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Había una vez, en un rincón del mundo donde las nubes parecen de algodón de azúcar y los ríos cantan melodías antiguas, dos reinos que se miraban desde la distancia. Uno era el Reino de Rosaura, un lugar donde las flores siempre estaban en su punto más vibrante y donde vivía la princesa Elle. Elle era una joven de cabellos dorados como el trigo al sol, que siempre vestía un pomposo vestido de seda rosa que parecía flotar a su alrededor mientras caminaba por los jardines de su palacio.
Al otro lado de las Montañas de Cristal, se encontraba el Reino de Alabastro, famoso por sus mármoles blancos y sus cielos estrellados. Allí vivía la princesa Gee. A diferencia de lo que muchos esperaban de una princesa, Gee prefería la comodidad y la elegancia de un traje blanco impecable, con bordados de plata que brillaban como la luna. Su cabello marrón, corto y siempre un poco despeinado por el viento, le daba un aire de aventurera constante.
Durante años, ambos reinos habían vivido en paz, pero sus habitantes rara vez se cruzaban debido a la enorme distancia. Sin embargo, una vez cada década, se celebraba el Gran Festival de la Unión en un valle neutral. Fue allí, bajo el resplandor de miles de farolillos de colores, donde Elle y Gee se conocieron. Mientras la música de los violines llenaba el aire, sus miradas se cruzaron cerca de la fuente de los deseos. Gee, cautivada por la risa de Elle, se acercó con una reverencia y le pidió un baile. Esa noche, el mundo exterior desapareció. Bailaron entre pétalos de jazmín, compartiendo secretos y sueños, dándose cuenta de que, a pesar de venir de mundos diferentes, sus corazones latían al mismo ritmo.
Pero el festival terminó, y con él, la cercanía física. Cuando Gee regresó a Alabastro, sintió un vacío inmenso en su pecho. El palacio de mármol le parecía frío sin la calidez de la sonrisa de Elle. Decidida a no perder ese vínculo, Gee tomó una pluma de ganso y una hoja de pergamino perfumado. Escribió sobre cómo extrañaba sus conversaciones y cómo el color rosa ahora era su favorito. Envió la carta con un halcón mensajero de alas plateadas.

Cuando Elle recibió la carta en Rosaura, su corazón dio un vuelco de alegría. Pronto, las cartas empezaron a cruzar las Montañas de Cristal casi a diario. Hablaban de sus libros favoritos, de sus miedos y de cómo deseaban volver a verse. Sus palabras se convirtieron en el puente que unía sus almas, y aunque estaban lejos, se sentían más cerca que nunca.
Sin embargo, la paz no duró para siempre. De las profundas grietas de la tierra, empezaron a surgir dragones. No eran los dragones sabios de las leyendas, sino bestias de sombras y fuego que atacaban las rutas comerciales y quemaban los campos de ambos reinos. El cielo, antes claro, se llenó de humo negro. Los halcones mensajeros ya no podían volar con seguridad. El peligro era tal que los reyes ordenaron cerrar las fronteras y apagar todas las luces nocturnas para no atraer a las criaturas.
—Es demasiado peligroso —le dijo el mensajero a Gee—. Los dragones interceptan cualquier cosa que se mueva por el cielo.
Gee y Elle, con el corazón roto, decidieron que debían dejar de enviarse cartas con frecuencia. Solo en días muy puntuales, cuando la niebla era lo suficientemente espesa para ocultar a los mensajeros, lograban intercambiar unas pocas palabras de aliento. 'Ten paciencia', decía Elle. 'Te encontraré', prometía Gee.

Pasaron los meses, y la tristeza se convirtió en determinación. Gee se dio cuenta de que no podían vivir escondidas para siempre. Si los dragones eran el obstáculo para su amor, entonces debían enfrentarlos. Sin avisar a sus ejércitos, Gee se puso su mejor traje blanco, ajustó su capa y cabalgó hacia el Valle de los Encuentros. Al mismo tiempo, Elle, cansada de esperar tras los muros de su castillo, tomó un antiguo escudo de oro de la armería y decidió que su vestido rosa no le impediría ser valiente.
Se encontraron en el centro del valle, justo cuando tres enormes dragones descendían de las nubes. Al verse, no hubo miedo, solo una fuerza renovada. Elle usó su escudo para reflejar la luz del sol directamente a los ojos de las bestias, cegándolas momentáneamente, mientras Gee, con una astucia increíble, utilizó cuerdas de seda para enredar sus alas y obligarlos a aterrizar. No buscaban lastimar a las criaturas, sino demostrarles que el miedo ya no gobernaba a los humanos.
Al ver la valentía de las dos princesas, los dragones, que resultaron ser criaturas territoriales pero no malvadas, comprendieron que no podían vencer a una unión tan poderosa. Poco a poco, las bestias se retiraron hacia las cuevas más profundas, dejando el cielo libre una vez más.
Elle y Gee se abrazaron en medio del valle, bajo un sol que volvía a brillar con fuerza. No regresaron a sus reinos por separado. En lugar de eso, decidieron crear un nuevo hogar en la frontera, un lugar donde el rosa y el blanco se mezclaban en armonía. Aunque a veces algún dragón rebelde aparecía en el horizonte, ya no les temían. Cada vez que una sombra cruzaba el sol, Elle y Gee tomaban sus herramientas, se miraban con amor y salían juntas a proteger su historia. Porque habían aprendido que el amor no es solo esperar a que pase la tormenta, sino aprender a luchar juntas bajo la lluvia y el fuego.
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