las rocas.
Al día siguiente, la familia de Sofía se mudó a la ciudad. Leo no fue a despedirse. No podía soportar la idea de verla partir, de saber que nunca más volverían a jugar juntos en la playa.
El verano terminó, y el otoño llegó con sus vientos fríos y sus cielos grises. Leo se sentía solo y perdido. El mar, que antes había sido su amigo, ahora era un recordatorio constante de su pérdida.
Los años pasaron. Leo creció, pero nunca olvidó a Sofía. Cada verano, regresaba a Bahía Escondida, esperando encontrarla, esperando que la ola la devolviera.
Un día, mientras caminaba por la playa, vio a una joven sentada en las rocas, con las piernas colgando sobre el agua turquesa. La joven tenía el cabello largo y castaño y los ojos azules como el mar.
Leo se acercó con cautela. "¿Sofía?" preguntó, con la voz temblorosa.
La joven lo miró con curiosidad. "¿Me conoces? Mi nombre es Ana."
Leo sintió que su corazón se rompía en mil pedazos. No era Sofía. Era solo otra chica, otra desconocida.
Leo suspiró y se dio la vuelta para marcharse. Pero entonces, la joven dijo algo que lo detuvo en seco.
"Mi madre solía contarme historias sobre un niño llamado Leo, con quien jugaba en la playa cuando era pequeña. Decía que eran inseparables, hasta que una ola se la llevó."
Leo se giró de nuevo, con los ojos llenos de esperanza. "¿Tu madre? ¿Cómo se llama tu madre?"
"Se llama Sofía," respondió la joven. "Pero perdió la memoria hace muchos años. No recuerda nada de su infancia."
Leo se acercó a Ana y le contó la historia de su amistad con Sofía, la historia del verano que lleva su nombre, la historia de la ola perdida. Ana escuchó con atención, con los ojos llenos de lágrimas.
Cuando Leo terminó de hablar, Ana le dijo: "Tal vez, si le contaras a mi madre esta historia, tal vez recuerde algo."
Leo acompañó a Ana a su casa y le contó la historia a Sofía. Sofía lo miró con curiosidad, sin reconocerlo. Pero mientras Leo hablaba, una chispa de reconocimiento brilló en sus ojos.
Al final de la historia, Sofía tomó la mano de Leo y le dijo: "Leo... creo que te recuerdo. Recuerdo el mar, las conchas, los castillos de arena... Recuerdo... el verano que lleva tu nombre."
Las lágrimas corrieron por las mejillas de Leo y Sofía. La ola perdida los había separado, pero el amor y la memoria los habían unido de nuevo. El verano que lleva su nombre había vuelto a florecer.
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