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En el corazón de la dehesa salmantina, donde las encinas proyectan sombras largas y el aroma a jara impregna el aire, vivía un zorro llamado Silvestre. Silvestre no era un zorro común; lucía un pelaje del color de la piedra franca de Villamayor al atardecer y era famoso por su curiosidad. Aquella mañana, el sol comenzaba a iluminar las torres de la Catedral de Salamanca en el horizonte, y Silvestre tenía una misión importante: organizar el convite anual de la amistad en las orillas del río Tormes.
Sin embargo, Silvestre tenía un pequeño problema. Para cruzar el Puente Romano y llegar al lugar del banquete, debía pasar por el territorio del Gran Búho de la Universidad, un ave sabia y algo cascarrabias que custodiaba el paso con acertijos numéricos. Este año, el Búho había anunciado que los retos tratarían sobre los ritmos del ocho y los misterios del nueve.
—Si quieres pasar con tu cesta de hornazo y farinato —le había dicho el Búho el día anterior—, deberás demostrar que dominas las cuentas de la abundancia.
Silvestre se sentó bajo una encina centenaria. Sabía que la tabla del 8 era como el trote de un caballo charro. —Ocho por uno es ocho, como las patas de dos zorros amigos —susurró. Para recordar el resto, empezó a saltar entre las piedras del camino. —Ocho por dos, dieciséis; ocho por tres, veinticuatro. ¡Es como sumar de ocho en ocho, sumando dos veces el doble! —exclamó emocionado. Al llegar a ocho por cuatro, treinta y dos, se dio cuenta de que si recordaba que 8x5 era cuarenta (la mitad de ochenta), el resto sería más fácil. —Ocho por seis, cuarenta y ocho; ocho por siete, cincuenta y seis; ocho por ocho, sesenta y cuatro —canturreaba Silvestre mientras se acercaba al río, imaginando sesenta y cuatro bellotas cayendo al unísono.
Al llegar a la orilla del Tormes, el Gran Búho lo esperaba sobre un pretil de piedra.

—Veo que vienes preparado, Silvestre. Pero la tabla del 8 tiene un final. ¿Cuánto es ocho por nueve?
Silvestre recordó que 8x8 era 64, así que solo tuvo que sumar ocho más. —¡Setenta y dos! —gritó con seguridad. —Y ocho por diez, ochenta, tan redondo como la Plaza Mayor.
El Búho asintió, pero no se movió. —Has superado el ritmo del ocho, pero ahora viene el misterio del nueve. El nueve es un número mágico en estas tierras. Si sumas las cifras de sus resultados, siempre volverás a él.
Silvestre miró las conchas talladas en la fachada de la Casa de las Conchas en su memoria. —Nueve por uno es nueve —empezó Silvestre—. Nueve por dos son dieciocho, y fíjate, Búho: uno más ocho suma nueve. Nueve por tres son veintisiete, y dos más siete también suma nueve.
El zorro avanzó un paso por el puente. —Nueve por cuatro, treinta y seis; nueve por cinco, cuarenta y cinco. Es como si una cifra bajara y la otra subiera. Nueve por seis, cincuenta y cuatro; nueve por siete, sesenta y tres; nueve por ocho, setenta y dos. ¡Es el espejo del veintisiete! —Silvestre estaba fascinado por la armonía de los números.

—¿Y los últimos pasos? —preguntó el Búho, abriendo sus grandes ojos dorados.
—Nueve por nueve son ochenta y uno —respondió el zorro sin dudar—, y nueve por diez, noventa. Todo encaja como las piedras de la muralla.
El Búho, impresionado por la dedicación del zorro, le permitió pasar. Pero antes de que Silvestre se marchara, el ave le planteó un último desafío de amistad.
—Tienes ocho amigos invitados y quieres dar a cada uno nueve trozos de hornazo. ¿Cuántos trozos necesitas en total?
Silvestre sonrió. —Eso lo aprendí en el puente. Ocho por nueve son setenta y dos. Pero como la amistad no sabe de divisiones, llevaré ochenta para que tú también cenes con nosotros.
El banquete fue un éxito. Bajo la luz de la luna salmantina, entre risas y el sonido del agua, los animales del bosque celebraron que el conocimiento, al igual que el río, fluye mejor cuando se comparte. Silvestre comprendió que las tablas de multiplicar no eran solo números, sino el lenguaje con el que se construye la generosidad. Y así, entre farinato y canciones populares, el zorro y el búho sellaron una amistad que duraría tantas primaveras como granos de arena tiene el Tormes.
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