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Gratis · elegí una vozValentina vivía en un pueblo donde las casas parecían cajas grises apiladas una encima de otra. Desde su ventana, veía cómo los días se repetían como discos rayados: el autobús escolar amarillo, el señor del periódico tosiendo, el perro del vecino persiguiendo su cola. Valentina sentía que ella también estaba atrapada en una caja gris, una caja que era su propia vida.
Cada tarde, después de la escuela, Valentina se sentaba en el alféizar de la ventana, suspirando. Soñaba con lugares lejanos, con ciudades llenas de luces y sonidos desconocidos. Pero cuando intentaba imaginar esos lugares, solo veía más cajas grises, solo que más grandes y ruidosas.
Un día, una tormenta furiosa azotó el pueblo. El viento aullaba como un lobo hambriento, la lluvia golpeaba las ventanas con furia. Valentina sintió que algo dentro de ella también estaba a punto de estallar. Era una sensación de angustia, de no pertenecer, de estar buscando algo que no sabía qué era.
Sin pensarlo dos veces, Valentina tomó su vieja mochila, metió un suéter, un libro de cuentos y una manzana. Salió a la calle bajo la lluvia torrencial, sin un plan, solo con la certeza de que debía alejarse de ese pueblo. Sabía, en lo más profundo de su corazón, que no solo huía del pueblo, sino también de algo dentro de sí misma, algo que no entendía.
El autobús la llevó hasta Tijuana. La ciudad era un torbellino de colores, sonidos y olores. Camiones chirriantes, música estridente, puestos de comida callejera con aromas picantes… todo era abrumador. Valentina se sintió aún más perdida que antes.
Caminó sin rumbo por las calles, sintiéndose pequeña e insignificante en medio de la multitud. Llegó a una plaza donde un grupo de mariachis tocaba una canción alegre. A pesar de la música, Valentina sentía una profunda tristeza. Se sentó en una banca, agotada y desorientada.
Esa mañana, Valentina había salido de la consulta de la Dra. Elena, su psicóloga, sintiéndose particularmente frustrada. "¿Qué está mal contigo, Valentina?", le había preguntado la Dra. Elena. Valentina no sabía qué responder. Sentía que nadie la entendía, que nadie podía ver la caja gris que la aprisionaba.
Ahora, en Tijuana, se preguntaba si alguna vez encontraría la respuesta a esa pregunta. ¿Podría esta ciudad caótica, esta ciudad de colores vibrantes, ayudarla a encontrar la paz que tanto anhelaba?
De repente, una niña pequeña se acercó a Valentina. Tenía el pelo negro azabache y unos ojos grandes y curiosos. Llevaba un vestido de flores y una sonrisa radiante.
"¿Estás triste?", le preguntó la niña.
Valentina asintió.
"Mi abuela dice que cuando uno está triste, debe pintar algo", dijo la niña. Le extendió a Valentina una caja de crayones y un trozo de papel.
"Pinta lo que sientes", la animó la niña.
Valentina dudó por un momento, pero luego tomó los crayones y comenzó a dibujar. Dibujó la caja gris, el pueblo, la ventana. Luego, comenzó a agregar colores: el amarillo del sol, el azul del cielo, el verde de la hierba.
Mientras dibujaba, Valentina se dio cuenta de algo importante. La caja gris no era su vida, era solo una parte de ella. Y ella tenía el poder de agregar colores a esa caja, de transformarla en algo hermoso.
La niña la observaba con curiosidad.
"¿Qué estás dibujando?", preguntó.
"Estoy dibujando mi vida", respondió Valentina.
"¡Qué bonita!", exclamó la niña.
Valentina sonrió. Por primera vez en mucho tiempo, sintió una chispa de esperanza. Tal vez, pensó, no estaba atrapada después de todo. Tal vez, la libertad no estaba en huir, sino en encontrar la belleza dentro de sí misma, en agregar colores a su propia caja gris.
Valentina se quedó en Tijuana por un tiempo. Trabajó vendiendo flores en la calle, conoció a gente amable y aprendió a hablar un poco de inglés. Poco a poco, la caja gris comenzó a desvanecerse. En su lugar, apareció un arcoíris de posibilidades.
Un día, Valentina recibió una carta de su madre. Su madre le decía que la extrañaba mucho y que la amaba. Valentina se dio cuenta de que, aunque necesitaba alejarse del pueblo para encontrarse a sí misma, su hogar siempre estaría ahí, esperándola con los brazos abiertos.
Valentina regresó a su pueblo. Ya no veía las casas como cajas grises. Veía los colores en las flores de los jardines, en las sonrisas de la gente, en el azul del cielo. Había aprendido que la felicidad no estaba en un lugar lejano, sino en su propio corazón. Y que, a veces, para encontrar la luz, hay que atreverse a salir a la tormenta.
La Dra. Elena la recibió con una sonrisa. "Veo que has encontrado tus propios colores, Valentina", le dijo.
Valentina sonrió. Sabía que aún tenía mucho que aprender, pero también sabía que ya no estaba sola. Tenía su familia, sus amigos y, lo más importante, se tenía a sí misma. Y con eso, era suficiente para llenar cualquier caja gris de colores brillantes y alegres.
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