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Había una vez una niña llamada Estefanía. Estefanía tenía seis años de edad. Ella tenía la piel canela y ojos brillantes. Su cabello era oscuro, rizado y muy largo. Siempre llevaba una coleta alta para jugar fútbol. Estefanía amaba mucho su camiseta de color verde. También usaba pantalones cortos de color negro. Sus zapatos eran mágicos porque corrían muy rápido. Estefanía vivía cerca de un parque muy grande. El parque tenía pasto verde y flores amarillas. En ese parque, Estefanía jugaba fútbol todos los días.
Estefanía no jugaba sola en el parque. Ella tenía cuatro mejores amigos muy especiales. Sus amigos eran Terry, Wilfredo, Lucas y Juan Diego. Terry tenía el cabello rubio y siempre sonreía. Wilfredo era el niño más alto del grupo. Lucas usaba unas gafas grandes y redondas. Juan Diego era muy veloz y siempre llevaba gorra. A todos ellos les encantaba jugar al fútbol. Estefanía era la más ágil de todos. Ella podía mover el balón entre sus pies. Parecía que el balón estaba pegado a ella. Sus amigos siempre decían que ella era asombrosa.
Un día, el sol brillaba mucho en el cielo. Los cinco amigos estaban sentados bajo un árbol. Lucas tenía una noticia muy importante para todos. Habrá un gran torneo de fútbol, dijo Lucas. El torneo se llamaba el Torneo del Verano. Todos los niños del barrio iban a participar. Terry saltó de alegría al escuchar la noticia. Wilfredo se puso de pie con mucha emoción. Juan Diego empezó a correr en círculos muy rápido. Estefanía sonrió, pero sabía algo muy importante. Para ganar el torneo, necesitaban practicar mucho fútbol.
Al día siguiente, todos se reunieron muy temprano. El parque estaba lleno de rocío por la mañana. Estefanía trajo su balón de fútbol favorito. Vamos a practicar los pases, dijo Estefanía. Ella le pasó el balón a Wilfredo con suavidad. Wilfredo intentó atraparlo, pero el balón se escapó. Terry intentó patear fuerte, pero se cayó al suelo. Lucas no podía ver bien el balón con el sol. Juan Diego corría tanto que se cansaba pronto. Los amigos se sintieron un poco tristes ese día. El fútbol parecía más difícil de lo normal.

No se rindan, amigos míos, dijo Estefanía. Ella sabía que la práctica era la clave. Estefanía decidió practicar más que nadie en el parque. Cada tarde, ella llegaba antes que sus amigos. Ponía botellas de agua vacías en el suelo. Usaba las botellas como si fueran obstáculos reales. Ella corría en zigzag entre las botellas de agua. Su cabello rizado volaba con el viento del parque. Estefanía practicaba tirar a puerta una y otra vez. A veces fallaba, pero siempre lo intentaba de nuevo.
Terry llegó al parque y vio a Estefanía. Ella estaba sudando pero tenía una gran sonrisa. ¿Por qué practicas tanto?, preguntó el niño rubio. Porque la perseverancia nos hace mejores, respondió ella. Terry decidió quedarse a practicar con su amiga. Luego llegaron Wilfredo, Lucas y también Juan Diego. Todos empezaron a imitar el esfuerzo de Estefanía. Practicaron cómo pasar el balón sin que se escapara. Practicaron cómo correr juntos sin chocar entre ellos. El parque se llenó de risas y de esfuerzo.
Pasaron muchos días de práctica bajo el sol. Estefanía les enseñó a ser muy pacientes con ellos. Si Lucas fallaba un pase, todos lo animaban. Si Wilfredo se tropezaba, Estefanía lo ayudaba a levantarse. Terry aprendió a apuntar mejor hacia la portería. Juan Diego aprendió a respirar bien al correr rápido. La habilidad de Estefanía crecía cada vez más. Ella era como un rayo verde cruzando el campo. Pero lo más importante era su gran corazón constante. Ella nunca decía 'no puedo' durante los entrenamientos.
Finalmente, llegó el día del gran torneo esperado. El campo de fútbol estaba rodeado de gente. Había muchas familias animando a los pequeños jugadores. Estefanía sentía mariposas en su pequeño estómago de niña. Sus amigos también estaban un poco nerviosos ese día. Terry se ajustaba los zapatos con mucha fuerza. Lucas limpiaba sus gafas para ver muy claro. Wilfredo y Juan Diego hacían saltos para calentar. Estefanía los miró a todos con mucha confianza. Hemos practicado mucho para este momento, dijo ella.

El silbato sonó y el partido comenzó rápido. El otro equipo era muy fuerte y grande. Los niños corrían de un lado hacia otro. El balón iba y venía por todo el campo. Terry hizo un gran pase hacia Wilfredo. Wilfredo le pasó el balón a Lucas con cuidado. Lucas vio a Juan Diego correr por la banda. Juan Diego centró el balón hacia el área grande. Estefanía estaba allí lista para recibir el balón. Ella saltó y controló el balón con el pecho. Todos en el parque se quedaron muy callados.
Estefanía recordó todas sus tardes de práctica constante. Recordó cuando practicaba sola con las botellas vacías. Ella esquivó a un defensa con un movimiento ágil. Luego esquivó a otro defensa con mucha elegancia. Solo quedaba el portero frente a la pequeña niña. Estefanía respiró profundo y miró hacia la red. Ella pateó el balón con toda su alma. El balón voló por el aire como un pájaro. Entró justo por la esquina de la portería contraria. ¡Gol!, gritaron todos los amigos al mismo tiempo.
El partido terminó y su equipo había ganado. Terry, Wilfredo, Lucas y Juan Diego abrazaron a Estefanía. Estaban muy felices por la victoria alcanzada hoy. No ganamos solo por suerte, dijo Lucas sonriendo. Ganamos porque Estefanía nos enseñó a no rendirnos. La perseverancia de la niña contagió a todo el grupo. Estefanía estaba feliz, pero no solo por el gol. Estaba feliz porque sus amigos aprendieron algo valioso. El esfuerzo siempre da frutos dulces al final.
Esa noche, Estefanía regresó a su casa muy cansada. Guardó su camiseta verde y sus zapatos de fútbol. Miró su balón y le dio un beso tierno. Sabía que mañana querría volver a practicar de nuevo. Porque siempre hay algo nuevo que aprender y mejorar. Sus amigos Terry, Wilfredo, Lucas y Juan Diego también soñaban. Soñaban con nuevos juegos y muchas más aventuras juntos. Estefanía durmió feliz, sabiendo que la perseverancia es mágica. Y así, la pequeña niña ágil siguió jugando siempre.
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