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Gratis · elegí una vozEsteisi y Gabi, aunque eran primas, parecían hermanas. Esteisi, con sus coletas rubias que siempre se escapaban de sus lazos, tenía siete años. Gabi, a quien Esteisi apodaba cariñosamente (y a veces no tan cariñosamente) "Gabi la Loca", tenía seis y una energía inagotable. Les encantaba jugar juntas, desde construir castillos de arena gigantes en el parque hasta inventar mundos mágicos en el jardín de la abuela. Pero, como toda buena hermandad (o primandad), venían con sus dosis de peleas y reconciliaciones.
Un día soleado, Esteisi y Gabi estaban jugando a las princesas en el cuarto de Esteisi. Esteisi se había coronado como la Reina del Reino de las Cosquillas, mientras que Gabi, con un sombrero de papel torcido, era la Princesa Guardiana de los Dulces. La misión del día: proteger la caja de galletas de la abuela, que, según ellas, estaba llena de "polvo mágico comestible".
"¡No puedes tocar las galletas, Gabi!" exclamó Esteisi, con un tono autoritario que sólo una reina podía tener. "Son para la cena real!"
Gabi, con las manos ya extendidas hacia la caja, puso los ojos en blanco. "Pero, Esteisi, ¡tengo mucha hambre! Y soy la Princesa Guardiana, ¡tengo derecho a probar el polvo mágico!"
"¡No, no lo tienes!" replicó Esteisi, arrebatándole la caja a Gabi. "¡Eres muy codiciosa!"
La discusión escaló rápidamente. "¡Eres una reina mandona!" gritó Gabi. "¡Y tus coletas parecen fideos cocidos!"
"¡Y tú eres una ladrona de galletas!" respondió Esteisi, sacando la lengua. "¡Y tu sombrero es ridículo!"
Las palabras hirieron a Gabi. Sus labios temblaron y sus ojos se llenaron de lágrimas. Salió corriendo del cuarto, dando un portazo que hizo temblar las muñecas de porcelana de la abuela en la repisa.
Esteisi se quedó sola, sintiéndose culpable. Sabía que había sido demasiado dura. Gabi era su prima, su amiga, su compañera de aventuras. Y la idea de que estuviera triste la hacía sentir peor que si le hubieran quitado todas sus muñecas.
Respiró hondo y salió tras Gabi. La encontró en el jardín, sentada en el columpio, con la cabeza gacha. El sombrero de papel yacía a sus pies, arrugado y olvidado.
Esteisi se acercó lentamente y se sentó en el columpio de al lado. El silencio era pesado, incómodo.
"Gabi… lo siento," dijo Esteisi, con la voz suave. "Fui muy mala contigo. No deberíamos pelearnos por las galletas. Además, tu sombrero es… bueno, es bastante creativo."
Gabi no respondió. Siguió mirando al suelo, con las lágrimas resbalando por sus mejillas.
Esteisi se armó de valor y le tomó la mano. "¿Gabi? ¿Me perdonas?"
Gabi levantó la vista. Sus ojos estaban rojos e hinchados, pero una pequeña sonrisa asomaba en sus labios.
"Está bien," dijo Gabi, con un hilo de voz. "Pero tú también tienes que pedirme perdón por lo de mis coletas."
Esteisi sonrió. "Está bien, lo siento mucho por decir que tus coletas parecen fideos cocidos. ¡Son las coletas más bonitas del mundo!"
Gabi se rio. "¡No, no lo son! Pero gracias."
Se abrazaron fuerte, un abrazo que borró todas las palabras hirientes y los sentimientos malos. Después del abrazo, la reconciliación no terminó ahí, empezaron a jugar un juego que consistía en tocarse la boca sin llegar a tocarse, se empezaron a reír y a divertirse, hasta que esteisi terminó tocandole la boca a Gabi. "¡Te toqué la boca!" dijo Esteisi, riendo a carcajadas. "¡No vale!" respondió Gabi, intentando tocarle la boca a Esteisi. Y así siguieron jugando, riendo y persiguiéndose por todo el jardín.
La abuela, que había estado observando la escena desde la ventana de la cocina, sonrió. Sabía que las peleas eran parte del juego, pero que el amor y la amistad entre Esteisi y Gabi eran mucho más fuertes.
Al final del día, después de comer todas las galletas (con el permiso de la abuela, por supuesto), Esteisi y Gabi estaban agotadas pero felices. Se acurrucaron en el sofá, viendo una película de princesas. La pelea de la tarde era sólo un recuerdo lejano.
Sabían que se pelearían de nuevo, seguramente por algo tan tonto como una galleta o un sombrero de papel. Pero también sabían que siempre se perdonarían, porque su amistad era un tesoro demasiado valioso para perderlo por una simple discusión. Y, al final, siempre terminaban abrazándose, porque el amor, como el polvo mágico de las galletas, lo cura todo.
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