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Había una vez un niño llamado Lucas, cuya habitación era un universo lleno de nubes de papel y maquetas de aviones que colgaban del techo. Lucas no era un niño común; mientras otros soñaban con ser futbolistas o astronautas, él soñaba con entender el tiempo. Un martes por la tarde, mientras exploraba el desván de su abuelo, Lucas encontró algo extraordinario: un viejo avión de latón, del tamaño de una caja de zapatos, que brillaba con una luz dorada y sobrenatural. Al tocarlo, el avión comenzó a crecer y crecer hasta ocupar todo el espacio del ático. Sus alas eran de un color plata brillante y el motor emitía un ronroneo suave, como el de un gato feliz.
Sin pensarlo dos veces, Lucas se puso su casco de cuero y sus gafas de aviador. Subió a la cabina y notó que en el panel de control no había botones de altitud o velocidad, sino fechas. Con manos temblorosas, marcó una fecha de hace muchos años, mucho antes de que él naciera. '¡Despegue!', gritó Lucas. El avión no rodó por una pista, sino que se elevó directamente a través del techo, que se volvió transparente como el agua. De repente, el cielo se llenó de colores que Lucas nunca había visto: púrpuras profundos, naranjas eléctricos y un rastro de chispas doradas que el avión dejaba a su paso. Estaba navegando por el río del tiempo.

Tras un viaje que pareció durar un suspiro y una eternidad a la vez, el avión descendió suavemente sobre un parque lleno de árboles altos y frondosos. Lucas reconoció el lugar; era el parque central de su ciudad, pero algo era distinto. Los coches que pasaban por la calle tenían formas redondeadas y colores pastel, y la gente vestía ropas que solo había visto en las fotos viejas de su abuela. Lucas bajó del avión, que volvió a encogerse hasta caber en su bolsillo, y comenzó a caminar. Su corazón latía con fuerza. Tenía una misión muy importante: encontrar a dos personas especiales.
Cerca de una fuente de agua donde los pájaros se bañaban alegremente, Lucas vio a una pareja joven sentada en un banco de madera. El hombre tenía el mismo cabello revuelto que Lucas y la mujer tenía una sonrisa que iluminaba todo el parque. Eran ellos: sus padres, mucho antes de ser padres. Se veían felices, pero también un poco pensativos, como si estuvieran soñando con el futuro. Lucas se acercó lentamente, sintiendo una calidez inmensa en su pecho. 'Hola', dijo con voz clara. La pareja se giró, sorprendida de ver a un niño con traje de aviador en medio del parque.

'¿Te has perdido, pequeño explorador?', preguntó la joven con dulzura. Lucas negó con la cabeza y se sentó junto a ellos. 'No, he venido de muy lejos para darles un mensaje', explicó. Les contó, sin decirles quién era realmente, que el futuro que les esperaba era maravilloso. Les habló de una casa llena de risas, de cenas donde se contaban historias increíbles y de un amor que crecería cada día más. Les dijo que tendrían un hijo que los querría más que a nada en el mundo y que cada desafío que enfrentaran valdría la pena. Sus padres se miraron entre sí, con los ojos brillantes de emoción. No entendían cómo ese niño sabía tanto, pero sus palabras les dieron una paz infinita.
Antes de irse, Lucas les entregó una pequeña flor de cristal que había traído de su propio tiempo. 'Guarden esto como un recordatorio de que siempre seremos felices', susurró. La joven pareja lo abrazó, un abrazo que Lucas sintió como un refugio seguro. Sabía que no podía quedarse más tiempo, pues el río del tiempo comenzaba a llamar. Caminó de regreso hacia un rincón oculto tras unos arbustos, sacó su avión de latón y, en un destello de luz, volvió a surcar los cielos de colores. Mientras ascendía, vio a sus padres desde lo alto, caminando de la mano por el parque, más radiantes que nunca.
Cuando Lucas aterrizó de nuevo en el desván, el sol se estaba poniendo, tiñendo las paredes de un suave color miel. El avión volvió a ser un pequeño juguete inanimado sobre el suelo de madera. Lucas bajó a la cocina, donde sus padres estaban preparando la cena. Al verlo entrar, su madre lo recibió con un beso y su padre le revolvió el cabello. En la estantería del salón, Lucas notó algo que no estaba allí antes: una pequeña flor de cristal, antigua y hermosa, que brillaba bajo la luz de la lámpara. Sus padres le sonrieron, y aunque no recordaban el encuentro en el parque, el amor que Lucas les había llevado desde el futuro vivía en sus corazones para siempre.
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