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Tito era un niño curioso, ¡muy curioso! Siempre estaba explorando el ático de su abuela, lleno de cajas polvorientas y objetos misteriosos. Un día, encontró un espejo redondo, adornado con caramelos de goma pegados con pegamento seco. Al tocarlo, ¡Puf! Una luz brillante lo envolvió y, antes de que pudiera decir "galletas", Tito se encontró en un lugar completamente diferente.
Todo era… ¡blando! Las casas parecían hechas de malvaviscos gigantes, los árboles tenían hojas de chocolate y el suelo se sentía como caminar sobre un colchón de algodón de azúcar. Un hombre enorme, con una barriga redonda como un globo y mejillas como manzanas rojas, se acercó a Tito con una sonrisa. "¡Bienvenido a Gordilandia!", exclamó con una voz retumbante que hacía vibrar el suelo. "Soy el Alcalde Gordito. ¿Eres un nuevo residente?"
Tito, aún aturdido, asintió tímidamente. "Soy Tito, y… no sé cómo llegué aquí."
El Alcalde Gordito se rió. "¡No te preocupes, pequeño! Aquí todos son bienvenidos. En Gordilandia, amamos la comida, la diversión y… ¡ser gorditos!"
Durante los siguientes días, Tito exploró Gordilandia. Conoció a niños con nombres como Rosquilla, Pastelito y Bombón. Jugaban a lanzarse bolas de helado, se deslizaban por toboganes de crema batida y construían castillos de galletas. La comida era abundante y deliciosa: ríos de chocolate caliente, montañas de pastel y nubes de merengue. Tito comió más de lo que jamás había comido en su vida. Al principio, le encantó. ¡Era el paraíso de los dulces!
Pero después de un tiempo, Tito empezó a sentirse extraño. Se sentía pesado, cansado y sin energía. Ya no quería correr ni jugar. Sus amigos de Gordilandia parecían no notarlo, demasiado ocupados comiendo y divirtiéndose. Un día, mientras intentaba subir una pequeña colina de pudín, se dio cuenta de que le costaba mucho trabajo. Se sentó, jadeando, y observó a los niños de Gordilandia. Todos parecían felices, pero también… limitados. No podían correr rápido, saltar alto ni hacer muchas de las cosas que a Tito le gustaba hacer en casa.
"Quiero irme a casa", murmuró Tito.
Justo en ese momento, una niña llamada Granola, que era un poco diferente a los demás, se acercó a Tito. Granola siempre estaba haciendo ejercicio, corriendo por los campos de gelatina y levantando pesas hechas de rocas de caramelo. "Escuché lo que dijiste", dijo Granola. "Sé cómo puedes volver a casa."
Granola le explicó que el espejo de los caramelos de goma era un portal mágico, pero solo se activaba con un deseo sincero y una acción valiente. "Debes desear con todo tu corazón volver a casa y encontrar el equilibrio", dijo Granola. "Y debes hacer algo que te recuerde la importancia de cuidarte."
Tito pensó por un momento. Se dio cuenta de que extrañaba correr, saltar y jugar al fútbol con sus amigos. También extrañaba las frutas y verduras que su mamá preparaba. Entonces, tuvo una idea. Reunió a todos los niños de Gordilandia y les propuso un juego: una carrera alrededor de la montaña de pastel.
Al principio, los niños se mostraron reacios. Correr era difícil cuando estaban tan llenos. Pero Tito los animó, explicando que correr no era solo para perder peso, sino también para divertirse y sentirse bien. Granola se unió a la iniciativa, mostrando ejercicios de calentamiento y estiramientos divertidos. Poco a poco, los niños se animaron y comenzaron a correr. Tito corrió con ellos, sintiéndose ligero y feliz. Aunque no era el más rápido, los animaba y los hacía reír. Al final de la carrera, todos estaban cansados pero sonrientes. Incluso el Alcalde Gordito se unió a la caminata final.
Después de la carrera, Tito sintió una energía renovada. Se acercó al espejo de los caramelos de goma, que Granola había encontrado y limpiado. Cerró los ojos y deseó con todo su corazón volver a casa, deseando encontrar el equilibrio entre disfrutar de la comida y mantenerse activo. Al abrir los ojos, se encontró de nuevo en el ático de su abuela. El espejo seguía ahí, pero ya no brillaba.
Tito corrió a abrazar a su abuela. Le contó su aventura en Gordilandia y lo mucho que había aprendido. A partir de ese día, Tito siguió disfrutando de los dulces y las golosinas, pero también se aseguró de comer frutas y verduras, hacer ejercicio y mantenerse activo. Había aprendido que la clave era el equilibrio, y que ser feliz significaba cuidar tanto su cuerpo como su mente. Y aunque nunca volvió a Gordilandia, siempre recordaría su viaje gordinflón y la valiosa lección que aprendió allí.
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