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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pueblito colorido donde las montañas besaban el cielo, un niño llamado Mateo. Mateo era un niño alegre y juguetón, pero tenía un problema: ¡no cumplía con sus deberes en casa! Su mamá, Ana, y su papá, Juan, siempre estaban cansados de rogarle que recogiera sus juguetes, lavara sus platos o hiciera su cama. "¡Mateo, por favor! ¡Estamos agotados!", suplicaba Ana cada noche. "¡Un día de estos, un diablito te dará una lección!", bromeaba Juan, aunque en el fondo estaba preocupado.
Se acercaba el Xantolo, la festividad donde las almas de los difuntos regresan a visitar a sus seres queridos. El pueblo se llenaba de altares coloridos, flores de cempasúchil y el delicioso aroma del pan de muerto. Mateo, como siempre, estaba más interesado en jugar y comer dulces que en ayudar a preparar el altar familiar.
Una noche, mientras todos dormían, Mateo sintió un cosquilleo en los pies. Al abrir los ojos, vio una criatura pequeña y traviesa parada al pie de su cama. Tenía cuernos pequeños, una colita puntiaguda y una sonrisa pícara. "¡Hola, Mateo! Soy Pillo, un diablito del Xantolo", dijo la criatura con voz chillona. "Tus papás están muy cansados de tu pereza. ¡Así que te daré una oportunidad! Para volver a verlos, tendrás que completar un desafío".
Mateo, asustado pero curioso, preguntó: "¿Qué desafío?".
Pillo sonrió ampliamente. "Durante los tres días del Xantolo, tendrás que hacer todas las tareas que tus papás te piden, y hacerlas con una sonrisa. Si lo logras, romperé el hechizo y podrás volver a verlos. Si fallas… ¡digamos que te quedarás conmigo jugando a las travesuras para siempre!".
Al instante, la habitación se oscureció y Mateo se encontró en una versión extraña de su casa. Todo estaba sucio y desordenado al extremo. Un letrero grande decía: "¡Bienvenido al Reino de la Pereza!" Sus papás no estaban por ningún lado. De pronto, una voz resonó en el aire: "¡Tarea número uno: Lava todos los trastes sucios! ¡Y son muchos!".
Mateo se dirigió a la cocina, donde una montaña de platos sucios lo esperaba. Suspiró. Nunca había lavado tantos platos juntos. Pero recordó las palabras de Pillo y la posibilidad de no volver a ver a sus papás. Se puso manos a la obra. Con agua jabonosa y mucho esfuerzo, plato tras plato, la montaña comenzó a disminuir. Para hacer el trabajo más ameno, empezó a cantar canciones que su abuela le enseñó sobre el Xantolo.
Cuando terminó, estaba agotado, pero una sensación de satisfacción lo invadió. Una voz resonó nuevamente: "¡Tarea número dos: Limpia toda la casa! ¡Desde el polvo hasta las telarañas!".
Mateo tomó un trapo y un plumero, y comenzó su recorrido por la casa. Quitó el polvo de los muebles, barrió el piso y sacudió las telarañas. Descubrió que, mientras limpiaba, también ordenaba sus pensamientos. Se dio cuenta de lo mucho que sus papás hacían por él y lo poco que él hacía por ellos.
Al final del segundo día, Mateo estaba exhausto pero contento. La casa brillaba como nunca antes. La última tarea fue la más difícil: "¡Tarea número tres: Prepara el altar de Xantolo para tus abuelos difuntos!".
Mateo nunca había preparado un altar solo. Siempre había ayudado a su mamá, pero nunca había tomado la iniciativa. Recordó todo lo que su abuela le había contado sobre sus abuelos y sobre lo que les gustaba. Con cuidado y cariño, colocó las flores de cempasúchil, el pan de muerto, los dulces y las fotografías de sus abuelos. También puso sus juguetes favoritos, sabiendo que les encantaría verlo feliz.
Al terminar, Mateo se sentó frente al altar y cerró los ojos. Pensó en sus abuelos y les agradeció por todo lo que le habían enseñado. Una lágrima rodó por su mejilla. De repente, sintió un calor familiar a su alrededor. Abrió los ojos y vio a sus papás sonriéndole.
Pillo apareció a su lado, ya no con una sonrisa pícara, sino con una mirada de admiración. "¡Lo lograste, Mateo! Has aprendido el valor del esfuerzo y la importancia de ayudar en casa. Y lo más importante, has honrado a tus antepasados con amor".
La casa volvió a la normalidad. Mateo corrió a abrazar a sus papás. "¡Lo siento mucho! Prometo que siempre los ayudaré y que nunca más seré perezoso", dijo Mateo con sinceridad.
Desde ese día, Mateo cumplió con sus deberes en casa con alegría y entusiasmo. Aprendió que ayudar a sus papás no era una carga, sino una forma de demostrarles su amor. Y cada Xantolo, preparaba el altar con mucho cariño, recordando la lección que le había enseñado el diablito Pillo. Y aunque nunca más lo volvió a ver, Mateo siempre recordaba el desafío del Xantolo de la Pereza y se esforzaba por ser un niño responsable y amoroso.
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