Cuento corto para dormir

Emiliano y el Sueño Escondido en los Andes

Emiliano, un niño de los Andes peruanos, sueña con ser maestro, pero la enfermedad de su padre lo obliga a dejar la escuela. A pesar de las dificultades, nunca olvida su amor por el conocimiento e inspira a sus hijos a perseguir sus sueños, especialmente a uno que se convierte en profesor.

A partir de: Mi nombre es Emiliano, provengo del distrito de San Miguel- La Mar, y esta es una de mis historias de cuando yo era un chiquillo con los pies descalzos y el corazón lleno de ilusiones. Presta mucha atención. Nací en un pueblito alto de Ayacucho, donde las nubes caminan más cerca de la tierra y el sol madruga con los gallos. Mi escuela era de adobe, con techito de calamina, y ahí aprendí a leer juntando sílabas con tizas en la pizarra vieja. Yo era bien aplicado, ¿sabes? Siempre me gustaba leer en voz alta, ayudar a mis compañeros, y la profesora, la señora Julia, siempre me decía: “Tú vas a ser alguien grande, Emiliano”. Recuerdo clarito una vez, tendría yo unos 11 años. Había una competencia de lectura en la capital de la provincia, y me escogieron para representar a mi escuelita. Era la primera vez que salía del pueblo. Me acuerdo que mi mamá me lavó la ropa con ceniza para que estuviera bien blanca, y mi papá me prestó su sombrero viejo pero limpio. Fui con el corazón latiendo fuerte. Leí un poema de Vallejo, y los profesores que estaban ahí me aplaudieron. Uno de ellos incluso se me acercó y me dijo: “Tienes futuro, muchachito”. Ay, pero esas cosas no duraban mucho en esa época. Al poco tiempo, mi padre enfermó. La chacra no podía esperarnos y había que pastear el ganado, cuidar las ovejas, arar la tierra. Dejé la escuela sin despedirme, sin recoger mis cuadernos. Solo tenía 13 años. Nunca más regresé. Mis manos se endurecieron, se llenaron de callos, y mi voz, que antes leía poemas, empezó a gritar nombres de vacas perdidas en el cerro. Pero nunca dejé de pensar en lo que pudo haber sido. En esos años, estudiar era un lujo. No es como ahora, que tienen laptops y clases virtuales. Nosotros teníamos que elegir entre comer o soñar. Pero no te digo esto para que te pongas triste. Lo que viví me enseñó a valorar el esfuerzo, y aunque no fui maestro, enseñé a mis hijos a luchar por sus sueños. Ahora uno de ellos es profesor en Huamanga, y cuando lo veo, siento que una parte de mi sueño sigue viva. Así que ya sabes. Estudia. Lucha. Que si yo hubiera tenido la oportunidad que tienes, quizás hoy estaría contándote esta historia desde otro lado.

Empezar a leer ↓Publicado el 14/04/2026

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Mi nombre es Emiliano, provengo del distrito de San Miguel- La Mar, y esta es una de mis historias de cuando yo era un chiquillo con los pies descalzos y el corazón lleno de ilusiones. Presta mucha atención.

Nací en un pueblito alto de Ayacucho, donde las nubes caminan más cerca de la tierra y el sol madruga con los gallos. Imagínate, las nubes casi se podían tocar. ¡Eran como algodón de azúcar gigante!

Mi escuela era de adobe, con techito de calamina, y ahí aprendí a leer juntando sílabas con tizas en la pizarra vieja. La pizarra era verde oscura, llena de rayones, pero para mí era una ventana al mundo. Yo era bien aplicado, ¿sabes? Siempre me gustaba leer en voz alta, ayudar a mis compañeros, y la profesora, la señora Julia, siempre me decía: “Tú vas a ser alguien grande, Emiliano”. Sus palabras me llenaban de alegría y me hacían sentir como un superhéroe.

Recuerdo clarito una vez, tendría yo unos 11 años. Había una competencia de lectura en la capital de la provincia, y me escogieron para representar a mi escuelita. ¡Imagínate mi emoción! Era la primera vez que salía del pueblo. Todo era nuevo y emocionante. Me acuerdo que mi mamá me lavó la ropa con ceniza para que estuviera bien blanca, y mi papá me prestó su sombrero viejo pero limpio. El sombrero olía a tierra y a sol, como mi pueblo. Fui con el corazón latiendo fuerte. Parecía que tenía un tambor dentro del pecho. Leí un poema de Vallejo, y los profesores que estaban ahí me aplaudieron. ¡Aplaudieron! Uno de ellos incluso se me acercó y me dijo: “Tienes futuro, muchachito”. Sentí que podía volar.

Ay, pero esas cosas no duraban mucho en esa época. La vida en el campo era dura, como una piedra. Al poco tiempo, mi padre enfermó. La chacra no podía esperarnos y había que pastear el ganado, cuidar las ovejas, arar la tierra. Dejé la escuela sin despedirme, sin recoger mis cuadernos. Solo tenía 13 años. Nunca más regresé. Me sentí como un pajarito al que le cortan las alas.

Mis manos se endurecieron, se llenaron de callos, y mi voz, que antes leía poemas, empezó a gritar nombres de vacas perdidas en el cerro. “¡Blanquita! ¡Manchita! ¡Dónde están!”. Pero nunca dejé de pensar en lo que pudo haber sido. Soñaba despierto con libros y poemas. En esos años, estudiar era un lujo. No es como ahora, que tienen laptops y clases virtuales. Nosotros teníamos que elegir entre comer o soñar. Era una elección difícil.

Imagínate caminar por el cerro, con el sol pegando fuerte y el viento helado soplando. A veces me sentaba en una piedra y cerraba los ojos. En mi mente, veía la pizarra verde y escuchaba la voz de la señora Julia.

Pero no te digo esto para que te pongas triste. Lo que viví me enseñó a valorar el esfuerzo, y aunque no fui maestro, enseñé a mis hijos a luchar por sus sueños. Les conté historias de mi pueblo y de los libros que nunca pude leer. Ahora uno de ellos es profesor en Huamanga, y cuando lo veo, siento que una parte de mi sueño sigue viva. Es como si yo estuviera enseñando a través de él.

Él sí tiene una laptop y da clases virtuales. Les enseña a los niños sobre la historia de Ayacucho y sobre la importancia de la educación. Me siento muy orgulloso de él.

Así que ya sabes. Estudia. Lucha. Que si yo hubiera tenido la oportunidad que tienes, quizás hoy estaría contándote esta historia desde otro lado. Quizás estaría sentado en una silla cómoda, con un libro en la mano, en lugar de aquí, en este banco del parque. Pero no me arrepiento de nada. He vivido una vida llena de esfuerzo y amor. Y ahora, te toca a ti escribir tu propia historia.

Recuerda siempre de dónde vienes y nunca olvides tus sueños. ¡Porque los sueños son como las estrellas, siempre brillan aunque no las veas!

Ah, y una cosa más: ¡nunca dejes de leer! Los libros son como alas que te permiten volar a lugares increíbles. ¡Que tengas un lindo día! Ahora, debo irme. Las ovejas me están esperando.

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Publicado el 14/04/2026

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