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Gratis · elegí una vozPipí era un gusanito muy curioso. Vivía en una jugosa manzana roja, rodeado de sus hermanos y hermanas, pero él soñaba con ver el mundo más allá de la cáscara brillante. Un día, mientras exploraba un nuevo túnel dentro de la manzana, sintió una vibración extraña. De repente, ¡*salto*! La manzana, que había estado plácidamente sobre una mesa, fue repentinamente movida. Pipí, asustado, perdió el equilibrio.
*Caída*. Sintió el vacío bajo su pequeño cuerpo. ¡Estaba cayendo! La manzana rodó y rodó, y Pipí salió despedido al aire. Cerró los ojos con fuerza, esperando lo peor.
*Impacto*. Aterrizó sobre algo suave y esponjoso. Abrió los ojos lentamente. No era la dura madera de la mesa, ¡era… hierba! Estaba en el jardín. Nunca había visto tantas cosas verdes y brillantes.
Pero el susto le había hecho perder el sentido de la orientación. *Perdido*. Estaba solo. No veía a su familia, no veía la manzana. Todo era enorme y desconocido. Un viento frío sopló y Pipí sintió un escalofrío. Estaba *desprovisto* de todo: de comida, de hogar, de familia, de la seguridad de su manzana. Se sintió muy, muy pequeño y asustado.
Empezó a arrastrarse, intentando encontrar algo familiar. El sol brillaba intensamente y la hierba picaba su delicada piel. Vio una enorme bota que se acercaba y se escondió rápidamente bajo una hoja. ¡Uf, eso estuvo cerca!
Siguió arrastrándose durante lo que le pareció una eternidad. El hambre empezaba a apretar. De repente, olió algo dulce y jugoso. Siguió el olor hasta llegar a una fresa caída. ¡Aleluya! Con entusiasmo, comenzó a devorar la deliciosa fruta.
Mientras comía, escuchó un pequeño llanto. Provenía de debajo de una hoja cercana. Pipí, curioso, se arrastró hacia el sonido. Vio una pequeña mariquita, atrapada de espaldas, moviendo desesperadamente sus patitas en el aire.
“¿Necesitas ayuda?”, preguntó Pipí, aunque sabía que su voz era muy bajita.
La mariquita, sorprendida de ver un gusanito, respondió: “¡Sí, por favor! No puedo darme la vuelta”.
Pipí, a pesar de ser pequeño, era fuerte. Se colocó debajo de la mariquita y empezó a empujar con todas sus fuerzas. Con un último esfuerzo, ¡la mariquita se dio la vuelta!
“¡Muchas gracias!”, exclamó la mariquita. “Me llamo Lila. ¿Cómo te llamas?”.
“Me llamo Pipí”, respondió el gusanito, sonriendo por primera vez desde su caída.
Lila y Pipí se hicieron amigos rápidamente. Lila le contó a Pipí sobre el jardín, sobre las flores que cambiaban de color con el sol, sobre los abejorros que zumbaban de flor en flor, y sobre el estanque donde vivían las ranas. Pipí le contó a Lila sobre su vida en la manzana, sobre sus hermanos y hermanas, y sobre lo mucho que echaba de menos su hogar.
Juntos, exploraron el jardín. Pipí aprendió a encontrar comida nueva, como las hojas tiernas de las lechugas y el néctar dulce de las flores. Lila le enseñó a protegerse de los pájaros, escondiéndose bajo las hojas y entre las piedras.
Un día, mientras paseaban cerca de la mesa donde había caído la manzana, vieron algo familiar. ¡Era otra manzana! Esta era más pequeña, pero olía igual de deliciosa. Lila y Pipí se acercaron con cautela.
De repente, escucharon una vocecita: “¡Pipí! ¡Pipí, ¿eres tú?”.
Pipí miró hacia arriba y vio a su hermana, Lila, en la rama de un árbol que colgaba sobre la manzana. “¡Lila! ¡Soy yo!”, gritó Pipí, lleno de alegría.
Lila bajó rápidamente por la rama y abrazó a Pipí. Le contó cómo lo habían estado buscando por todas partes y cómo habían estado muy preocupados.
Pipí presentó a Lila, la mariquita, a su hermana. Lila (la gusanita) invitó a Lila (la mariquita) a subir a la manzana para conocer a su familia. Todos fueron muy amables y acogedores.
Pipí decidió que, aunque le encantaba su familia y su hogar en la manzana, también quería seguir siendo amigo de Lila, la mariquita. Así que, todos los días, Pipí salía de la manzana y se reunía con Lila en el jardín. Juntos, seguían explorando y descubriendo nuevas aventuras, siempre recordando el día en que una caída inesperada los unió para siempre.
Y Pipí, el gusanito que una vez se sintió perdido y desprovisto, aprendió que incluso las caídas más inesperadas pueden llevarnos a encontrar nuevos amigos y a descubrir la belleza del mundo que nos rodea.
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