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Enola Holmes, con su ingenio afilado como una navaja, se adentró en la fábrica abandonada. El aire olía a óxido y a secretos. De repente, dos figuras surgieron de las sombras. ¡Pum! Sin dudarlo, Enola golpeó a uno de ellos, ejecutando una llave de judo perfecta que lo dejó tendido en el suelo. Con el segundo, la cosa fue diferente. Un baile peligroso con cuchillos comenzó. Ambos eran increíblemente hábiles, esquivando y bloqueando cada ataque con precisión milimétrica. Ninguno cedía terreno.
En un instante, la máscara del hombre se movió ligeramente. Enola contuvo el aliento. Lo reconoció. Aunque no dijo nada, continuó luchando hasta acorralarlo entre su cuchillo y la pared. "Hola, Sherlock," dijo con una sonrisa. "Me alegro de verte."
El hombre, sorprendido, se quitó la máscara. Era Sherlock Holmes, efectivamente. "¡Enola! ¿Qué estás haciendo aquí?" La había reconocido por la voz y estaba asombrado de encontrar a su hermana en ese lugar.
"Estoy investigando un caso," respondió Enola, cruzándose de brazos. "Y parece que tú también."
En ese momento, el hombre que Enola había derribado se levantó, sacudiéndose el polvo. No pareció reconocer a Sherlock.
"¿Quién es ese?" preguntó Enola, señalando al hombre.
Antes de que Sherlock pudiera responder, Enola giró hacia la entrada, furiosa. "¡Mycroft!" exclamó. Todavía estaba resentida con su hermano mayor. Antes de que Sherlock asumiera su tutela, Mycroft había intentado enviarla a un internado, obligándola a huir y vivir por su cuenta.
"Enola, por favor," dijo Sherlock, tratando de mediar. "Estamos en el mismo bando."
Mycroft y Enola comenzaron a discutir, lanzándose pullas con la precisión de dos espadachines. Sherlock suspiró, intentando, como siempre, mantener la paz familiar. Finalmente, decidieron dejar de lado sus diferencias (al menos por el momento) y unieron fuerzas para resolver el misterio.
"Necesitamos ir a un baile esta noche para seguirle la pista a uno de los sospechosos," explicó Sherlock.
"Yo voy," se ofreció Enola.
"No, Enola," intervino Mycroft. "No puedes llevar acompañante, y una mujer sin acompañante llamaría demasiado la atención."
Enola puso los ojos en blanco. "Dame una hora," dijo, y salió de la fábrica a toda prisa.
Sherlock y Mycroft esperaban en la entrada del salón de baile. El aire estaba cargado de tensión fraternal. De repente, apareció Teckbury, el joven vizconde, conocido por Sherlock, pero no por Mycroft. Era el novio de Enola.
"Buenas noches," saludó Teckbury, extendiendo la mano a Mycroft. "Soy Teckbury. ¿De qué se trata el caso esta vez, Sherlock?"
Sherlock le explicó la situación. Mycroft frunció el ceño. "¿Cómo sabes de qué va todo esto?"
Teckbury sonrió. "He ayudado a Enola en situaciones similares antes. De hecho, le debo la vida. Me salvó de un sicario que me perseguía, ¡saltando conmigo de un tren!" añadió con un brillo en los ojos. "Es la chica más bonita y amable que he conocido."
En ese instante, una figura deslumbrante apareció en lo alto de la escalera. Era Enola, vestida con un elegante vestido azul celeste que la hacía parecer una reina. Teckbury fue el primero en verla. Su rostro se iluminó con una sonrisa. Sherlock la miró con orgullo y asombro. Mycroft fue el último en darse cuenta. Cuando finalmente la vio, su mandíbula cayó. Murmuró algo que solo Sherlock pudo escuchar: "Santo Dios..."
Mycroft todavía veía a Enola como un espíritu libre y salvaje. Verla transformada en una dama tan elegante lo dejó completamente atónito. Enola terminó de bajar las escaleras, le sonrió a Teckbury y le agradeció por venir a ayudar.
Tras repasar el plan con Sherlock rápidamente, Enola y Teckbury se dirigieron al baile. Mycroft y Sherlock se encargaron de localizar la salida por la que escaparía el sospechoso. Enola, con su habilidad característica, tenía que robar la llave del bolsillo del sospechoso sin que se diera cuenta.
Mientras esperaban a que el sospechoso hiciera su movimiento, Enola le susurró a Teckbury: "Sería una pena que tuviéramos que salir a bailar."
Teckbury entendió la indirecta y la invitó a la pista. Enola se sintió feliz. Durante un paso de baile que los acercó, lo besó rápida y disimuladamente. Sus hermanos la observaban desde la distancia. Sherlock, feliz y orgulloso de verla feliz. Mycroft, aún sorprendido por la transformación de su hermana.
De repente, el sospechoso se movió. Era hora de actuar. "No puedes venir conmigo," le dijo Enola a Teckbury. "Es demasiado peligroso."
"¡Pero...!" protestó Teckbury.
"¿Confías en mí?" preguntó Enola, con una mirada intensa.
Teckbury vaciló. "No puedo tomarme tus palabras en serio. ¡Me dijiste exactamente lo mismo antes de hacerme saltar de un tren!"
Enola suspiró. "Realmente eres un idiota," dijo.
Sus hermanos observaban la escena con disimulo.
"Pero eres *mi* idiota," añadió Enola, besándolo de nuevo. Tras unos instantes, Teckbury la miró con preocupación, pero finalmente asintió y se alejó.
Enola se secó una lágrima y corrió tras el sospechoso, con sus hermanos pisándole los talones. Mycroft intentó hacer un comentario sobre lo que acababa de presenciar, pero Enola lo interrumpió con un gesto de la mano.
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