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Gratis · elegí una vozEnzo era un niño curioso con un sueño gigante: ¡conocer la Luna! Todas las noches, antes de dormir, la observaba desde su ventana, imaginando cráteres de queso y ríos de leche. Un día, decidió que la espera había terminado. Con cajas de cartón, tubos de papel higiénico, pegamento y mucha imaginación, Enzo construyó un cohete espacial reluciente. Lo llamó "Lunático I".
Después de empacar provisiones (galletas, jugo de manzana y un peluche de oso), Enzo se subió a su cohete, ajustó su casco de astronauta (un balde plateado) y pulsó el botón de "despegue" (un botón rojo brillante). Con un estruendo imaginario, Lunático I se elevó hacia el cielo nocturno.
El viaje fue emocionante. Enzo vio estrellas fugaces, saludó a planetas sonrientes y esquivó nubes de algodón de azúcar. Estaba tan cerca de la Luna que podía sentir la emoción burbujeando en su estómago. Pero, ¡ay!, justo cuando Lunático I se preparaba para aterrizar suavemente en la superficie lunar, ¡BAM! Un asteroide travieso chocó contra el cohete.
Lunático I se estremeció, soltó chispas y perdió el control. Enzo se agarró con fuerza mientras el cohete se estrellaba contra la polvorienta superficie lunar. Afortunadamente, Enzo estaba bien, pero el cohete... bueno, Lunático I no estaba en su mejor momento. Estaba roto, torcido y definitivamente no iba a volar de regreso a casa.
Enzo salió del cohete, sintiéndose muy pequeño y solo en la inmensidad de la Luna. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos. Estaba varado. "¡Mamá!", gritó, aunque sabía que ella no podía oírlo.
De repente, un movimiento llamó su atención. Una sombra se cernía sobre él. Enzo levantó la vista, con el corazón latiendo a mil por hora, y vio... ¡un dragón! ¡En la Luna! Era un dragón blanco, majestuoso y brillante, con escamas que parecían hechas de nieve. Pero lo que más asustó a Enzo fueron sus ojos: dos orbes negros como la obsidiana, intensos y penetrantes.
Enzo gritó y se escondió detrás de un pedazo de Lunático I, esperando lo peor. Pero el dragón no rugió ni escupió fuego. En cambio, inclinó la cabeza y emitió un suave ronroneo, como un gato gigante. Luego, extendió una de sus enormes garras hacia Enzo.
Tembloroso, Enzo se asomó por detrás del cohete. El dragón parecía... ¿amigable? Dudó por un momento, luego extendió su pequeña mano y tocó la garra del dragón. Era suave y cálida.
El dragón sonrió (sí, ¡un dragón sonriendo!) y con un gesto de cabeza invitó a Enzo a subir a su lomo. Enzo, aún un poco asustado pero también muy curioso, aceptó la invitación. Se aferró a las escamas del dragón y se preparó para lo que viniera.
El dragón blanco desplegó sus alas y se elevó hacia el cielo lunar. Enzo jadeó de asombro. Desde allí arriba, la Luna era aún más hermosa. Vieron cráteres brillantes, montañas polvorientas y valles oscuros. El dragón le mostró a Enzo los secretos de la Luna, le contó historias de estrellas fugaces y le presentó a los conejos lunares, que saltaban y jugaban entre las rocas.
Enzo y el dragón se hicieron amigos. Enzo aprendió que no todos los dragones son feroces y que a veces, la amistad puede encontrarse en los lugares más inesperados. Llamó al dragón "Obsidiana", por el color de sus ojos.
Después de un día entero de aventuras lunares, Enzo comenzó a extrañar su casa. Le contó a Obsidiana sobre su mamá, su cama y sus juguetes. Obsidiana entendió. Con un suave batir de alas, llevó a Enzo de regreso al lugar del accidente.
Luego, Obsidiana usó su aliento de dragón (que, en lugar de fuego, era una ráfaga de aire cálido y brillante) para reparar Lunático I. No quedó como nuevo, pero era lo suficientemente bueno para volar de regreso a casa.
Enzo abrazó a Obsidiana con fuerza. "¡Gracias! ¡Eres el mejor dragón del universo!", exclamó. Obsidiana ronroneó y frotó su cabeza contra la de Enzo.
Enzo se subió a Lunático I, pulsó el botón de "despegue" y, con un poco de ayuda del aliento mágico de Obsidiana, el cohete despegó hacia la Tierra. Desde la ventana, Enzo vio a Obsidiana agitando su ala en señal de despedida.
Cuando Enzo llegó a casa, su mamá lo estaba esperando, preocupada pero aliviada. Enzo le contó todo sobre su aventura lunar, el accidente, el dragón blanco y los conejos lunares. Al principio, su mamá no le creyó, pero cuando vio el polvo lunar en la ropa de Enzo y el pequeño regalo de roca lunar que Obsidiana le había dado, supo que la historia era real.
Desde esa noche, Enzo siguió mirando la Luna, pero ya no la veía como un lugar lejano e inalcanzable. La veía como el hogar de su amigo, el dragón lunar de ojos de obsidiana. Y cada vez que veía una estrella fugaz, pedía un deseo: poder volver a visitar a Obsidiana algún día.
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