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Había una vez, en una colorida escuela llamada El Recreo Feliz, una niña llamada Esthy. Esthy era conocida por todos como la estudiante más dedicada de su clase. Tenía la piel morena como la canela, unos ojos brillantes que siempre buscaban algo nuevo que aprender y un cabello corto, negro y lacio que se movía rítmicamente cada vez que caminaba con paso decidido hacia la biblioteca. Aunque Esthy amaba sus libros, lo que más disfrutaba en el mundo era el tiempo que pasaba con sus dos mejores amigas: Charolin y Ruelys.
Charolin era una niña llena de energía, siempre con una coleta alta, mientras que Ruelys era la más observadora y tranquila del grupo. Juntas, las tres formaban un equipo inseparable. Durante los descansos, se sentaban bajo el gran roble del patio para compartir secretos, planear aventuras imaginarias y, sobre todo, hablar. ¡Oh, cómo les gustaba hablar! Podían pasar horas discutiendo desde la última lección de ciencias hasta qué color de tiza era el mejor para dibujar en el suelo.
Sin embargo, no todo era armonía en El Recreo Feliz. Había otra niña llamada Génesis que parecía tener una misión especial: arruinar cada plan que Esthy, Charolin y Ruelys intentaban llevar a cabo. Si las tres amigas decidían jugar a las escondidas, Génesis aparecía de la nada y gritaba sus escondites. Si decidían compartir una merienda especial, Génesis pasaba corriendo y, accidentalmente, derramaba el jugo. Si intentaban estudiar juntas para un examen importante, Génesis ponía música a todo volumen o empezaba a saltar la cuerda justo al lado de ellas, haciendo imposible la concentración.
—No es justo —suspiró Esthy un martes por la tarde, mientras intentaba limpiar las migas de galleta que Génesis había esparcido sobre su cuaderno de matemáticas—. Solo queremos pasar un tiempo tranquilas, pero Génesis siempre encuentra la forma de entrometerse y estropearlo todo.
Charolin asintió con frustración. —Ayer intentamos ensayar nuestra coreografía en el patio y ella se puso a jugar al fútbol justo en medio, lanzando el balón directamente hacia nosotras.
Ruelys, ajustándose las gafas, añadió: —He notado que no lo hace porque quiera jugar con nosotras. Lo hace para interrumpir. Es como si no soportara vernos felices y organizadas.
Las tres amigas decidieron que ya era suficiente. No querían ser malas, pero necesitaban que Génesis entendiera que sus acciones tenían consecuencias. Esthy, con su mente analítica de estudiante estrella, propuso un plan. No sería una broma pesada, sino una lección de espejo.
El miércoles, las chicas se prepararon. Sabían que Génesis las seguiría en cuanto las viera reunidas. Esthy trajo de su casa un gran set de materiales para manualidades: pegamento, purpurina, cartulinas de colores y cintas brillantes. Se sentaron en la mesa más visible del patio y comenzaron a trabajar en lo que parecía ser el proyecto más increíble del mundo: El Mural de la Amistad.
Como era de esperar, Génesis no tardó en aparecer. Se acercó con una sonrisa traviesa, lista para derramar un bote de purpurina o arrugar las cartulinas. Pero justo cuando Génesis extendió la mano para desordenarlo todo, Esthy se levantó y, con mucha calma, dijo:
—¡Génesis! Qué bueno que llegas. Estábamos esperándote. Para que este mural funcione, necesitamos a alguien que sepa exactamente cómo interrumpir el orden. ¿Ves este espacio en blanco? Queremos que pegues estas figuras, pero tienes que hacerlo siguiendo nuestras reglas, no las tuyas.
Génesis se quedó paralizada. No esperaba ser invitada, y mucho menos que su comportamiento disruptivo fuera mencionado de forma tan directa pero amable. Intentó recuperar su actitud rebelde.
—Yo no quiero seguir reglas —dijo Génesis, cruzando los brazos—. Yo hago lo que quiero.
—Lo sabemos —intervino Charolin—. Y lo que haces es arruinar nuestro trabajo. Así que hoy, vamos a jugar a lo que tú juegas. Si quieres estar aquí, tienes que aprender lo que se siente cuando alguien no te deja terminar lo que empezaste.
Las tres amigas comenzaron a trabajar rápidamente, pero cada vez que Génesis intentaba poner una pieza en el mural, ellas se detenían, cambiaban de tema, movían los materiales de lugar o empezaban a cantar una canción ruidosa justo cuando ella intentaba hablar. Génesis se sintió frustrada. Quería participar, pero la dinámica de interrupción constante que ella misma solía practicar ahora se aplicaba a ella.
Después de unos minutos de caos, Génesis bajó la cabeza. —Esto es muy molesto —murmuró—. No puedo terminar nada si ustedes no me dejan.
Esthy se acercó a ella y le puso una mano en el hombro. —Exactamente eso es lo que sentimos nosotras todos los días, Génesis. Nos gusta estar juntas y nos gusta hablar, pero tú siempre llegas para romper la armonía. No te excluimos porque no nos caigas bien, sino porque no dejas que nuestra amistad florezca.
Génesis miró a Esthy, luego a Charolin y a Ruelys. Vio la sinceridad en sus rostros. No había odio, solo el deseo de ser respetadas. Por primera vez, Génesis entendió que su forma de buscar atención estaba alejando a las personas en lugar de atraerlas.
—Lo siento —dijo Génesis en voz baja—. A veces me siento sola y creo que la única forma de que me miren es haciendo lío.
Ruelys sonrió suavemente. —Podrías haber pedido unirte desde el principio. No tienes que arruinar nada para ser parte de algo.
Aquel día, la lección fue aprendida. Esthy, Charolin y Ruelys decidieron darle una oportunidad a Génesis, pero bajo una condición: el respeto mutuo era la base de todo. Génesis trabajó duro para controlar su impulso de interrumpir y, aunque a veces todavía le costaba, descubrió que era mucho más divertido construir un mural de purpurina que destruirlo. Esthy continuó siendo la niña estudiosa y morena de cabello corto que todos admiraban, pero ahora, en sus charlas bajo el roble, había una voz más que se sumaba a las risas y a los sueños, demostrando que incluso las lecciones más difíciles pueden terminar en una gran amistad.
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