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Gratis · elegí una vozEsteban era un niño con un volcán dentro. No un volcán de lava, ¡sino de emociones! A veces, el volcán estaba tranquilo, como un lago azul bajo el sol. Pero otras veces, ¡BUM!, entraba en erupción. Un juguete roto, una tarea difícil, o simplemente que su hermana le quitara su crayón favorito, y el volcán de Esteban explotaba en un torrente de gritos, patadas y caras largas.
Su mamá, Doña Elena, siempre le decía: "Esteban, cariño, todas las emociones son válidas, pero necesitamos aprender a manejarlas. Ese volcán necesita un poco de jardinería". Esteban no entendía muy bien lo de la jardinería emocional, pero sí sabía que no le gustaba sentirse así. Después de una de sus explosiones, donde sin querer había tirado el castillo de bloques de su hermana Sofía, se sentía culpable y triste.
Un día, Don Roberto, el abuelo de Esteban, llegó de visita. Don Roberto era un hombre sabio y divertido, con un brillo especial en los ojos. Después del almuerzo, Don Roberto le dijo a Esteban: "He notado que tienes mucha energía, campeón. ¿Qué te parece si jugamos un juego?".
Esteban, todavía un poco apenado por lo del castillo de Sofía, asintió tímidamente. Don Roberto sacó de su maleta una caja de madera tallada. Dentro, había pequeñas figuras de animales, piedritas de colores, trozos de tela y ramitas secas. "Este es el Juego de las Emociones", explicó Don Roberto. "Cada cosa representa un sentimiento. Por ejemplo, esta piedrita roja puede ser la ira, y esta ramita seca puede ser la tristeza".
Don Roberto le enseñó a Esteban cómo usar los objetos para representar lo que sentía. Si estaba enojado, podía tomar la piedrita roja y colocarla lejos de las otras figuras. Si estaba triste, podía envolver la ramita seca con un trozo de tela azul. Lo importante era expresar lo que sentía, sin lastimar a nadie.
Al principio, Esteban se sintió raro. Nunca había jugado así. Pero Don Roberto le animó a experimentar. Poco a poco, Esteban empezó a entender el juego. Cuando sentía que el volcán empezaba a hervir, en lugar de gritar, tomaba la piedrita roja y la colocaba en el centro del tablero. Luego, buscaba una piedrita azul, que representaba la calma, y la colocaba cerca de la roja.
Don Roberto le enseñó una técnica especial. Le decía: "Cuando sientas que la ira te invade, cierra los ojos, respira hondo y cuenta hasta diez. Mientras cuentas, imagina que la piedrita roja se va haciendo más pequeña, hasta desaparecer".
Esteban practicó el juego todos los días con Don Roberto. Descubrió que al expresar sus emociones con los objetos, se sentía más tranquilo y comprendido. Ya no necesitaba explotar como un volcán. Aprendió a identificar sus sentimientos y a manejarlos de una forma creativa y divertida.
Un día, Sofía estaba jugando con sus muñecas y sin querer rompió el avión de juguete de Esteban. Antes, Esteban habría gritado y pataleado. Pero esta vez, respiró hondo, cerró los ojos y contó hasta diez. Luego, tomó la piedrita roja del Juego de las Emociones y la colocó en el tablero. Buscó la piedrita azul y la colocó cerca de la roja. Después, le dijo a Sofía con voz tranquila: "No te preocupes, Sofía. Podemos arreglarlo juntos".
Sofía se sorprendió mucho. Nunca había visto a Esteban reaccionar así. Juntos, arreglaron el avión con pegamento y papel de colores. Esteban se sintió orgulloso de sí mismo. Había logrado controlar su ira y resolver el problema de una forma pacífica.
Cuando Don Roberto se despidió, le dijo a Esteban: "Recuerda, campeón, el Juego de las Emociones es una herramienta para toda la vida. Úsala siempre que necesites, y recuerda que eres capaz de controlar ese volcán que llevas dentro".
Esteban sonrió. Ahora sabía que su volcán no era algo malo. Era simplemente una fuente de energía que necesitaba ser canalizada. Y gracias al Juego de las Emociones y a la sabiduría de Don Roberto, había aprendido a ser el jardinero de su propio volcán, cultivando la calma, la paciencia y la alegría.
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