Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozEmily era una pequeña soldada, no de esas que luchan con espadas y fusiles, sino una soldada de la imaginación. Vivía en un fuerte de sábanas bajo la mesa del comedor, y su misión era proteger los sueños olvidados. Tenía un casco hecho de un colador de pasta, una espada de cartón y un corazón lleno de aventuras.
Un día, mientras patrullaba su territorio, escuchó un susurro débil que venía del jardín. Siguió el sonido hasta llegar a un viejo árbol de manzanas, cuyas ramas se curvaban como si estuvieran tristes. "¿Quién anda ahí?", preguntó Emily, con su voz más valiente.
"Soy yo, el Árbol de los Deseos Olvidados", respondió el árbol con un gemido. "Hace mucho tiempo, los niños venían aquí a colgar sus deseos en mis ramas. Pero ahora, todos me han olvidado. Mis hojas se marchitan, y mi fruto ya no es dulce."
Emily sintió una punzada de tristeza. "¡No te preocupes, árbol! Yo te ayudaré", prometió. "Soy la soldada de los sueños olvidados, y mi misión es hacer que la gente recuerde."
Emily pensó y pensó. Sabía que la gente solo recordaría los deseos si los veían. Así que tuvo una idea brillante. "Necesitamos una fiesta", anunció. "¡Una fiesta de los deseos olvidados!"
La primera tarea fue encontrar los deseos. Emily exploró cada rincón del jardín, bajo las rocas, entre las flores, incluso dentro de la casita de pájaros. Encontró pequeños papeles arrugados, cintas descoloridas y hasta algunas plumas con palabras escritas en ellas. Cada uno era un deseo que alguien había olvidado.
Con la ayuda de su oso de peluche, el General Osito, Emily limpió los deseos y los clasificó. Algunos eran deseos sencillos, como "quiero volar" o "quiero tener un perro". Otros eran más profundos, como "quiero que todos sean felices" o "quiero que la guerra termine".
Luego, Emily invitó a todos sus amigos del barrio. Les contó la historia del Árbol de los Deseos Olvidados y les explicó la importancia de recordar los sueños. Los niños se emocionaron y decidieron ayudar a Emily a organizar la fiesta.
Entre todos, decoraron el árbol con luces de colores hechas de luciérnagas en frascos (con agujeros para que respiraran, por supuesto). Colgaron los deseos encontrados en las ramas, como si fueran adornos navideños. Prepararon limonada casera y galletas con forma de estrellas. Incluso hicieron un pequeño escenario para que Emily pudiera contar historias de sueños olvidados.
Cuando llegó la noche, el jardín brillaba con magia. Los niños, sus padres y hasta algunos abuelos se reunieron alrededor del árbol. Emily, con su casco de colador y su espada de cartón, subió al escenario.
"Bienvenidos a la fiesta de los deseos olvidados", dijo con voz clara y fuerte. "Esta noche, recordaremos los sueños que hemos dejado atrás. Porque los sueños son importantes, incluso los más pequeños. Son la semilla de nuestro futuro."
Emily comenzó a leer algunos de los deseos que había encontrado. Cada deseo era una pequeña ventana a un mundo de posibilidades. Los niños escuchaban con atención, imaginando los sueños de otros niños.
De repente, una niña pequeña, llamada Sofía, se acercó al árbol y sacó un deseo. Era un trozo de papel arrugado que decía: "Quiero que mi abuelo vuelva a sonreír". Sofía miró a su abuelo, que estaba sentado en una silla de ruedas con una expresión triste en su rostro.
Sofía se acercó a su abuelo y le leyó el deseo. El abuelo la miró con los ojos llenos de lágrimas. Tomó la mano de Sofía y le sonrió por primera vez en mucho tiempo.
Emily sonrió. Sabía que la fiesta de los deseos olvidados había sido un éxito. No solo habían recordado los sueños del pasado, sino que también habían creado nuevos sueños para el futuro.
Desde esa noche, el Árbol de los Deseos Olvidados volvió a florecer. Sus hojas se volvieron verdes y brillantes, y su fruto volvió a ser dulce. Los niños volvieron a visitar el árbol, colgando nuevos deseos en sus ramas. Y Emily, la soldada de los sueños olvidados, siguió protegiendo el jardín, asegurándose de que ningún sueño fuera olvidado jamás.
Y cada noche, antes de dormir, Emily revisaba su fuerte de sábanas, asegurándose de que todos los sueños olvidados estuvieran seguros y protegidos, listos para ser recordados y cumplidos. Porque ella sabía que incluso el deseo más pequeño podía hacer una gran diferencia en el mundo.
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