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Ernesto era un niño especial. No le gustaba mucho correr en el patio ni jugar a la pelota como a los demás. Lo que realmente amaba era moldear plastilina. Tenía una caja enorme, llena de colores brillantes: rojo como las manzanas, azul como el cielo, amarillo como el sol, verde como las hojas de los árboles, y muchos, muchos más.
Con sus pequeñas manos, Ernesto transformaba la plastilina en cosas maravillosas. Un día hacía un dragón escupefuego, al día siguiente una princesa con un vestido brillante, y al siguiente, un cohete que viajaba a la luna. Su habitación parecía un zoológico de plastilina, con elefantes, leones, jirafas, todos conviviendo en armonía.
Un día, la maestra de Ernesto, la Señorita Elena, anunció un concurso de arte en la escuela. Todos los niños debían crear una obra original para exhibirla en el gimnasio. Los demás niños comenzaron a pintar cuadros, a dibujar con crayones, a construir castillos de cartón. Ernesto, sin embargo, no sabía qué hacer. Se sentía inseguro. ¿Su plastilina sería suficiente?
Pasó varios días pensando. Miraba su caja de plastilina y se sentía abrumado. Quería crear algo realmente especial, algo que asombrara a todos. Intentó hacer una réplica de la escuela, pero le quedó torcida. Intentó hacer un retrato de su gato, Bigotes, pero Bigotes no se quedaba quieto ni un segundo.
Una tarde, mientras miraba por la ventana, Ernesto vio un pequeño pájaro haciendo su nido en la rama de un árbol. El pájaro volaba de un lado a otro, llevando ramitas y hojas en su pico, trabajando con paciencia y dedicación. Ernesto se quedó observando, fascinado. De repente, tuvo una idea.
Corrió a su caja de plastilina y comenzó a trabajar. No pensó en ganar el concurso, solo pensó en el pájaro y en su nido. Con plastilina marrón hizo las ramitas, con plastilina verde las hojas, con plastilina celeste el cielo, y con plastilina amarilla, un sol radiante. También hizo al pequeño pájaro, con plumas de color naranja y un pico pequeño y puntiagudo.
Durante días, Ernesto trabajó sin parar. Moldeaba, daba forma, unía las piezas con cuidado y dedicación. A veces se frustraba y quería rendirse, pero recordaba al pájaro y seguía adelante. Finalmente, terminó su obra. Era un pequeño diorama de plastilina que representaba al pájaro en su nido, bajo el sol radiante.
El día del concurso, Ernesto llevó su obra a la escuela. El gimnasio estaba lleno de gente. Había cuadros coloridos, dibujos detallados, esculturas de cartón. Ernesto se sintió un poco intimidado. Su obra de plastilina parecía pequeña y sencilla en comparación con las demás.
La Señorita Elena se acercó a él y le sonrió. "¡Qué bonito, Ernesto! ¿Qué es?", le preguntó.
Ernesto, con un poco de timidez, le explicó que era un pájaro haciendo su nido. La Señorita Elena admiró la obra con atención. Le encantó la delicadeza de los detalles, la viveza de los colores, y sobre todo, la ternura que transmitía.
Cuando llegó el momento de anunciar a los ganadores, Ernesto no esperaba nada. Estaba feliz de haber participado y de haber creado algo que le gustaba. Pero, para su sorpresa, la Señorita Elena anunció: "Y el primer premio es para… ¡Ernesto! Por su obra original y conmovedora del pájaro en su nido".
Ernesto no podía creerlo. Subió al escenario, con las mejillas rojas de emoción. La Señorita Elena le entregó un trofeo brillante y un diploma. Todos los niños aplaudieron y lo felicitaron. Ernesto se sintió muy feliz y orgulloso.
Ese día, Ernesto aprendió que no importa lo que hagas, lo importante es hacerlo con amor y dedicación. Y también aprendió que la plastilina, aunque parezca un material sencillo, puede ser una herramienta poderosa para crear cosas maravillosas y expresar tus sentimientos.
Desde ese día, Ernesto siguió moldeando plastilina. Pero ya no lo hacía para ganar concursos ni para impresionar a nadie. Lo hacía porque le gustaba, porque lo hacía feliz. Y cada vez que moldeaba una figura, recordaba al pequeño pájaro y a su nido, y sonreía.
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