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Estefanía era una joven muy, muy lista. ¡Tan lista que podía recitar el alfabeto al revés mientras hacía malabares con tres naranjas! Pero, ¡ay!, los sábados eran su perdición. Los sábados, Estefanía tenía un sueño… ¡un sueño gigante, pegajoso y lleno de almohadas!
Tenía tantos pretendientes como estrellas en el cielo. Estaba el apuesto Ricardo, el panadero con los brazos fuertes y el olor a pan recién horneado. Luego estaba Fernando, el florista, que le regalaba rosas de mil colores. Y no olvidemos a Guillermo, el inventor, que siempre llegaba con un nuevo artilugio que a veces funcionaba… y a veces no tanto.
Pero Estefanía a ninguno le hacía caso. Ricardo era muy fuerte, pero no muy listo. Fernando era muy romántico, pero no muy rico. Y Guillermo era muy… bueno, muy Guillermo. Estefanía buscaba algo más. Buscaba un chico amable, inteligente, rico y seguro de sí mismo. ¡Una tarea difícil, incluso para una chica tan lista como ella!
Un sábado, mientras intentaba desesperadamente abrir los ojos (sin mucho éxito), escuchó un suave rasguño en su puerta. “¿Quién será a estas horas?”, murmuró, medio dormida. Abrió la puerta y se encontró con… ¡un perro! Pero no era un perro cualquiera. Era un perro pequeño, con un collar brillante y una carta atada al cuello.
Con mucho esfuerzo, Estefanía logró leer la carta: “Si eres tan lista como dicen, descifra este acertijo: Soy rico sin oro, inteligente sin escuela, amable sin palabras y seguro sin presunción. ¿Quién soy?” Estefanía se frotó los ojos. Un acertijo… ¡a las ocho de la mañana de un sábado! Pero su mente, incluso adormecida, se puso a trabajar.
“Rico sin oro… eso significa que tiene algo más valioso que el dinero”, pensó. “Inteligente sin escuela… ¡quizás es autodidacta! Amable sin palabras… ¡sus acciones hablan por él! Y seguro sin presunción… ¡eso significa que es humilde!”.
Miró al perro. El perro la miraba con ojos brillantes e inteligentes. De repente, una idea cruzó su mente. “¿Eres… tú?”, preguntó, un poco incrédula.
El perro movió la cola con entusiasmo y ladró suavemente. Estefanía soltó una carcajada. ¡Era ridículo! ¿Un perro pretendiente? Pero… ¿por qué no?
Siguió al perro hasta una hermosa mansión, rodeada de jardines florecientes. En la puerta, la esperaba un anciano mayordomo. “Bienvenida, señorita Estefanía. Mi amo la estaba esperando.”
El mayordomo la condujo a una biblioteca llena de libros. En un sillón, leyendo un libro, estaba… ¡un chico! Era guapo, inteligente y parecía increíblemente amable. Pero lo más sorprendente era que… ¡estaba hablando con el perro!
“Ah, Estefanía, al fin llegaste. Te presento a mi mejor amigo, Aristóteles”, dijo el chico, señalando al perro. “Él fue quien te entregó el acertijo.”
Estefanía se quedó boquiabierta. “¿Tú… tú eres el del acertijo?”, preguntó.
El chico sonrió. “Sí, soy yo. Mi nombre es Maximiliano. Aristóteles y yo hemos estado buscando a alguien como tú durante mucho tiempo. Alguien inteligente, amable y… que no le tenga miedo a un perro parlanchín.”
Estefanía pasó el resto del día con Maximiliano y Aristóteles. Descubrió que Maximiliano era realmente rico (pero no presumía de ello), increíblemente inteligente (había leído todos los libros de la biblioteca) y muy, muy amable. Y Aristóteles, bueno, Aristóteles era un perro muy inteligente que podía jugar al ajedrez (¡aunque a veces hacía trampa!).
Esa tarde, mientras el sol se ponía, Maximiliano le preguntó a Estefanía: “¿Qué dices, Estefanía? ¿Te gustaría seguir descifrando acertijos con nosotros? Tenemos muchos más por resolver.”
Estefanía sonrió. “Sí, Maximiliano. ¡Sí, quiero!”
Desde ese día, Estefanía ya no tuvo tanta pereza los sábados. Se levantaba temprano, emocionada por pasar tiempo con Maximiliano y Aristóteles. Habían encontrado la aventura, la amistad y el amor, todo gracias a un acertijo, un perro inteligente y una chica muy, muy lista… que necesitaba un buen sábado para despertar a la felicidad. Y Ricardo, Fernando y Guillermo, los pretendientes anteriores, se hicieron muy amigos de Aristóteles, el perro parlanchín.
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