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Gratis · elegí una vozEsmeralda era una villana…bueno, una aspirante a villana. Tenía el disfraz negro reluciente, la risa malvada ensayada frente al espejo (¡MUAJAJAJA!), y un plan para robar…¡la receta secreta de las galletas de jengibre del Rey! Pero Esmeralda tenía un secreto aún más grande que sus planes malvados: estaba perdidamente enamorada del Príncipe Amadeo, el príncipe pastelero.
Amadeo no era un príncipe cualquiera. No le interesaban las coronas ni los castillos, sino la perfecta combinación de harina, mantequilla y azúcar. Su repostería era legendaria. Esmeralda, cada vez que pasaba por la pastelería real, dejaba caer “accidentalmente” una moneda para poder admirarlo mientras decoraba un pastel con flores de azúcar. Suspiraba, y la risa malvada se transformaba en un dulce murmullo.
Un día, Esmeralda escuchó un rumor terrible: ¡La malvada Bruja Blanduzca planeaba hechizar a Amadeo para que olvidara cómo hornear! Blanduzca odiaba la alegría que los pasteles de Amadeo traían al reino. Esmeralda sintió un vuelco en el estómago. ¡No podía permitirlo! Amadeo, sin su repostería, no sería el mismo. Y ella… bueno, ella nunca tendría la oportunidad de confesarle su amor.
Esmeralda, por primera vez, usó sus habilidades villanescas para el bien. Siguió a Blanduzca hasta su cabaña en el Bosque Susurrante. La cabaña olía a hierbas rancias y a calcetines sucios. Esmeralda se escondió detrás de un arbusto de moras y espió por la ventana.
Blanduzca estaba revolviendo un caldero burbujeante. Cantaba una canción horrible sobre arruinar bizcochos y hacer llorar a los niños. Esmeralda sintió un escalofrío. ¡Tenía que actuar rápido!
Con una agilidad sorprendente, Esmeralda saltó por la ventana. Blanduzca se dio la vuelta, con los ojos enrojecidos de furia. “¡Tú! ¿Qué haces aquí, mocosa entrometida?”, gritó la bruja.
Esmeralda tragó saliva. “¡Vine a detenerte! ¡No vas a arruinar la repostería del Príncipe Amadeo!”, exclamó, tratando de sonar lo más amenazante posible. Pero su voz temblaba un poco.
Blanduzca soltó una carcajada estridente. “¿Y qué vas a hacer al respecto? ¿Lanzarme un hechizo de cosquillas? ¡Patético!”, dijo, agitando su varita llena de telarañas.
Esmeralda recordó su plan original: robar la receta de galletas de jengibre. Pero ahora, tenía que improvisar. Recordó que Blanduzca era alérgica… ¡a las frambuesas! Esmeralda siempre llevaba algunas frambuesas en su bolsillo (por si acaso necesitaba sobornar a algún dragón).
Con un movimiento rápido, Esmeralda lanzó las frambuesas a la cara de Blanduzca. La bruja gritó y empezó a estornudar sin control. Su varita salió volando y aterrizó en el caldero, haciendo que la poción explotara en una nube de humo rosa.
Cuando el humo se disipó, Blanduzca estaba cubierta de sarpullido y estornudando sin parar. Esmeralda aprovechó la oportunidad para tomar la varita y romperla en dos. “¡Se acabó, Blanduzca! ¡Deja en paz al Príncipe Amadeo y a sus pasteles!”, gritó Esmeralda.
Blanduzca, derrotada y cubierta de sarpullido, huyó de la cabaña, prometiendo venganza. Esmeralda suspiró aliviada. Había salvado al Príncipe Amadeo… ¡y a todo el reino!
Regresó al castillo al día siguiente, sintiéndose un poco avergonzada. ¿Qué diría Amadeo si supiera que ella, una aspirante a villana, lo había salvado?
Para su sorpresa, el Príncipe Amadeo la estaba esperando en la puerta de la pastelería real. Llevaba un delantal manchado de harina y una sonrisa radiante. “¡Esmeralda! ¡Escuché lo que hiciste! ¡Eres una heroína!”, exclamó Amadeo.
Esmeralda se sonrojó. “Bueno… no fue nada”, murmuró.
Amadeo se acercó y le ofreció una galleta de jengibre recién horneada. “Como muestra de mi gratitud”, dijo, guiñándole un ojo.
Esmeralda tomó la galleta y le dio un mordisco. Era la galleta más deliciosa que había probado en su vida. “Gracias, Amadeo”, dijo, sonriendo.
“Esmeralda”, dijo Amadeo, tomando su mano. “Siempre he admirado tu… valentía. Y tu… originalidad”.
Esmeralda lo miró a los ojos. “Amadeo… yo…”, empezó a decir, pero las palabras se le atascaban en la garganta.
Amadeo se rió. “No tienes que decir nada”, dijo. “Solo quiero saber… ¿te gustaría ayudarme a decorar un pastel para el festival del pueblo?”
Esmeralda asintió con entusiasmo. Dejó caer su disfraz de villana en un rincón y se puso un delantal rosa. Juntos, Amadeo y Esmeralda crearon el pastel más hermoso y delicioso que jamás se haya visto. Y Esmeralda, la villana enamorada, descubrió que ser una heroína era mucho más divertido que ser malvada… especialmente cuando significaba estar al lado del Príncipe Pastelero.
Desde ese día, Esmeralda dejó atrás sus ambiciones villanescas y se convirtió en la ayudante de repostería de Amadeo. Juntos, llenaron el reino de alegría, dulces y mucho amor. Y Blanduzca, bueno, Blanduzca aprendió que meterse con el Príncipe Pastelero era una muy mala idea.
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