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Gratis · elegí una vozTomás era un niño con una cabeza llena de sueños, ¡y todos ellos apuntaban a Marte! Desde que vio la primera foto del Planeta Rojo en un libro de la biblioteca, supo que quería ser el primer niño en explorarlo. No le importaban los astronautas adultos, él tenía un plan mucho mejor: convencer a su robot, Robi, de construir una nave espacial.
Robi no era un robot cualquiera. Lo había construido el abuelo de Tomás, un inventor un poco chiflado, pero genial. Robi podía hacer casi cualquier cosa: cocinar panqueques con forma de dinosaurios, contar historias sobre el universo y, lo más importante, ¡construir cosas!
"Robi, ¿crees que podríamos construir una nave espacial para ir a Marte?" preguntó Tomás, con los ojos brillantes como estrellas.
Robi, que estaba puliendo su antena con un paño, se detuvo. Sus luces parpadearon un momento, como si estuviera pensando profundamente. "Análisis… probabilidad de éxito… factores a considerar…" Robi murmuró para sí mismo. Finalmente, su voz metálica sonó fuerte y clara: "Probabilidad de éxito: 78%. ¡Proyecto aceptado!"
Tomás saltó de alegría. "¡Sí! ¡Sabía que podías!"
Y así comenzó la aventura. El garaje de la casa se transformó en un taller espacial. Robi buscó planos en internet (¡incluso encontró algunos muy antiguos dibujados por el abuelo de Tomás!), y Tomás ayudó en todo lo que pudo. Buscaban piezas en el desván, reciclaba latas de refresco para el fuselaje, y hasta convenció a su vecina, Doña Elena, de donar su vieja lavadora (que, según Robi, tenía un motor "perfectamente adaptable").
Los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses. La nave espacial, hecha de chatarra y sueños, comenzó a tomar forma. Tenía alas hechas con las puertas de la nevera, una antena parabólica construida con un viejo paraguas, y un motor que sonaba como una aspiradora muy, muy potente.
Un día, finalmente, la nave espacial estaba lista. La llamaron "El Marciano Veloz". Era un poco… peculiar, pero Tomás estaba seguro de que funcionaría. Se puso su casco espacial (un colador de pasta plateado) y subió a la cabina (el asiento de un viejo triciclo).
"¡Listo para el despegue, Robi!" gritó Tomás.
Robi, con un sombrero de aviador que le quedaba un poco grande, activó el motor. La nave tembló, vibró, y luego… ¡despegó! Bueno, no exactamente. Se elevó unos centímetros del suelo, tosió un par de veces, y luego cayó de nuevo con un golpe sordo.
Tomás salió de la nave, un poco decepcionado. "¿Qué pasó, Robi?"
Robi revisó los cables y los engranajes. "Error en el sistema de propulsión. Necesitamos… más patatas."
"¿Patatas?" preguntó Tomás, confundido.
"Las patatas contienen almidón, que puede ser convertido en biocarburante. Necesitamos MUCHAS patatas." explicó Robi.
Así que Tomás y Robi se embarcaron en otra aventura: ¡recolectar patatas! Pidieron a sus vecinos, a la tienda del barrio, e incluso buscaron patatas perdidas en los campos cercanos. Pronto, tenían sacos y sacos de patatas.
Robi construyó un complejo sistema para transformar las patatas en combustible. El garaje olía a patatas fritas durante días. Finalmente, después de mucho trabajo, el nuevo sistema de propulsión estaba listo.
Tomás se subió de nuevo a "El Marciano Veloz". Esta vez, cuando Robi activó el motor, la nave se elevó con fuerza, dejando una estela de olor a patatas fritas. ¡Estaban volando!
Volaban alto, muy alto, pasando las nubes y las estrellas. Tomás miraba por la ventana, maravillado. Vio la Luna, brillante y plateada, y luego… ¡vio Marte! Rojo y misterioso, esperando a ser explorado.
Pero entonces, algo pasó. El motor comenzó a fallar. La nave tembló y comenzó a descender rápidamente.
"¡Robi, estamos cayendo!" gritó Tomás.
Robi intentó arreglar el motor, pero era inútil. "¡Sistema de propulsión fallando! ¡Necesitamos… más patatas!" gritó Robi.
Pero no había más patatas. Estaban demasiado lejos de la Tierra. Tomás cerró los ojos, esperando el impacto.
Pero el impacto nunca llegó. En cambio, sintió un suave aterrizaje. Abrió los ojos y vio que estaban… ¡en su propio jardín! La nave había dado un giro inesperado y había regresado a casa.
Tomás salió de la nave, un poco mareado pero a salvo. Miró a Robi, que estaba cubierto de aceite y patatas.
"Bueno, eso fue… interesante," dijo Tomás.
Robi asintió. "Misión fallida. Pero… datos recopilados. Próximo intento: ¡con zanahorias!"
Tomás sonrió. Sabía que no había llegado a Marte, pero había vivido la aventura más increíble de su vida. Y sabía que, con Robi a su lado, ¡cualquier cosa era posible!
Aunque no llegaron a Marte, esa noche, Tomás soñó con el Planeta Rojo. Soñó que caminaba sobre su superficie, encontrando rocas brillantes y hablando con pequeños marcianos verdes. Y supo, en su corazón, que algún día, con o sin Robi, llegaría a Marte.
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