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Gratis · elegí una vozAmina vivía en un Irán lleno de colores y aromas. Su casa, con su jardín lleno de jazmines, siempre olía a canela y a las historias que contaba su abuela bajo la sombra del árbol de granada. Pero un día, el viento empezó a soplar de manera diferente. La gente se reunía en las calles, gritando palabras que Amina no entendía del todo, pero que sentía cargadas de emoción y a veces, de enojo. El Sha, como le llamaban al rey, ya no estaba. Un nuevo régimen, la Revolución Islámica, había llegado, trayendo consigo nuevas reglas y una forma diferente de ver el mundo.
Amina, con sus grandes ojos curiosos, veía cómo las sonrisas de algunos vecinos se desvanecían, mientras que otros parecían llenos de esperanza. En la escuela, las maestras hablaban de la importancia de la fe y del respeto a las nuevas autoridades. Todo era diferente. Incluso los juegos en el parque habían cambiado.
Un día, jugando con sus amigos, Ali y Fátima, Amina propuso un nuevo juego. "¡Vamos a ser la ley!", exclamó. "Nosotros decidiremos quién es bueno y quién es malo". Ali, siempre el más entusiasta, asintió de inmediato. Fátima, un poco más callada, frunció el ceño, pero al final aceptó.
Así, Amina y sus amigos se convirtieron en pequeños jueces. Señalaban a otros niños que, según ellos, no seguían las nuevas reglas. A veces, los acusaban de reírse demasiado fuerte, de no cubrirse bien el cabello, o simplemente de no ser lo suficientemente "revolucionarios". Perseguían a estos niños por el parque, gritándoles y haciéndolos sentir avergonzados.
Un día, le tocó el turno a Hassan, un niño nuevo en el barrio. Hassan era tímido y callado, y a menudo se sentaba solo en una banca, dibujando en su cuaderno. Amina y sus amigos lo acusaron de ser un espía del Sha, simplemente porque Hassan no se unía a sus juegos. Lo persiguieron hasta su casa, gritándole insultos. Hassan, con lágrimas en los ojos, se escondió detrás de su madre.
Amina llegó a casa con el pecho henchido de orgullo. Se sentía importante, poderosa. Pero esa noche, no pudo dormir. La imagen de Hassan llorando la perseguía. Se sentía un nudo en el estómago que no podía explicar.
Al día siguiente, su padre, un hombre sabio y bondadoso, notó su tristeza. "¿Qué te pasa, Amina?", le preguntó.
Amina, con la voz temblorosa, le contó sobre el juego de ser la ley y cómo habían tratado a Hassan. Su padre la escuchó con atención, sin interrumpirla.
Cuando terminó, su padre la abrazó. "Amina", le dijo suavemente, "la justicia no se trata de perseguir a los demás. Se trata de comprender, de ser amable y de defender a los que son más débiles. La verdadera justicia es ciega y escucha a todos por igual, sin importar su apariencia o sus creencias".
Su madre, que estaba escuchando, añadió: "Recuerda, Amina, que todos somos iguales a los ojos de Dios. Debemos tratar a los demás con respeto y compasión, incluso a aquellos que no están de acuerdo con nosotros".
Las palabras de sus padres calaron hondo en Amina. Se dio cuenta de lo equivocada que había estado. Había confundido el poder con la justicia, y en su afán por ser "revolucionaria", había lastimado a un niño inocente.
Al día siguiente, Amina buscó a Hassan en el parque. Lo encontró sentado en la misma banca, dibujando. Se acercó a él con timidez y le dijo: "Hassan, lo siento mucho por lo que te hicimos ayer. Estábamos equivocados. No eres un espía, y no merecías que te tratáramos así".
Hassan la miró con sorpresa. Sus ojos aún estaban rojos por el llanto, pero en su rostro se dibujó una pequeña sonrisa. "Gracias, Amina", dijo. "Yo también lo siento si hice algo mal".
Amina y Hassan se sentaron juntos en la banca y empezaron a dibujar. Ali y Fátima se acercaron poco después, avergonzados por su comportamiento. Juntos, decidieron cambiar el juego. Ya no serían la ley, sino los defensores de la justicia. Ayudarían a los demás, protegerían a los débiles y tratarían a todos con respeto.
El viento de cambios seguía soplando en Irán, pero Amina ya no tenía miedo. Había aprendido una valiosa lección sobre la justicia y el respeto, y sabía que, incluso en tiempos difíciles, la bondad y la compasión podían iluminar el camino. A partir de ese día, Amina y sus amigos jugaban a volar cometas, cada una representando la libertad, la justicia y la esperanza de un futuro mejor para todos. Sus padres, observándolos desde la distancia, sonreían con orgullo, sabiendo que habían sembrado en el corazón de su hija la semilla de la verdadera justicia.
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