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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pequeño pueblo rodeado de colinas verdes, un niño llamado Valentín. Valentín era conocido por su energía inagotable y su espíritu aventurero. Le encantaba explorar los senderos del bosque y jugar a las escondidas entre los árboles. Pero, a veces, Valentín se concentraba tanto en sus propios juegos que olvidaba mirar a su alrededor y ver si alguien necesitaba ayuda.
Un día soleado, Valentín decidió hacer una caminata hasta el pueblo vecino para visitar a su abuela. El camino era largo y serpenteante, pero Valentín estaba lleno de entusiasmo. Mientras caminaba, vio a un hombre mayor sentado al borde del camino, con la cabeza gacha. Parecía estar muy afligido.
Valentín se detuvo un momento, dudando. Tengo que llegar a casa de la abuela, pensó. No tengo tiempo para detenerme. Pero algo en la expresión del hombre le hizo sentir un poco de pena. Rápidamente se recordó a sí mismo que debía llegar a tiempo para la merienda en casa de su abuela, que siempre preparaba las galletas de chocolate más deliciosas del mundo.
Siguió caminando, sintiéndose un poco culpable. Poco después, vio a una señora con un elegante vestido y un sombrero grande. Ella también vio al hombre sentado al borde del camino. La señora frunció el ceño y murmuró algo sobre la pereza. ¡Qué vergüenza! La gente no debería estar sentada sin hacer nada, dijo en voz alta, y siguió su camino sin ofrecer ayuda.
Más tarde, pasó un maestro del pueblo, un hombre sabio y respetado. Vio al hombre sentado al borde del camino y se detuvo. Le preguntó al hombre qué le pasaba. El hombre explicó que había sido asaltado y que le habían robado todo su dinero y provisiones. El maestro suspiró y dijo: ¡Qué terrible! Es una pena que haya gente tan mala en el mundo. Le dio al hombre una palmada en el hombro y le dijo que rezaría por él. Luego, siguió su camino.
Valentín, que había estado escondido detrás de un árbol, observando todo, se sintió muy mal. Se dio cuenta de que ninguno de los que habían pasado antes se había molestado en ayudar al hombre. Se sintió avergonzado de su propia indecisión inicial. Decidió que tenía que hacer algo.
Se acercó al hombre mayor y le preguntó suavemente: ¿Está usted bien, señor? ¿Puedo ayudarle en algo?.
El hombre levantó la vista, sorprendido. Sus ojos estaban llenos de tristeza. Me han robado todo, jovencito, dijo con voz temblorosa. No tengo dinero, ni comida, ni siquiera un lugar donde dormir.
Valentín pensó por un momento. No tenía mucho dinero, pero tenía algo de comida en su mochila: un sándwich de queso y una manzana. Tome, señor, dijo Valentín, ofreciéndole su comida. No es mucho, pero espero que le ayude.
El hombre aceptó la comida con gratitud. Muchas gracias, jovencito, dijo. Es usted muy amable.
Valentín no se detuvo ahí. Espere aquí, señor, dijo. Voy a buscar ayuda.
Valentín corrió de regreso al pueblo vecino y fue directamente a la casa de su abuela. Le contó a su abuela lo que había pasado. Su abuela, una mujer de gran corazón, escuchó atentamente y asintió con la cabeza. Hiciste lo correcto, Valentín, dijo. Siempre debemos ayudar a los que lo necesitan.
La abuela de Valentín preparó una cesta llena de comida, ropa y una manta. También le dio a Valentín algo de dinero para ayudar al hombre. Juntos, Valentín y su abuela regresaron al lugar donde estaba el hombre. Le dieron la cesta y el dinero. El hombre estaba tan agradecido que no pudo contener las lágrimas.
No sé cómo agradecerles, dijo el hombre. Son ustedes muy amables.
Valentín sonrió. Se sentía feliz de haber ayudado al hombre. Había aprendido una valiosa lección ese día: que ayudar a los demás es lo más importante. Desde ese día, Valentín siempre se esforzó por ser amable y servicial con los demás. Se convirtió en un verdadero buen samaritano, no solo por ayudar al hombre herido, sino por comprender que la verdadera bondad reside en la acción desinteresada y la compasión por los demás. Y, aunque llegó tarde a la merienda de su abuela, las galletas de chocolate nunca supieron tan bien.
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