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En el pequeño pueblo de Nieves Blancas, donde el invierno pintaba cada tejado con una capa gruesa de algodón frío, vivía un niño llamado Eliot. Eliot era un niño de mejillas sonrosadas y una bufanda de lana roja que su abuela le había tejido con mucho esmero. Para Eliot, la Navidad no era solo una fecha en el calendario; era una sensación que flotaba en el aire, una mezcla mágica de olor a leña quemada, canela recién molida y el dulce aroma de las galletas de jengibre que salían del horno de su abuela.
Sin embargo, este año la Navidad se sentía un poco diferente. Aunque las luces brillaban en las calles y los niños reían al deslizarse en sus trineos, Eliot sentía un pequeño vacío en su corazón. Extrañaba las historias de su abuelo, aquel hombre de manos grandes y voz suave que siempre sabía cómo hacer que una tarde gris se convirtiera en una aventura.
Una tarde, mientras el sol comenzaba a esconderse tras las montañas de nieve, Eliot decidió caminar hacia el parque. El lugar estaba inusualmente silencioso. Los columpios estaban quietos y los árboles, cubiertos de escarcha, parecían esculturas de cristal. Eliot caminaba pateando un poco de nieve cuando, de repente, algo llamó su atención. Entre los pinos más altos, al fondo del parque, vio una luz blanca, pura y vibrante, que no se parecía en nada a las bombillas eléctricas del pueblo.
Se acercó con cuidado, hundiendo sus botas en la nieve virgen. Al rodear un gran abeto, se quedó sin aliento. Frente a él, envuelto en un resplandor que emitía un calor reconfortante, se encontraba un ángel. Pero no era un ángel cualquiera. Tenía una túnica que parecía tejida con hilos de luna y unas alas tan suaves como las nubes de verano. Lo más sorprendente fue cuando el ángel se giró: tenía una sonrisa muy conocida, unos ojos llenos de bondad y esa expresión de paz que Eliot recordaba tan bien.
—¡Abuelo! ¿Eres tú? —preguntó Eliot con la voz temblorosa, entre la sorpresa y la alegría más profunda.

El ángel asintió suavemente, y su risa sonó como campanillas de cristal en el viento invernal.
—Sí, mi pequeño Eliot. Estoy cerca de ti, aunque no siempre puedas verme con tus ojos —respondió el abuelo, cuya voz era ahora una caricia cálida en medio del frío.
Eliot no podía creerlo. Tenía tantas cosas que contarle, tantas preguntas. Se acercó un poco más, sintiendo que el frío del parque desaparecía por completo. El abuelo lo miró con ternura y le preguntó:
—Dime, Eliot, ¿qué es lo que más deseas esta Navidad? Sé que has estado mirando los escaparates de la juguetería y que has pensado en esos trenes de madera y soldados de plomo.
Eliot guardó silencio por un momento. Pensó en los juguetes, en los colores brillantes y en los regalos envueltos con lazos dorados. Pero luego, miró a su abuelo a los ojos y se dio cuenta de que ningún juguete en el mundo podía compararse con la sensación de estar a su lado otra vez.

—Solo quiero que estés feliz, abuelo —dijo Eliot con sinceridad—. Y quiero decirte que te quiero mucho y que te extraño todos los días.
El abuelo ángel se agachó y envolvió a Eliot en un abrazo muy fuerte. No era un abrazo común; era un abrazo que llenaba cada rincón del alma de Eliot con una luz dorada. En ese instante, el niño comprendió que el amor no se termina cuando alguien se va, sino que se transforma en una fuerza que nos acompaña siempre.
—¡Feliz Navidad, Eliot! —susurró el abuelo al oído del niño—. Recuerda que siempre estaré contigo, en cada galleta que hornees, en cada canción que cantes y en cada acto de bondad que realices. Mi amor es tu regalo más grande.
Lentamente, la luz comenzó a desvanecerse, mezclándose con los primeros copos de nieve que caían del cielo nocturno. Eliot parpadeó y se encontró solo en el parque, pero ya no sentía soledad. Su corazón latía con una fuerza nueva y un calor que ninguna bufanda podría igualar.
Corrió de regreso a casa, con los pulmones llenos de aire fresco y el espíritu radiante. Al abrir la puerta, el aroma a canela y bizcocho lo recibió como un cálido saludo. Su abuela estaba en la cocina, tarareando una vieja canción mientras decoraba unas galletas en forma de estrella.
—¡Eliot! Llegas justo a tiempo, el chocolate está listo —dijo la abuela con una sonrisa.
Eliot se acercó a ella y la abrazó con la misma ternura que el ángel le había dado en el parque. La abuela, sorprendida pero feliz, le acarició el cabello. Eliot miró por la ventana hacia el cielo estrellado y sonrió. Sabía que su abuelo estaba allí, cuidándolos, y que esa Navidad sería, sin duda, la más especial de todas las que había vivido. Porque el mejor regalo de Navidad no se guarda en una caja, sino que vive para siempre en el corazón.
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