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Gratis · elegí una vozHabía una vez una niña pequeña, pequeñita, llamada Elsa. Elsa tenía el pelo alborotado y una risa que sonaba como campanitas de cristal. ¡Tilín, tilín! Pero lo mejor que tenía Elsa no era su risa, ni sus saltos, ni sus cuentos. Lo mejor que tenía Elsa era a su Tía Clara.
La Tía Clara y Elsa eran... ¡uña y carne! Como el pan y la mantequilla. Como el calcetín y el zapato. Donde estaba Elsa, allí estaba Clara. Y donde estaba Clara, ¡zas!, allí aparecía Elsa. Se querían con locura, una locura de esas que brillan y dan calorcito en el corazón.
Un martes por la mañana, un martes de esos que huelen a chocolate y aventura, la Tía Clara dijo:
—¿Sabes qué, Elsa? Hoy el cielo está muy azul. Demasiado azul. Creo que es un buen día para visitar a las estrellas.
Elsa abrió mucho los ojos. ¡Ooooooh!
—¿A las estrellas, Tía? ¡Pero si están muy, muy altas!
—No hay nada demasiado alto para nosotras —respondió Clara con un guiño—. ¡A construir!
¡Martillo, martillo! ¡Clac, clac, clac!
¡Pegamento y purpurina! ¡Plif, plaf, plof!
En un periquete, en el centro del jardín, apareció un cohete. Era un cohete brillante, con alas de cartón, botones de colores y una nariz de color carmesí.
—¡Arriba! —gritó Elsa.
—¡Adentro! —gritó Clara.
Se pusieron sus cascos especiales (que en realidad eran escurridores de pasta plateados, ¡pero shhh, es un secreto de astronautas!). Se abrocharon los cinturones. ¡Clic! ¡Clac!
—¿Lista, Elsa? —preguntó Tía Clara, apretando su mano con ternura.
—¡Lista, Tía!
Empezó la cuenta atrás con voces de gigantes:
¡Diez!
¡Nueve!
¡Ocho!
¡Siete, seis, cinco, cuatro!
¡Tres!
¡Dos!
¡Uno!
¡RUUUUUUUUUUUM!
¡FIIUUUUUUUUUUU!
El cohete soltó una nube de burbujas mágicas y salió disparado hacia el cielo. ¡Arriba, arriba, más arriba! Atravesaron las nubes blancas. ¡Chof! Parecían nubes de algodón de azúcar. Atravesaron el cielo azul. ¡Ziuuuuum! Y de repente... silencio.
Todo se volvió oscuro, pero no una oscuridad de miedo. Era una oscuridad mágica, salpicada de miles de puntitos brillantes.
—¡Mira, Elsa! —dijo Tía Clara señalando por la ventana—. ¡Bling, bling! ¡Las estrellas nos saludan!
Elsa estaba asombrada. Fuera del cohete, los planetas daban vueltas. ¡Gira que te gira! Saturno llevaba un anillo de plata y Marte parecía una canica gigante de fresa.
De pronto, el cohete hizo un ruido extraño. ¡Gronc! ¡Pof! ¡Bip-bip-bip!
—¡Ay! —exclamó Elsa—. ¿Qué pasa, Tía?
Unos pequeños meteoritos, brillantes como diamantes, empezaron a rebotar suavemente contra el cristal. ¡Tictic-tictic-tic! Elsa se asustó un poquito. Se hizo una bolita pequeña en su asiento.
Pero Tía Clara no tardó ni un segundo. Se soltó el cinturón y, flotando en el aire como una sirena del espacio, llegó hasta Elsa. La rodeó con sus brazos largos y fuertes. Un abrazo de esos que huelen a casa, a manta limpia y a galletas recién horneadas.
—Tranquila, mi tesoro —susurró Clara al oído de Elsa—. Yo estoy aquí. Soy tu escudo, soy tu guía. Nada malo puede pasarte si yo estoy a tu lado. Siempre te protegeré, Elsa. En la Tierra y en Marte, ¡y hasta en Júpiter!
Elsa sintió el calor de su tía y el miedo se fue volando por la escotilla. ¡Fuera, miedo! ¡Adiós, susto!
—¿Sabes qué, Tía? —dijo Elsa recuperando su risa de campanilla—. ¡Me encanta flotar!
Se pasaron la tarde saltando por la cabina. ¡Boing! ¡Boing! Como si el suelo fuera una cama elástica invisible. Comieron yogur de fresa que flotaba en el aire en forma de bolitas rosas. ¡Pop! ¡Pop! Elsa las atrapaba con la boca mientras su tía reía a carcajadas.
—Tía Clara —dijo Elsa mientras miraban la Tierra, que se veía pequeña y azul a lo lejos—. ¿Siempre podremos viajar juntas?
—Siempre, Elsa. Aunque estemos explorando la Luna o simplemente caminando por el parque. Siempre podrás contar conmigo. Somos un equipo. ¡El equipo Invencible!
Elsa apoyó la cabeza en el hombro de su tía. El espacio era enorme, gigante, infinito. Pero los brazos de Tía Clara eran el lugar más seguro y calentito de todo el universo.
—Tengo sueño, Tía —bostezó Elsa—. ¡Aaaaaah-um!
—Pues es hora de volver a casa. ¡Sujétate bien!
Tía Clara giró el volante con fuerza. ¡Raca-raca! El cohete dio media vuelta y empezó el descenso.
¡Ziuuuuuuu!
Entraron en la atmósfera. ¡Flas!
Bajaron por las nubes. ¡Plof!
Y finalmente...
¡PLUM!
Aterrizaron suavemente sobre el césped blandito de su jardín. La luna de verdad, la que está en el cielo de la Tierra, ya había salido para darles las buenas noches. Tía Clara llevó a Elsa en brazos hasta su camita. La tapó con la manta de estrellas y le dio un beso suave en la frente.
—Buenas noches, mi pequeña astronauta —dijo Clara.
—Buenas noches, Tía. Mañana... ¿mañana vamos al fondo del mar?
Clara sonrió y le guiñó un ojo.
—Mañana, lo que tú quieras. Porque juntas, Elsa, podemos llegar a donde nadie ha llegado jamás.
¡Y colorín colorado, este viaje espacial se ha acabado! ¡Chimpún!
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