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Gratis · elegí una vozEn la Ciudad del Cuerpo Humano, vivía Ernesto, un esófago muy trabajador y un poco nervioso. Ernesto era un tubo largo y musculoso que conectaba la boca con el estómago. Su trabajo era muy importante: ¡transportar la comida desde la boca hasta el estómago!
Un día, la campana del almuerzo sonó en la boca de la Ciudad del Cuerpo Humano. ¡Era hora de comer! Un delicioso sándwich de queso y tomate se acercó a la puerta de la boca. "¡Allá vamos!", exclamó Ernesto, sintiendo un cosquilleo.
El sándwich, después de ser masticado por los dientes y mezclado con la saliva, se transformó en un bolo alimenticio suave y blando. "¡Hola, Ernesto!", saludó el bolo alimenticio, con una voz suave y amable.
"¡Bienvenido!", respondió Ernesto, tratando de sonar confiado. "Prepárate para un viaje rápido y emocionante".
Ernesto comenzó su trabajo. Con movimientos ondulantes, como una ola en el mar, empujó el bolo alimenticio hacia abajo. Estos movimientos se llamaban peristalsis. "¡Uf, esto requiere mucha energía!", pensó Ernesto.
Pero a mitad del camino, algo inesperado sucedió. ¡Una risa traviesa! Una burbuja de aire, escapada de una gaseosa, se coló en el viaje. "¡Ja, ja, ja!", reía la burbuja, rodando y haciendo cosquillas en las paredes de Ernesto.
"¡Ay! ¡Cuidado!", gritó Ernesto, tratando de mantener el control. La burbuja de aire lo hacía vibrar y le dificultaba empujar el bolo alimenticio.
El bolo alimenticio, sintiendo el movimiento inusual, exclamó: "¿Qué está pasando, Ernesto?"
"¡Es una burbuja traviesa!", respondió Ernesto, jadeando. "Está haciendo cosquillas y me distrae".
En ese momento, los músculos del diafragma, que eran como los ayudantes de Ernesto, entraron en acción. Le dieron un pequeño empujón extra a Ernesto desde arriba. "¡Vamos, Ernesto! ¡Tú puedes!", animaron los músculos del diafragma.
Con el empujón de los músculos del diafragma y la determinación de Ernesto, la burbuja de aire fue expulsada con un pequeño eructo. "¡Perdón!", se escuchó un eco desde la boca.
"¡Uf, eso estuvo cerca!", dijo Ernesto, aliviado. "Ahora, volvamos al trabajo".
Con un renovado vigor, Ernesto continuó empujando el bolo alimenticio hacia abajo. Las ondas peristálticas eran ahora más fuertes y más constantes.
Finalmente, después de un arduo trabajo, llegaron a la puerta del estómago. "¡Adiós, Ernesto! ¡Gracias por el viaje!", se despidió el bolo alimenticio.
"¡De nada!", respondió Ernesto, sintiendo una gran satisfacción. "¡Buen provecho en el estómago!"
El bolo alimenticio pasó a través del esfínter esofágico inferior, una especie de portero que abría la puerta al estómago. El estómago, un gran saco muscular, comenzó a mezclar el bolo alimenticio con jugos gástricos para descomponerlo aún más.
Ernesto respiró profundamente y se preparó para el siguiente viaje. Sabía que su trabajo era importante y que cada bolo alimenticio era una nueva aventura.
De repente, escuchó una pequeña voz. Era un pedacito de lechuga que se había quedado atascado. "¡Ayuda! ¡Me he perdido!", gritaba la lechuga.
Ernesto suspiró. "¡Allá voy otra vez!", pensó. Y con una nueva onda peristáltica, rescató al pedacito de lechuga y lo envió al estómago.
Ernesto sonrió. Ser el esófago de la Ciudad del Cuerpo Humano era un trabajo duro, pero también era muy gratificante. Sabía que sin él, la comida no llegaría al estómago y la Ciudad del Cuerpo Humano no tendría energía para jugar, correr y aprender. Y así, Ernesto, el esófago trabajador, continuó su labor, transportando la comida con valentía y determinación, asegurándose de que todos estuvieran bien alimentados y felices en la Ciudad del Cuerpo Humano.
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