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Gratis · elegí una vozHoy murió mamá, quizás ayer, no lo sé. El tiempo se ha vuelto borroso desde que la vimos por última vez. Papá dice que se fue al cielo, a un lugar donde ya no hay dolor ni hombres con uniformes grises. Pero yo sé que la extrañamos mucho, tanto como el río extraña la lluvia en la sequía.
Vivimos en un pequeño pueblo en las montañas, donde el aire huele a pino y a tierra mojada. Antes, nuestra casa siempre estaba llena de risas y el aroma de las arepas que mamá hacía con tanto cariño. Ahora, solo hay silencio y el eco de los recuerdos.
Papá trabaja duro en el campo, cultivando maíz y frijoles. Sus manos están curtidas por el sol y la tierra, pero sus ojos aún guardan un brillo triste. Ya no canta como antes, cuando me enseñaba las canciones de los pájaros y las leyendas de nuestros ancestros.
Una tarde, mientras ayudaba a papá a cosechar el maíz, vi un cardenal rojo posado en la rama de un árbol. Era el pájaro más hermoso que había visto en mi vida. Su plumaje era como una llama brillante en medio del verde de las hojas. Papá me contó que los cardenales rojos son mensajeros del cielo, que llevan los mensajes de los que ya no están con nosotros.
"Quizás mamá te envió este cardenal, hijo," dijo papá con una voz suave. "Quizás quiere decirte que está bien y que siempre te amará."
Desde ese día, el cardenal rojo se convirtió en mi amigo. Lo veía todos los días cerca de nuestra casa, cantando melodías alegres. Me sentaba bajo el árbol y le contaba mis secretos, mis miedos y mis sueños. Sentía que él me escuchaba y que me entendía.
Un día, llegaron al pueblo hombres con uniformes grises. Eran los mismos que se llevaron a mamá. Papá me abrazó fuerte y me dijo que no tuviera miedo, que él me protegería. Pero yo veía el miedo en sus ojos, un miedo que me helaba el corazón.
Los hombres entraron a nuestra casa y preguntaron por papá. Lo acusaron de cosas que no entendía, de hablar mal de ellos y de sembrar rebeldía en el pueblo. Papá negó todo, pero ellos no le creyeron. Lo golpearon y se lo llevaron, dejándome solo en la oscuridad.
Lloré toda la noche, abrazado a la cobija que olía a mamá. Tenía mucho miedo y me sentía perdido. A la mañana siguiente, decidí ir a buscar a papá. No sabía a dónde ir, pero sabía que no podía quedarme de brazos cruzados.
Caminé por el pueblo, preguntando a la gente si habían visto a papá. Algunos me miraban con lástima, otros con miedo. Nadie quería hablar, nadie quería ayudarme. Sentía que estaba solo contra el mundo.
De repente, vi al cardenal rojo posado en el techo de la iglesia. Me miró fijamente y luego voló hacia el bosque. Sentí que me estaba llamando, que quería mostrarme algo. Lo seguí sin dudar, confiando en su guía.
El cardenal me llevó a un claro en el bosque, donde había un pequeño arroyo. Allí, vi a papá atado a un árbol, rodeado por los hombres con uniformes grises. Estaban torturándolo, haciéndole preguntas que él se negaba a responder.
Sentí una rabia inmensa, un deseo de proteger a mi papá. Corrí hacia él, gritando con todas mis fuerzas. Los hombres se sorprendieron y se distrajeron. Papá aprovechó la oportunidad para liberarse de sus ataduras.
Juntos, luchamos contra los hombres, defendiéndonos con palos y piedras. Éramos pocos, pero teníamos la fuerza del amor y la justicia. El cardenal rojo volaba sobre nosotros, picoteando a los hombres y distrayéndolos.
Finalmente, logramos vencerlos. Los hombres huyeron, dejando a papá y a mí libres. Nos abrazamos con fuerza, sintiendo el alivio de estar juntos de nuevo. Sabíamos que no podíamos quedarnos en el pueblo, que teníamos que huir para proteger nuestras vidas.
Esa noche, empacamos nuestras pertenencias y nos despedimos de nuestra casa. Antes de partir, vi al cardenal rojo posado en la ventana. Me cantó una melodía triste, como despidiéndose de mí.
Sabíamos que el camino sería largo y difícil, pero teníamos la esperanza de encontrar un lugar seguro donde vivir en paz. Y aunque mamá no estuviera con nosotros, sabíamos que siempre estaría en nuestros corazones, guiándonos con su amor. El cardenal rojo, su mensajero, siempre estaría allí para recordarnos su presencia. Y así, con la esperanza como bandera, emprendimos nuestro vuelo hacia la libertad.
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